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UN GRITO DESDE EL CIELO (Cuento)

UN GRITO DESDE EL CIELO (Cuento)

UN GRITO DESDE EL CIELO

 

 

La señora Enersula Altagracia de los Santos Montero Viuda Montes de Oca pensó que ya era su ocasión con el Generalísimo Satanás cuando lo vio descendiendo las breves escalinatas del Palacio Municipal como todo un príncipe de las constelaciones.  Descendía saludando la multitud con la diestra.  La multitud estaba a punto de dispersarse, ya.  Pero el Generalísimo Satanás no se detuvo y siguió a pie rumbo al partido los tres golpes con el cinturón de seguridad.  Los flanqueadores del carro pescuezo-largo y mayormente motorizados hicieron de la ciudad del sueño  un mundo de ruidos ensordecedores bajo la ardiente brasa meridiana.  Ya habían terminado los actos de la ceremonia oficial y la doña Enérsula Altagracia de los Santos creyó que aquel era su turno, y no supo qué hacer cuando vio al Generalísimo Satanás cambiar de dirección, pero pronto corrió la voz de que el Jefe se reuniría con todos sus empleados, y continuó en la inútil esperanza cogiendo un airecito de descanso, y pedir las razones de Francisco del Rosario, es decir, de su único hijo, a quien procreó en matrimonio canónico con el difunto don Tulio María de los Santos Montes de Oca y Santil.  Se lo dieron a bautizar entre puros alardes de incondicionalidad en el primer viaje que hizo a la comunidad el Generalísimo Satanás.  Pero años después de haber fallecido don Tulio María de los Santos, su viuda Montero de Montes de Oca aprovechó un nuevo viaje del Padre de la Patria Nueva y le dio al muchacho para que se lo lleve y lo ponga en un camino distinto a los aires de montero de grandes párpados ensombreciendo su mirada de penetrante estrella polar.

 

La ciudad del sueño no era más que un puñado   de    casonas   aisladas   que   fueron construidas después del incendio voraz de principio de siglo, y que se originó en una esquina de la plaza, y convirtió al pueblo en un infierno de cenizas en brazos del viento, irredento.  Era un reguero de caminos curvos que se desprendían tropezando desde la Comandancia de Armas hasta los traspatios de los ranchos de cayucos sin más dirección definitiva que la parroquia de los sueños celestiales, o los cachones con norias y pozas burbujeantes y cristalinas emergiendo de las entrañas de las grandes ceibas centenarias, así como de las grandes extensiones de sombras de los palmares del otro mundo, salvando la humanidad de un incurable tabardillo.  Aún hervía el júbilo sin comparación de haber sido erecto a categoría de provincia.  Porque habría desde entonces tantos puestos importantes que hubo que dictar decretos inapelables para que nadie pudiera renunciar a darle sentido a aquel “exilio” de ranas apagando fuego.  Hubo que cargar con carretones tirados por musculosos bueyes los pedregones del propio patio, así como los pinos centenarios de las montañas lejanas, y así poder construir el palacio municipal,  el  partido  los tres golpes, y el palacio de justicia, y la gobernación, y la nueva cárcel pública, y la nueva Iglesia del santo patrón, y que antes nomás eran arañas sin cuevas en un paisaje de desarmonía y reyertas, ¡y todo aquel poder de muerte mirando al occidente, trajo la discordia.  Trajo un acontecimiento de consecuencias apocalípticas insospechadas hasta entre los mismos consanguíneos.  Porque era de “loco” no reverenciar por siempre jamás tan filantrópicas creaciones.

 

Realmente la voluntad política del Generalísimo Satanás no era para reunirse con ningún empleado del infierno.  De seguro que no.  Instalado en el pabellón este de la segunda planta de la palmita, el Jefe fue saludando uno por uno a todos sus súbditos.  Fueron pasando desde los Alcaldes Pedáneos y Maestros de escuelas hasta llegar al gobernador y los congresistas.  Reverentes.  Nadie, empero, ni chiquito ni grande, se atrevió a muñequearle el pulso, ni a expresar sus efusiones de corazón con la fuerza de la mano.  Lo saludaban con el mismo qué se yo con que los  saluda  el  Generalísimo  Satanás.   Con un saludo ni fuerte ni débil, sobriamente despierto, con una voz feminoide que contrastaba con la fortaleza del cuerpo y saludaba con esa cortesía principesca que bien sabía mostrar la dientambra de la muerte.  Aquella cortesanía de salón era como un rodar de dedos sigilosos con la piedra de la mano sobre la balanza del miedo.  Quienes en alguna ocasión se atrevieron a improvisar lo contrario, aunque sólo fuesen tunantes de la misma Era de Satanás, no tardaban en aparecer ahorcados.  Les pedían los tres golpes [ya no estábamos sin identificación personal real, y las armas de fuego habían sido recogidas, y ya nadie podía escabullirse en las montañas como en tiempos de antiguas reyertas y revoluciones] y un día cualquiera, quizás el menos pensado, tales tunantes aparecían ahorcados o sin “chapita” en alguna bayahonda umbría del camino sin vereda de la desesperación.

 

Así todo.  Entre los últimos empleados que dieron la mano al Generalísimo Satanás en la misma forma con que fueron saludados, estaba el profesor Lolo.  Don Lolo era un extranjero de rostro cuyo cutis de niña el sol del sur volvió de gallo japón, mientras sus cabellos lacios se convirtieron en ondas de espartillos.  Reverente, educado, alto, de finos modales y de cejas que bien acentuaban con su tamaño largurucho, pasó adonde el Jefe casi perplejo.  El profesor Lolo vino a la ciudad del sueño como un viandante común y corriente, pero nunca se marchaba y a nadie hablaba de su origen y tan sólo brindaba una sonrisita maliciosa cuando uno que otro tunante tomaba la iniciativa de preguntárselo.  Realmente era un hombre de genio raro, que no cabía en una ciudad rural como aquella, tan bárbara y remota.  El caso es que un oficial del cuerpo de bomberos concibió la idea de invitarlo a una fiesta de quinceaños, e indujo a una de las mozas que desfilaban en el agasajo lo pisara, y al verse con un cayo atrapado, inmediatamente don Lolo se excusó con toda la galanura de su juvenil fuerza vital, diciendo: “Perdón, mademoiselle”;  y después de ese incidente todo mundo sabía que se llamaba Jean Baudelaire y no volvieron a inquirir más sobre el asunto.  Más por el privilegio natural que daba el Generalísimo Satanás a los blancos que venían a desteñir este terruño del planeta Marte, más por el excesivo antihaitianismo que por los variados conocimientos demostrados en tertulias con profesores de la normal y entre quienes habían finos prosistas discutiendo, por ejemplo, cuando se dice yo nazco o que mis restos yazgan con sus antepasados;  al profesor Lolo se le nombró de inmediato para que impartiera clases de letras y geografía bajo la sombra matriz del tamarindo del recinto escolar, como todo un verdadero filósofo griego.

 

De modo que al momento en que el profesor Lolo dio la mano al Generalísimo Satanás casi estuvo a punto de distraer la atención al darse cuenta cuán maravillada se sentía doña Enérsula Altagracia de los Santos Viuda Montes de Oca.  Era la primera dama que encompadró con el Presidente y Padre de la Patria Nueva.  Sobre todo se sentía orgullosa de haberle encargado al ahijado, Francisco del Rosario Montes de Oca Montero.  Agradeció igualmente que se lo llevara en su propia nave de palacio, y que no tuviera que hacer en mulo la travesía de los Cuatro Vientos.  Se trataba de un hijo rebelde, que se fascinaba por Duarte y Luperón, y que odiaba a Santana y a Lilís, pero la pobre madre no sabía que Francisco del Rosario había empeñado la palabra entre amigos de faldas en el traspatio, debido a la música de bipartidismo y los aires de democracia que sonaban entonces.  Doña Enérsula Altagracia de los Santos pensó, ante todo, que un puesto burocrático en la Capital podría encajarlo no sólo sobre los rieles de la familias principales y enrolarlo en una filosofía de la vida, sino también apartarlo de una vez y para siempre del designio del santo La Gran Plena, cuando el único hijo suyo era tan sólo un feto saltarín en su vientre de madre consagrada.

 

Y pasó adonde su bendito compadre el Jefe aprovechando el instante de descanso que se abrió para darle paso al gobernador y a los congresistas.  Después de aquellos contactos sin importancia con Alcaldes Pedáneos, maestros, secretarios, mensajeros,  oficinistas, y agriculturores,  decidió no esperar más, y dio el paso al frente.  ¿No era acaso la viuda Montes de Oca y Santil?  No imaginaba cómo alcaldes  que  no sabían  de  letras  daban  la mano con la misma cortesanía con que fueron saludados, y recibían correspondencias selladas y firmadas por el mismísimo Generalísimo Satanás.  De modo que allí no había ocasión más que para comunicar algo, sigilosamente, cualquier cosa cuyo particular interés bien podía hacer que el Dictador mantenga la superioridad política sobre la oposición cimarrona, así como respecto de los desatinos de los oficialistas del patio.  Doña Enérsula Altagracia de los Santos Viuda Montes de Oca abandonó la esquina de  cantina donde estaba con calambres en las piernas de troncos de guayabas verdes y derretida en sudor como una lombriz ahogada en un espumero de aguas de jabón, o como un gusano envenenado en el suelo de frutos menores de una esperanza incierta, y pasó a saludar al bendito compadre con un sacudión de rola recién espantada del nido pero con las patitas enyesadas por el calentamiento abnegado de los huevos empollados en el nido de plumas y espinas de bayahondas reverdecidos.  Lo bendijo, y sintió con un ligero temblor el abrazo esquivo y sin cansancio del padrino del único hijo suyo, Francisco    del   Rosario   Montes   de   Oca   y Montero.  Luego, leyó las palabras que su difunto esposo don Tulio María de los Santos Montes de Oca y Santil había escrito para el jacho de gloria que se publicaría en su honor de Benefactor maravilloso, y en las cuales palabras mostraba su incondicionalidad pura y simple, al tiempo que finalizaba pidiendo a Jehová Dios de los Ejércitos por una salud de roca milenaria para el Generalísimo Satanás.  Después del liminar lleno de emoción pidió las razones de su único hijo, y el bendito compadre, sin más cargos de conciencia que el haber cumplido con un gran deber por su sobre vivencia, le dio las razones precisas a la bendita comadre.  Había que no ser hijo de mujer para saber que si una mujer pierde su único hijo se queda sin ninguno.  Pero le contestó, sin firme desgano o con disimulada autoridad, diciendo: ¡OH!, mi bendita Enérsula Altagracia de los Santos Montero Viuda Montes de Oca y Santil, ya el ahijado está arreglado.  ¿No me dijo que no podía con él?;  y así, sin más ni más, pasó a recibir la mano de las autoridades.

 

Y nadie supo, ni pudo entender cómo  doña Enérsula Altagracia de los Santos contuvo el grito.  Al suelo de mosaico fueron a dar las palabras de don Tulio María de los Santos y que ya nunca irían al jacho de gloria satanista...  Sin embargo, el Jefe de las sombras de muerte tuvo la gentileza de desatender sus altos súbditos y las recogió del piso de mosaico relumbrante, y se las puso en la mano, cerrándosela, y vio que estaba fría y sin vida, pero ellas las dejó caer otra vez, sin esperanza en el mundo.  Muerta.  Sólo cuando bajó las escalinatas y recibió a raudales el soplo de cenizas ardiendo que se hacía un remolino de muerte sobre la multitud que se derretía como velas en la prima noche del dos de noviembre, sólo entonces entendió de sobra por qué no pudo entender la vida interior llena de heroicidad que recrecía espontáneamente en el corazón de su único hijo, como una coz de potro indomado en las sabanas inexorables de lo por venir;  y, entonces, con todas las fuerzas de su ser maternal, tiró el grito desde el cielo... ¡y  nadie quiso oírlo!...

 

 

BIOGRAFIA DE LA SOLEDAD

BIOGRAFIA DE LA SOLEDAD

 

BIOGRAFIA DE LA SOLEDAD

 

 Entonces eras como una ola marina

de encrespados senos de arrecifes; 

muchacha azul

que en el agua blanca del espejo

peinaba las sombras del espanto

de mares volcados hacia dentro

de tus montañas de peces

en luna nueva. Ibas por el mundo

con la vida resumida

bajo tus tacos de huellas clandestinas,

cual trino de alas

por los bosques sin sequías de los sueños.

 

Quien vivía  hasta morir

por tu canción de primavera

había nacido para columbrar

las fronteras del olvido

en tu corazón abonado por la eternidad,

como los niños colores del alba

hurtados en tus ojos llenos de esperanzas.

 

Quienes sobrecogieron su corazón

en los arenales solitarios

de tus manos prosiguieron tras la voz

de sirena de la distancia

que al final del horizonte

empieza a ser salina llanura de soledades.

 

Sus vigores sacrificados

como corderos del insomnio

pudieron haber escrito

sobre tu piel de roca

sus nombres de dioses inconclusos,

y ser contigo un cielo de palmeras

en las sabanas de tus ojos de ámbar salvaje,

unidos en la raíz

aunque separados al viento

que ató la belleza al retiro del mundo.

 

La soledad entonces estaba en todos.

En todos la soledad. Mas

si en tu érase de palomas yo hubiera

sido este encendido lirio que soy

te hubiera hecho reinar

sobre el magnánimo retiro

a que me induce hoy la soledad,

flor de cactus que a pocos se ofrece

sin su sangrante mundo de púas asesinas,

autopista de arbóreas aves

que nos aupan

desde las ligeras ventanillas de la nada.

 

El mar continúa encabritado

con sus chasquidos de olas

y cangrejos en exilio,

las cabelleras de infinitas espumas

hácense más eternas al pié del mediodía

en tinieblas, y una gaviota piensa

que anoche la luna estaba tan nueva

(y tan delgada de tan nueva)

que ella pudo haberla ensartado

en los ojos de garzos  de tus pestañas

de aguja.  Tú eras la princesa

que el tiempo genera con tu fuerza

centrípeta. Nadie nunca supo entonces

verte siendo la misma soledad

al final de los días de todos.

Y no supieron saber cuánto sentían,

y la posesión de tu majestuoso cuerpo

de ébano retenido en la diáfana cotidianidad

del más variado escritorio 

de mármol del mundo,

era el maximun de la gloria,

tremendium delirium del erotismo,

y no esta ánfora en hastío de la aurora,

ni esta soledad que hoy vos

podríais calificar

de perra, pero que os recuerda

en el edulcarado espejo

de tu cristalina fuente de amor,

muchacha azul, que entonces eras

aquella ola marina

de encrespados senos de arrecifes,

adorados por mil dioses de piedras

que hoy son estatuas

de espantadas manos extendidas

sobre tu gran pechuga de paloma

que regresa con la lluvia de besos

de todas las soledades.

 

LOS VERSOS BLANCOS DE MI PADRE

LOS VERSOS BLANCOS DE MI PADRE

 

LOS VERSOS BLANCOS DE MI PADRE

 

 

 

Mi padre abandonó la casa de su padre

en plena adolescencia.  Vio

que los niños de san Pulín

vestían de blanco los domingos,

y le pidió a su padre lo mismo.

Era trabajador. Sus pequeños pies

de héroe del trapiche y del guarapo de caña,

haciendo un reloj de arena y lodo

arreando el buey interplanetario.

Vio que también su padre salía de parranda,

vestido de casimir blanco,

zapatos negros brillantes,

sombrero nuevo con su plumita de loro,

y el caballo alazán borracho de canciones.

Vio que era un angelito sin más amparo que Dios,

sin un porvenir seguro

que lo esperase al pie de los horizontes

que reinaban en las puntas de las lomas

y morían  en el fondo de  los abismos

de las montañas de oro de la infancia.

Ya en el Valle, entre Tabardillo y El Estero,

encaramado sobre una alta mata de baitoa

en tiempos de sequías, divisó un verdor

y taló la tierra e hizo este conuco

sobre el único verdor que había entonces.

Como acontecen neblinas,

también mi abuelo abandonó la abuela,

y mi padre, en su amor filial inconmensurable,

crió sin quejas  sus hermanos,

y mantuvo a la abuela hasta que Dios,

una madrugada de respirar frío como la muerte,

envió a un ángel moreno por ella,

y la dejó como la encontró: durmiendo.

Este conuco satisfizo su ambición;

ahora cría nietos; y todos los días del mundo,

desde entonces, al amanecer,

en el centro de su tierra

que  es una fuente de gracia y de  oro,

ora a Dios con fe fervorosa; 

y regresa después del mediodía,

sudoroso y cansado, y un día,

una mujer casada con un hombre impío

y creyente ella, vino a despedirse del mundo:

estaba muy enferma,

desahuciada por los médicos,

y mi padre oró  en el nombre de Dios por  ella,

y todavía la hermana vive,

para sorpresa de la ciencia.

Imponiendo su mano y echando fuera demonios,

y eso yo lo sé  más que nadie,

nadie ha cultivado con Dios

la amistad tan fiel y a fondo de este hombre,

nadie ha tenido como yo un padre tan grande,

tan maravilloso, y se asemeja al hijo de Dios.

 

CANTOS DESDE LAS SIERRAS

CANTOS DESDE LAS SIERRAS

 

 

 

 

Por:

 

Abraham Méndez V.

 

 

CANTOS DESDE LAS SIERRAS

 

 

 

 

-1-

 

Entre tanta incertidumbre

de albas truncas y cerrados caminos

tengo la intranquilidad de estar tranquilo

con un suave aroma de azahares

en la mano,

tengo el duro presentimiento

de un carpinterito cañonante

en el día de san Juan,

cuando la misma naturaleza

a un vuelo se apresta

y los hombres ordeñan

unas nubes sin aguas para fructificar la esperanza...!

 

 

En medio del dolor,

del deforestado cancionar de las tórtolas

ocultas tras las hojas que vuelan

sin haber conocido la edad de las raíces,

o enclaustrado involuntariamente

entre las galopantes sierras del hambre,

no casi siempre nacen ruiseñores

como una rosa sin aliento,

sino como un lirio de agua

enarbolando el patio solariego

y gris

con su esencia de seres en sequía

cuya voz sin nadie que la pronuncie

son los labios de botella rota

del mismo otoño;

y pensar que la tierra

de árboles moribundos

nos castiga

como se castiga con el silencio

a la mujer ingrata

que nos dejó sin sombra definitiva

desde el vientre lúgubre de la noche.

 

Vivo entonces

más afanado que la vividura

que me produce este loco afán.

Algo como un ósculo tibio

en las frías mejillas del futuro

mantiene en tensión

mi absurda propensión de ser

no siendo en la locomotora

sin rieles del destino;

y sin pensar siquiera

que quienes desviven en muerte

agrandan las dimensiones de la vida,

con actos que hacen florecer la espina

en la herida,

y construyen lo porvenir

salpicando de alegría la tristeza

con las briznas de pan de los dioses de metal,

al levantar la atalaya que el amor sueña

desde que la paloma anida en el aire

con su sombra el nuevo grito de Libertad,

veo entonces que mi intranquilidad

por estar tranquilo

entre tanta incertidumbre

de una copa que tanto

le falta como se rebosa,

no me convierten

en un simple depositario de los ritos,

y de la nada!

 

 

 

-2-

 

¿Para forjar

qué otro nuevo mundo viven

las almas que en soletas de yaguas

o en zapatillas de sol

por las rutas heridas del amor

y por los angostos caminos del dolor

y sobre la tierra mordida por las piedras,

van soliloquiando

la vividura que les dio muerte,

cuando las horas eran

como un rumor remoto

y trunco en los oídos sin tiempos

de un cielo lechoso?

 

¿Para qué todo se concreta

al elixir de la hermosa Helena de Troya,

al soplo de lo corpóreo fuera

de lo corpóreo,

o a la idea que redujo el mundo al átomo

y en el átomo fue aquel

reafirmación de Dios,

Dios del sol que cuartea la tierra,

tierra que es casi un desierto,

desierto que viene desde Massif de la Selle,

sierra del hambre

contra un abrir y cerrar de ojos,

y todo con el sol que tuesta los suelos;

me obligan a cultivar la rosa fosa

de los vientos,

pétalos con filos de espadas,

o montaña que figuró la mano del hombre

muchos siglos antes

de que el hombre tuviera mano

para segar el grito?

 

 

 

-3-

 

 

SONETO COMO CANTO INTERMEDIO

 

 

El proyecto existencial de la vida que vivo

no se realiza sino en la queda geografía

que pudo haberse quedado bajo la mar bravía,

si la tierra un infarto no hubiera sufrido.

 

Entonces sierra de Bahoruco, como cordillera

que sumergida pasa Jamaica y emerge en Haití

luego de cruzar el Canal del Viento, estuviera

bajo el mar, como ricas alúminas, sin COMPANY...

 

Pero fosa de Milwaukee vino desde el cielo

cretáceo de Antillas, mientras en la fuerza

de los milenios devenía en nuestros suelos

aquella virgen primavera que jamás vieron

ojos humanos, y desfloró Europa a la Fuerza;

y no vivo sino sobre quienes no vivieron!

 

 

-4-

 

 

Estas sierras manos legendarias

no son sino un contienen

condenando al hombre

a un perpetua agonía,

lisas o luxeres huidizas

de la sangre que se derramó por amor,

o muchacho rezongón

recosiendo el casabe

con las piedras tricornes del dolor

que se me afila en el corazón,

como se le afiló la muerte al viejo Zapata

allá al final del # de Azua,

mientras la tarde se pierde

tras las montañas semiáridas

con un sabroso olor

a café tostado

que ausenta la sensación

de hambre y de vacío,

hasta que una mirada en vilo

como un viernes santos sin velas

atraviesa el humo del rancio cachimbo,

y el sueño nos remata la densa noche,

la sombra de todas las desesperanzas!

 

 

-5-

 

 

BREVE ROMANCE HEROICO

 

 

Cuando fuese rebosando injusticia

en su colonial copia americana,

el cacique Herniquillo –con estrategia-

dio nuevo ejemplo a la raza humana;

su grito de Libertad y conciencia

(trasluciendo clarores de mañana),

es un grito contra el fuero dueño,

y canto de las sierras del sueño!

 

Así, cuando fuese cristalizando

nuestra independencia de alas rotas,

LORENZO el eje en la tierra, FERNANDO

el heroico espartano, HNOS. De LA PAZ

valle hondo; SOSA cacique guerreando,

DIONISIO el fuerte.. dieron su lar sureño;

y canto desde las sierras del sueño!

 

Mas, las carabelas que se agrandaron

hasta perderse en el fondo de las playas

de nuestros diminutos ojos, clavaron

tantos alfileres en la vestimenta

socio-inhumana que nos impusieron

que el sable cuyo PETIT TROU aún alienta

contra el INVASOR, ara fuego ajeno;

y canto desde las sierras del sueño!

 

 

-EPILOGO-

 

Ahora no vivo sino como

pueblo esperanzado,

desesperadamente esperanzado.

Sobre las alambradas

que cercan los enormes horizontes

vuelan los campesinos sin campos

para la raíz flor de Libertad,

temblor de sueños reviviendo.

Los puños se levantan

al cielo contra los ángeles

de la muerte y sus dioses de metal.

 

Es el otoño, montañas semiáridas,

moribundos árboles retoñando.

 

 

Mas ya presiento el sabroso olor

con que abril renace.

                                               (Estoy esperanzado,

                                                                          desesperadamente

esperanzado por una nueva

                              (y eterna primavera.

 

¿EL MUNDO ESTA EN PELIGRO?

¿EL MUNDO ESTA EN PELIGRO?

¿EL MUNDO ESTA EN PELIGRO?

 

(Romance claro-gris, a los

Premios Nóbel en Jordania).

 

El mundo se ve solo

en un mundo en peligro,

de opresión unipolar,

desnivel amoral,

abriendo las puertas

al terrorismo loco

que sin causa clasista

sólo deja destrucción,

poniendo en peligro 

toda la humanidad,

cuando el amor eterno

–que es Dios en las almas,-

muera en cada pecho.

Y esas rosas que crujen

en campos de pasión,

renacerían de nuevo,

si el mundo en peligro

no estuviera tan solo.

 

(El hombre ve asombrado

el mundo con ojos de abiertos

y la madre Natura ve el mundo

a la manera de Dios:

con los ojos bien cerrados,

cual flor de loto, en oración).

 

Barahona, mayo 20 2005.

SONETO A LAS TORRES GEMELAS

SONETO A LAS TORRES GEMELAS

SONETO A LAS TORRES GEMELAS

 

La paz victoriosa de los sepulcros,

después del fin de las Torres Gemelas

y de los kamicazes que en velas

las convirtieron, sin rubores pulcros.

 

Miles de almas quedaron insepultas,

derretidos aceros, los aviones

y un mundo de rotos corazones...

y todas las naciones en consultas...

 

¡Afganistán!, ruge el León asesino

en tus entrañas empobrecidas... 

mas el Terrorismo encontró su sino.

 

Al Qaeda y Bim Laden niegan todo.

Ante tantas pruebas establecidas,

¿a  Muerte vencerá el Amor con todos?

 

Barahona, R. D.;

8 El Poder, 2da. Semana Octubre 2001.

CARTA A UN ESTADO FALLIDO

CARTA A UN ESTADO FALLIDO

 

CARTA A UN ESTADO FALLIDO

 

                Al Dr. José del Carmen Acosta.

 

Vosotros como los bárbaros dorios

acabando la cultura micenas

en atraso de la naciente Atenas,

cruzáis la frontera llenos de odios.

 

Vosotros como los bárbaros dorios

teniendo como norte al sol de arena,

gracias al soborno a guardias sin cena,

cortáis cañas... por míseros salarios.

 

Ustedes devastaron vuestra Patria,

con la consigna de “tierra arrasada”,

decapitando al blanco de su Madre Patria,

 

incendiando La Hacienda bien cultivada,

dejando sin vida sus generaciones,

y nos traen... su Estado de involuciones.

 

Barahona, R.D;

SUEÑO DE UN ELEFANTE

SUEÑO DE UN ELEFANTE

 

SUEÑO DE UN ELEFANTE

 

Por:

 

Abraham Méndez V.

 

 

Al escritor informalista

Carlos Darío Sousa  Sánchez,

y al maestro mágico Manuel Mora Serrano.

 

 

 

Sueño, casi a medio dormir,

fantasías entre dormido y despierto;

soy una hormiga tan corpulenta

que a mi lado

el más grande elefante del mundo,

proyectado desde la tierra

por un mechón de luz,

no me da por estas rodillas

de alcanfor sólido. 

 

Sueño que soy una hormiga ciega

que se guía por su olfato de perro

y sigue el rastro de oro

de otras hormigas. Veo estrellas

que  caen al primer gruñido

de un cerdo kamikaze.

 

Soy, por fin, un elefante

que viaja en círculos,

tras la humedad una vez perdida,

con los ángeles del reloj de arena.

 

Vivo bajo la sombra propicia

de un cementerio de chatarras

sin repuestos posibles,

salvo el moho que produce tétano

a una herida reciente.

Un cometa cambia de dirección

y viaja teledirigido

por pedazos de la luna

contra una planta nuclear

donde habitan los zorros de la NASA

que hicieron estallar

dos bombas atómicas

sobre el cometa próximo pasado

para estudiar su estructura celestial

de regreso al sol.

Meteoritos dañaron los satélites,

y los días ahora son de cuatro horas

después que los robots detonaron

las bombas que dormían

en la rondalla lunar

de tus ojos enamorados.

Sueño que cambio

de rumbo. ¿Por qué la vida,

en los sueños, no es nada constante? 

Es como la idea del futuro,

que rebasa toda dialéctica

y toda predicción.

 

Sueño que un terror

me viene de los espejos,

se repite en los zafacones

de periódicos de ayer,

un escalofrío instantáneo suspende

las ediciones de los diarios de mañana.

No quedará piedra sobre piedra,

quizás por ahora haya una lápida

en el lugar de los muertos,

como allá en el solar

de las Torres Gemelas,

o en los trenes de España, o de Londres,

o en los campos de muerte de Irak

o de Afganistán.

 

Sueño que un kamikaze

muere a mi lado. Terror de espejos

de los pesimistas

de oro de procesador de Laptop.

¿Qué es, empero, un kamikaze?

¿Un asesino suicida,

o una ideología de la sinrazón? 

No sé, pero un suicida es,

en el instante supremo

de suprimir el destino suyo o de todos,

alguien que ha perdido la razón

universal del instinto de conservación.  

 

No veo los obreros que defienden,

pues éstos mueren junto al rico

y a los de clase media.

No veo más que narcodólares,

narcoterrorismo. Carecen

de toda la razonabilidad del tabaco,

de la cordura de humo decretada

por los imperios de muerte.

¿Y si tuvieran las bombas atómicas? 

Impedir el mal, ordenar el bien,

suprimir la tiranía de aquellos cientistas

que empuñan la verdad y solo abren,

como Fontannelle, el dedo meñique.

Que Dios salve el mundo, dice Carlyle.

 

Sueño que soy un elefante

que viaja en circulo

por el desierto del amor

como negación de morir.

Una mujer a punto de dar

a luz me sonríe

y siento que es la luna llena

que me alumbra.

Yo, con un gesto diestro y una sonrisa,

le devuelvo la luna nueva.

 

Sueño que mil hormigas

que han ganado el Nóbel

afirman en Jordania

que el mundo está en peligro,

y ojalá que lo dijeran noveles como yo,

y que fuese mentira.

Quisiera ser una cucaracha cien días

antes del fin del mundo,

para sobrevivir al holocausto.

 

Sueño que soy una hormiga corpulenta,

más grande que el elefante más

tremendo del mundo,

que va por el mundo vendiendo

unos versos que son más poderosos

que las bombas atómicas

que se robaron  científicos rusos

cuando cayó el imperio leninista.

Irán y Corea del Norte

quieren bombas atómicas.

Ya la India y Pakistán tienen la suya. 

 

Como los pobres del imperio romano

entendieron al Hijo de Dios,

hoy son los del siglo XXI

quienes pueden ver el rostro de Dios;

os digo que Dios salve al mundo,

como pide Carlyle,

pero al través del hombre,

pues también vive Dios en su pecho.

 

A trabajar muchachos

de todos los pueblos del mundo,

somos esos elefantes que sueñan

con los lejanos lugares secanos

que mañana reverdecerán

a la alegría del desierto otra vez...