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UN PUNTO APARTE (Cuento)

UN PUNTO APARTE (Cuento)

UN PUNTO APARTE

 

De algo tiene uno que morir en la vida. ¿El Sida?, si da que dé.  Esa es verdad, sí, a opinión de necios, de gente como Sulpicio Vásquez. Después que le dieron de baja en la marina de guerra por mala conducta, Sulpicio Vásquez volvió a casa de su pobre madre, doña Corina Vásquez del Corral. La doña desvive –nadie con razón diría que vive,- con su quinto marido, un Juan de los palotes que un día ganó el premio mayor de la Lotería Nacional, y ella lo quiso en un último intento de ser feliz en este valle de lágrimas que es la vida, porque la puerta y el derecho de una mejor suerte nunca se cierra en el corazón de una mujer. La sufrida madre creyó en vano que sus días sombríos habían terminado, cuando en verdad parecían estar comenzando. Juan Alegría era su marido, su quinto esposo consensual y ya iban por tres muchachos, más los dos varones y cuatro hembras de sus anteriores esposos de hecho, traídos al mundo bajo el estigma de un único sueño: basta que salga uno bueno. Sin embargo, la señora Corina Vásquez del Corral quería que ese fuera Sulpicio. Era su hijo predilecto. Alegría gastó millón y medio en una lujosa jippeta que  utilizó mayormente para montar locas y amigos de tragos que no tardaron en despilfarrar la mayor parte del premio, hasta que un mal día un tal Sombrillita, que era su amigo de infancia y había regresado desde la capital del país después de veinte años de ausencia, se accidentó con la jippeta, la cual quedó vuelta añicos. Los tres cadáveres quedaron irreconocibles, incluso hubo casi hacer esfuerzos increíbles para poder sacar a Sombrillita y a los dos adolescentes que le acompañaban, quedaron completamente aplastados por la carrocería de último modelo. Residían en una casita de madera cuyo solar no costó ni la cuarta parte del dineral invertido en la jippeta, y peor aun, la casita tenía un gravamen hipotecario de primer rango ya vencido y Juan Alegría, en su haraganería absoluta, no parecía preocuparle el asunto. La pobre madre era la única que lloraba en secreto, pero la delataban el negro aro del insomnio alrededor de los ojos aletargados. Ciertamente, no era fácil ella tampoco, había tirado mil brincos en las últimas campanas políticas y finalmente, después de haber planchado algunas sábanas con la espalda, pegó en un empleo de sueldo mínimo, y ahora hijo y padrastro no son más que dos mantenidos gracias a las privaciones de una mujer que no quiere dar un paso más a peor suerte, salvo el del suicidio, y todo el mundo sabe que las mujeres resisten más el stress que los hombre y por eso las mujeres se suicidan menos que los hombres. Después de todo, sus padres murieron ahogados en alta mar, cuando intentaron cruzar el charco del Caribe en yola de remo y motor, y, como eran hijos únicos ya huérfanos, sus primos más bondadosos se encargaron de criarla aunque andando de aquí para allá, hasta que sus buenas piernas, sus nalguitas paraditas como popa de barco y sus pechos de gallina alzada cruzando los aires, le dieron al verano feliz de su primer marido. No tardó en tener otro, y  otro, y otro, y otro más. Sulpicio era Vásquez, como ella, aunque fuesen entonces nadie, eran de buena familia, ¿no? Siendo raso de la marina de guerra, Sulpicio cayó preso, pues se dejó sobornar por unos organizadores de viajes ilegales y tuvo un tiempo de bonanzas, hasta que sus superiores inmediatos investigaron el hecho del enriquecimiento ilógico, luego que una embarcación fuera interceptada rumbo a Puertorro y un tripulante lo denunció. Ahora miren, devuelta a casa, después de haber cumplido los dos años de prisión que le impuso un tribunal militar. Y los puñetazos que suele protagonizar, bajo los efectos del alcohol hasta el grado del puerco, con su padrastro Juan Alegría, también borracho, eran motivos de grandes escándalos que no terminan en masacre gracias a la intervención de la vecindad.

 

Pero de algo tiene uno que morir en la vida, Sulpicio vivía sin pensar que la muerte existe, hasta que un buen día su madre quiso meterlo como obrero en la zona cañera y allí una haitiana de enormes glúteos y pechos poderosos como sus grandes pies descalzos, le pegó el Sida. Era una morena hermosa, de cabellos de alambres de púas, de esas negras de la  boquita estrecha y los dientes de leche, ay mama, y le pegó el Sida. Sabía que el Sida andaba por ahí, ampliando segundo tras segundo una cadena de muertos calientitos, pero era por todos consabido que el dominicano no sabe lo que es una mujer hasta que no se lo pega a una haitiana, ay mama, de esas morenas de boquita estrecha y dientes de lecho, con cocomordan y todo, ay mama. Pero el amor es más fuerte que la muerte, está en una región de la conciencia que es completamente irracional, y solo después de habérselo pegado y sentido esa descarga eléctrica del corazón por todo el torrente sanguíneo, el hombre piensa, ay, Dios, ¿cuidado si tenía el Sida? Nadie piensa en el Sida antes de meter el dedo sin uñas en el hoyito de  flor de aullama con aroma de café con mofando del placer sexual. Luego, cuando son enterados que están contagiados del virus fatal, andan también por ahí, vuelto una máquina asesina, dando el mismo pan que recibieron, ¿no?

 

Cada prima noche, pues, lo primero que hace este muchacho loco de Sulpicio Vásquez, es telefonear a sus amigachos de la infancia, viejos desertores de la secundaria como él, y se ponen bien pepillitos y salen al parque central o se van a cualquier municipio de la provincia de sal, o a los mismos bateyes, a picar muchachitas locas, algunas de las ellas son de papi y mami que llevan una doble vida. Hay casas de amiguitos y amiguitas que son verdaderos sitios de citas amorosas. Generalmente son chicos consentidos, con uno que otro padre fuera del país, que gastan en dólares y tienen buenos vehículos o pasolas. Sulpicio Vásquez sabía entrelazarlo todo. Era el rey de la selva. Con decir que es Vásquez del Corral, ¿no?

 

 

 ¡Pero mi hijo¡ ¿Qué has hecho con tu vida, mi hijo? Yo siempre soñé que fueras un profesional, un hombre de bien, y mira en qué te me has convertido.

 

Yo no te pedí que me traigas al mundo, déjame quieto, mamá.

 

 ¡Ay mi Sulpicio¡ Siempre pensé que tendrías la vida que yo no tuve. ¿No me esforcé lo bastante? Dios sabe que sí. ¡Ay mi hijo¡ ¿Quién me ayudará a levantar y educar tus otros hermanitos y hermanitas? Al menos déjame llevarte mañana temprano al médico, a ver si te receta algo contra esa pulmonía, a ver si se te quita ese catarro amarillo que te ha entrado…

 

Al otro día temprano, sin desayunarse ni tomar café, fueron al médico; éste le indicó varios análisis, incluso de la sangre. Cuando volvieron en la tarde por el resultado, el galeno dijo al joven que esperara en el banquito del pasillo de la clínica y habló claro con la madre del don Juan. Su hijo, señora, tiene Sida. Es una enfermedad nueva, incurable. La mujer sintió que el mundo se acababa. Solo pudo preguntar: ¿Cómo doctor, no me diga eso, doctor? Sulpicio es la niña de mis ojos, doctor. ¿Qué hago yo ahora, doctor? El médico se reclinó hacia atrás, se pasó la mano por el rostro y se sacudió la nariz y dijo a la angustiada mujer: Señora, el Sida es una enfermedad que mata a largo plazo, si su hijo tiene buenas defensa, podría durar cinco, diez o quince años con la enfermedad, como cero positivo HIV. La señora Corina Vásquez del Corral sabía que su vida, desde ese momento había dado un vuelco del carajo, su hijo tiene Sida; su vida quedó divida en un antes y un después del diagnóstico. A partir de entonces su hijo sería ya un punto aparte, socialmente hablando. Lo peor del caso era decírselo a Sulpicio y tratar de conformarlo a su buena suerte, pero el joven nomás atendió a gritar en el pasillo de la clínica: ¿Por qué a mi…?

 

Si antes era una máquina asesina, pegando el Sida sin saberlo, ahora Sulpicio lo hacía a conciencia, mientras iba levantando la lista de un cementerio vivo. Saberse  contagiado del Sida, estar conciente de ello, de que sus días serán más breves que toda otra vida, incluso puede ir contando sus días con los dedos de la mano sin necesitar usar los dedos de los pies, hizo que Sulpicio ni piense en la buena defensa inmunológica que le dio la vida. ¡Que desgracia!  En primer lugar, madre e hijo querían que nadie lo supiera. Pero, al fin y al cabo, los encargados de la salud secretean a los suyos para que se cuiden y se corre la voz. Además, al ver que Sulpicio era una máquina de muerte callejera, la señora Corina Vásquez del Corral, volvió al médico y éste le aconsejó que lo dijera a sus vecinos y que en la iglesia pidiera públicamente la ayuda de Dios en oración… La noticia corrió en alas de palomas. Sulpicio se sintió, de pronto, acorralado. Quiso matarla. Gracias a Dios, Juan Alegría pudo evitarlo, pues sirvió para algo en la vida. Ciertamente, divulgar la verdad tiene un efecto económico provechoso, pues organizaciones no gubernamentales internacionales prestaban ayuda en la lucha contra el Sida a nivel mundial.

 

 ¡Ay mi hijo bello! Me dolió hacerlo. Me duele decir que tienes  Sida. Pero, ay, es la verdad, ¿no?

 

Desgraciada. Ya no eres mi madre… Desgraciada, ¿qué Sida del diablo?

 

Perdóname, hijo mío, perdóname. No tuve otra alternativa. Pero es la verdad, y siempre estaré a tu lado, para cuidarte, hasta el último suspiro. Eres hijo del amor de mi  vida. Naciste cuando yo era una adolescente llena de ilusiones, hijo mío.

 

El dolor de la pobre madre fue mayor cuando Sulpicio Vásquez dormía y lo escuchó hablando solo, diciendo: El Sida. Madre, el Sida. ¿Y por qué a mi, madre, por qué? Pensó la madre, al oírlo de madrugada: Dios sabe cuando come. Confórmate, mi hijo. Era el amor de su vida.

 

Dios, ¿por qué a mi, Dios, por qué? En resumidas cuentas, los mismos trabajadores de salud extienden a sus parientes más cercanos y a amigos íntimos sus secretos profesionales, para que se cuiden, pues el Sida no se ve en la cara, ¿no? Y la voz de alarma recorre el pueblo como en alas de palomas. Sulpicio Vásquez del Corral tiene Sida. Escondido en sí mismo como agua entre los dedos. Corre la voz. Corre el enfermo, de pueblo en pueblo. Y sus mejores amigos en todas partes le sacan el cuerpo. Solo los extraños lo aceptan hasta que saben la verdad. Dios, ¿por qué a mi, Dios, por qué? La sensación y el dolor de un muerto en vida lo acompañaban por todas partes, como una sábana de desgracia. Dios, ¿por qué a mi, Dios, por qué?

 

Y tuvo que irse de Tierra del Fuego, luego tuvo que volver y volvió a irse una y otra vez, porque las aves migratorias llevaban la noticia a todas partes. Sulpicio tiene Sida. Dios. Sulpicio sabía que uno muere el día que deja de existir, cuando el aliento de vida desparece del cuerpo, pero él había nacido muerto, pues había nacido y crecido sin padre en el mundo. Nunca comprendió por qué era el hijo del gran amor de su madre, cuando nunca conoció a su padre, además de que un amor tan breve, una aventura tan loca no podía ser tan eterna. Pero dice Aristóteles que a nadie se le puede impedir vivir en la ciudad donde nació, y Sulpicio regresó a casa de su madre por última vez. Se veía deprimido, desgarrado, flaco, todo un tremendo saco de hueso, pues para sobrevivir había tenido que mendigar por el mundo entero. Obrando con justicia, como esa enfermedad no se pega en un saludo, ni con nada que no incluya intercambio de fluidos provinieres de los órganos sexuales del hombre o de la mujer o de cualquier otra animal contagiado con la mortal pandemia, la pobre madre decidió acoger al hijo enfermo, pero primero decidió darle una orientación a sus otros hijos, quienes desde siempre estuvieron renuentes a convivir con el hermano enfermo, tanto por miedo a la enfermedad como al qué dirán los vecinos, ¿no?

 

Sulpicio del diablo, por ti nos vamos a morir todos del Sida, Sulpicio del diablo.

 

No mis hijitos, cada quién dormirá en su cama, sí.

 

¿Y las picaduras de los mosquitos, madre, que transmiten paludismo, malaria, y matan más gente al  año en el mundo que todo el resto del reino animal, madre. ¿eh?... ¡Que se vaya al diablo, madre!

 

Era, en verdad, un punto aparte. La solución fue simple, Sulpicio Vásquez dormiría en el patio, en un colchón con su mosquitero…  Pero qué va, de madrugada lo acostaba en la sala de la casa, mientras sus otros hijos roncaban como unos chonchitos. Después de todo, entre los trastornos del Sida, estaba el insomnio, los temblores repentinos, el deseo de andar por ahí pegándoselo a cualquier tonto, macho o hembra, de aquellos con uno o dos aritos en las orejas, ¿no?, y a todo el que de pendejo era heterosexual o no. Era algo así como la rabia del sexo. Sus hermanos y hermanitas no eran tontos. Sabían que Sulpicio dormía en la casa, pero, a la larga, a pesar de la frialdad, como su madre lo amaba más que al resto de los hijos, diríase que con un afecto suprairracinal, más ahora en que el hijo malo y más amado estaba cogido por una enfermedad incurable que mataba dos veces: tanto el especto moral como el físico del ser humano, todos irían sufriendo el aislamiento social.

 

Madre, yo soy la segunda en esta casa, ¿no?

 

Si, Bertica. Dime.

 

Quiero cocinar la comida de mis hermanos. Usted seguirá cocinando para Sulpicio y para papá Juan, ¿si?

 

La madre jamás aceptó esa discriminación del resto de sus hijos, pero peor era verlos morir de hambre, y aceptó el reto de Bertica. Y es que, sin ser un punto aparte aun Bertica había perdido ya a su novio, a causa del qué dirán de la gente, ¿no?  Sus amistades escolares, así como algunas vecinas, se aislaron de ellas y del resto de sus hermanitos. Entonces la buena madre, aunque no estaba de acuerdo, cedió con gusto la petición de la adolescente. Gracias a Dios, Sulpicio abandonó la comunidad nativa y se fue a Tierra del Fuego, de ahí pasó más al oeste, hasta que un día cualquiera se estableció en la misma guardarraya fronteriza. Alguien que lo vio por ahí vino y dijo que le iba de maravilla, echo todo un gigoló.

 

Entonces la mala noticia llegó de Jimaní todo el mundo sabía que Sulpicio Vásquez tenía Sida, como muchos otros que no se atreven a reconocerlo en público, pero lo que nadie sabía era que Sulpicio se había ido a vivir a la tierra del Sida: Haití. Vivía encuevado, viajando de Pueblo Viejo a Fond Parisien, contrabandeando cosas. Su condición de exmilitar lo favoreció mucho. A veces enviaba cajas de ropas de pulgas, latas de aceite que su madre solía vender inclusive, enviaba zapatos a sus hermanitos y hermanitas. Allí no vivió como un punto aparte. No. Allí reside el culo del mundo y nadie pone pero ni puntos de menos a nadie. No. Mientras tuvo esa haitianambra con la boquita chiquita y los dientes de leche, Sulpicio Vásquez vivió un amor de vudú, bestial y real. Pero, arriba, en la montaña, cien días de que pasaron por allí unos pastores de iglesia y fueron echados a patadas por aquellos pobladores de dura cerviz hijos del contrabando y la venta de armas y drogas y adoradores del diablo, de madrugada, bajó desde lo alto de la montaña el río Blanco y arrasó con todo, y la mala noticia llegó a casa de Sulpicio Vásquez. ¿Sulpicio Vásquez  no será ya un punto aparte? Y la pobre madre, que tanto amaba al hijo desarraigado e hijo del único amor que sintió a profundidad en su vida, la pobre Corina Vásquez del Corral, apenas pudo gritar al cielo:

 

¿Por qué a Sulpicio, Dios mío, por qué al hijo de mi corazón, Dios mío?

 

Mientras, el Gobierno Central, las iglesias de la República y la comunidad internacional, iban en socorro de las víctimas de la riada del río Blanco en Jimaní.

 

 

MORASERRANISMO

MORASERRANISMO

 

 

 

MORASERRANISMO

 

 

 

En este decir mío

está mi propio arco iris de sueños,

y el grito perdido entre las nubes

de aquellos que nacieron

a mí misma hora de la luz primaveral.

 

En este decir mío

hay una palabra magnífica

que busqué en el “mata burros del pueblo”,

una fruta madura caída del cielo.

Leo a Rilke, releo a Aristóteles

o a Carlyle, sin olvidarme

de Emerson ni de Platón.

Escribí mi primer poema

y Cucho me dijo: te pareces

a Moreno Jimenes,

y yo le pregunté

a mi profesor de Literatura:

¿quién es Moreno Jimenes?

Me llevó a la Biblioteca y me dijo:

Helo aquí. Un ciudadano afirmó:

Tienes influencia de Mieses Burgos.

Un entendido a leerme, gritó.

¿Eres la encarnación de Apolinar Perdomo?

Con mis novelas ha pasado lo mismo,

La mujer de agua la leí 20 años

después de andar buscándola,

pues Lacay Polanco,

sin haberlo leído nunca,

también me ha influido.

En fin, sólo sé que este poema

no existía antes,

antes de que me fuera dictado entre sueños.

 

No sé, pero en este decir mío,

en estos tiempos de encumbrados paraguas

que son como mil esqueletos

de murciélagos pegados a sus forrajes

gris perchados a las ramas

de los árboles todo el día,

está mi singular manera

de sentir del mundo.  

Un sentir nuevo en que soy

y será mi más fiel compañía,

cuando abandone este mundo mi alma.

 

(Dios mismo nos hace diestros o zurdos

según hayamos chupado

un pulgar de la mano del cielo, al recibir

el golpe seco de la luz al nacer,

como un chorro de agua espesa liberando su esencia al grito...!

 

Barahona, R. D.

LA GLORIA DEL POSTUMISMO

LA GLORIA DEL POSTUMISMO

LA GLORIA DEL POSTUMISMO

 

Al Maestro manso, D. Moreno Jimenes,

Sumo Pontífice de la Poesía Dominicana.

 

Maestro: ya estás a punto de partir.

Triste mano del azar, o del viento

en que el corazón se hace pensamiento,

ya sabes cuánto tus obras han de latir.

 

Maestro: hacia lo inconmensurable quiere ir

tu alma, esencia de nuestros sentimientos.

Y soy yo, sí, tu postrero pedimento:

un framboyán deteniendo el existir.

 

Porque una vez dos aves convinieron

volar hasta alcanzar dos árboles

enormes e iguales, y muy distantes;

 

Y uno era dos veces más  distante

y más grande, y, entre los arreboles,

te fuiste a reinar al otro horizonte....!

 

Santo Domingo, 1986.

AMOR SINCERO

AMOR SINCERO

 

AMOR SINCERO

 

Ya no quiero que me quieras.

Tanto esperé que me quisieras.

Ahora quieres que yo te ame,

ya no hay pasión que te llame.

 

Ya no quiero que me quieras.

Pasión nada pasajera,

caló de tu alma a la mía.

Mas otros querías, a fe mía.

 

Ya no quiero que me quieras.

Se apagaron mis quimeras.

Los sueños míos se esfumaron.

 

Nada hay en ti que me retenga.

Mis sueños todos acabaron.

¿Crees que tu amor me convenga?

¿POR QUE HAS LLORADO, AMOR?

¿POR QUE HAS LLORADO, AMOR?

¿Por qué has llorado, amor?

 

Por:

 

Abraham Méndez V.

 

Mi amor, has llorado frente al mar,
que es tu hermano.
Has llorado a orillas de la mar,
que es tu hermana. Y los peces,
hijos de las lunas dichosas
de tus ojos hermosos,
te llaman eternidad,
las olas pronuncian en plural
tu nombre de sombra de sirena
de muñeca mora sobreviviente al holocausto
y que tiene tras de sí al gran libro sagrado
en el museo de Terezin,
y sus manos están atadas
a la desventura
que impuso a todos
su océano de sangre inocente derramada,
contra el pueblo de Dios,
a causa de no ser nacionales,
o a causa de ser nación
que pervive sobre los cielos
y busca de nuevo su tierra infinita
donde mana miel y leche,
donde son los habitantes más amados
por las esferas celestes de tus manos mías.

Mi voz que clama entre las sierras del dolor
te ha conmovido, y es
que hace quinientos años, judíos
de las islas canarias se enamoraron
del Valle de Santa Cruz de Neiba,
y adoraron su cima de serrucho
como si fuese el propio monte de Sión.
Y yo pude no haber nacido,
de la misma manera
en que aun tú no has dado a luz al mundo,
y tus hijos e hijas son tus palabras;
y la luz del mundo pudo no haberme visto,
si mi padre y mi madre hubieran tenido
sólo cinco o seis muchachos,
pero trajeron dieciséis mundos,
dos abortados, y vivimos diez,
y aun viven en la salud del cuerpo
y en la fe del Espíritu Santo, y yo nací
del alboroto de los cánticos hebreos
en medio las sierras morenas…
Aserraderos de angustias cortaron
mis jabillares de sueños
y la tierra fue un desierto de sal y yodo,
únicamente recuperada
en tu voz de amor eterno, y sublime.

Mi amor, has llorado frente a la mar,
porque es mi hermana.
A orillas de la mar, mi amada mía,
has llorado. Y es que el amor,
ese ángel de fuego magnetizado
que hace que el alma,
por sólo el sonido de una voz,
amor,
sobreviva calando a otra alma noble,
como una gota de agua que cae sobre la piedra
de rayo enriquecido de uranio dormido
de tus ojos, cual príncipe de plumas
que anuncia a los toreros la salida del sol.

Y la mar es tu hermana,
porque está llena de peces.
Y has llorado frente al mar,
porque no tienes un hermano,
ni una hermana, y tu vientre tiembla
sobre la arena tibia de tu esperanza,
y de mi desesperanza,  emocionadas palabras
que juegan entre las olas
o cual solfista nocturno
o rayo de luz de luna. Y temes fijarte
largo tiempo de las estrellas
que tiemblan y te hacen temblar,
como luciérnagas con alas… y te llenas
de dudas viendo la ciudad
en llamas tras de ti,
como sodoma o gomorra incendiadas
desde los cielos,
mientras los árboles son mordidos
por sierras destructoras de montañas
con ríos caudalosos que se secan,

y yo soy alguien que sobrevivió
a los tiempos de tus naos de tallos
que espera ser adoptado en tu regazo,
como un pequeño marroquí,
gentil sombra de la fe que impusieron
sin cumplirla cabalmente bajo la luna,
y como una gentil forma

de cubrir el sol con dos dedos…

El mundo se origina en tus palabras
frente al mar, y yo soy tu hermano
y tú eres mi hermana, y te amo
porque en medio del túnel del tiempo,
tu alma mía y mi alma tuya
se han calado en lo hondo de un beso en llamas
que es tu cuerpo y que es mi alma,
y es verdad todo,
amor,
 el reloj de la parroquia
de Santa Cruz de Barahona acaba de dar la hora…
Y yo estoy aquí, solo, con los brazos abiertos
frente a la Bahía de Neiba,

viendo que no llega el Logo

de libros y amores en el cielo de tus manos,

viendo que no aparecen los yates turistas viejevos,
y viendo  barcos mercantes que llegan
y gaviotas que sobrevuelan mis penas,
y viendo que tu voz juguetea
con las olas, y yo te pregunto
por última vez, ¿Por qué has llorado,

amor,
por qué has llorado?

LA POESIA PATRIOTICA del poeta ANGEL A. HERNANDEZ ACOSTA (QUINITO)

LA POESIA PATRIOTICA del poeta ANGEL A. HERNANDEZ ACOSTA (QUINITO)

 
LA POESIA PATRIOTICA del poeta ANGEL ATILA HERNANDEZ ACOSTA (QUINITO)

 

Por.

 

ABRAHAM MENDEZ V.

 

 

 

Don Mariano Lebrón Saviñón, en el Prólogo que escribió para la Antología Poética Duartista, de Julio Jaime Julia (Editora TALLER, 1976, Santo Domingo, D.N., 106 páginas), en un sustancioso parrafito dice lo siguiente: “Ángel Hernández Acosta con Triángulo a Juan Pablo Duarte y Georgilio Mella Chavier,  con Duarte en Los Llanos, incursionan, con fortuna, por los predios de la poesía patriótica” (p.19).

                                   

Verdad es que incursionó, con fortuna, por los predios de la poesía patriótica.  Ángel Atila Hernández Acosta, quien, al igual que Apolinar Perdomo, el autor de Cantos de Apolo, con su Canto a la Patria, dejó constancia escrita del profundo sentimiento patriótico que animó sus vidas, aun dentro de la poesía que más abundantemente cultivaron, la poesía amatoria. Hernández Acosta lo hizo, con cierto pesimismo panteísta matizado con la fe cristiana, y Perdomo, con arrebatado erotismo y con aire abiertamente democrático y optimista, y metafísica con ribetes místicos.

 

En Triángulo Simple a Juan Pablo Duarte, tres hermosos sonetos a los cuales Mariano Lebrón Saviñón en el referito Prólogo omiten el término “simple”, no sólo para romper con el complejo del hombre de provincia, sino que lo consideró, a decir por la frase elogiosa que le dedica, que “Triángulo...” es uno de los mejores poemas que aparecen en la Antología Poética Duartista.  De la misma opinión, como veremos después, es Pedro Troncoso Sánchez.

 

En el primer soneto de “Triángulo a Juan Pablo Duarte, Ángel Atila Hernández Acosta deja sentado no sólo que la creencia de Juan Pablo Duarte en Dios se debía a que de Dios le había venido su vocación de libertad  y sacrificio por la Nación invadida por la vecina Nación, Haití; sino que Hernández Acosta también logra aprehender una verdad  inequívoca: que “el día en que no hubo pan y vino, la Patria levantó tu pensamiento”.  Es decir, que el ideario de Duarte fue, es y será siempre la aspiración básica de la Patria amante de la democracia, de la libertad y de la igualdad, aun en los momentos más aciagos, y desde ese ideario básico reencausará en todo tiempo, levantándolos, por los heroicos caminos del progreso general del pueblo dominicano. Pues, como dice en el primer soneto de Triángulo. :

 

-I-

 

Creíste en Dios porque de Dios te vino

 como lluvia de luz al sentimiento,

el don de  consolar, el don divino

de saldar con amor el sufrimiento.

 

Creíste en Dios, y Dios fue tu camino,

 el plato azul de todo tu sustento,

y el día en que no hubo pan y vino,

 la Patria levantó tu pensamiento.

 

¡Cuántas veces el cielo vino a verte

modelar en la arcilla de tu alma

un ¡Patria y Libertad!, con tanta suerte,

 

que cuando dijo Dios : Amén, la calma

vino a tu corazón para ofrecerte

un horizonte de laurel y palmas.

 

En el segundo soneto del “Triángulo a Juan Pablo Duarte, el poeta Hernández Acosta endiosa a Duarte, dándole una dimensión mesiánica, como siempre ha hecho el fervor patriótico dominicano; y el sentido divino del Verbo, que en el principio estaba con Dios y era Dios, es humanizado en “Triángulo... ”, diciendo a Duarte “aquel Verbo tuyo, que temprano puso calor de fe sobre la nieve”.

 

En los tercetos de este segundo soneto de Triángulo a Juan Pablo Duarte, de Ángel Atila Hernández Acosta, el nacimiento de la Patria, su Libertad, figura la llegada de “la luz de un nuevo día cubriendo las de ayer sombras agrestes”, en evidente alusión al Oeste, omitido en el primer terceto, donde Duarte dice la Liberta de Norte a Sur, y oye el Este. Así, pues, el Oeste no es sino la República de Haití, las ayer sombras agrestes la  dominación que durante 22 años tuvieron sobre la parte Este de la Isla de Santo Domingo, y cuyas cenizas emergió la Independencia Nacional.

 

-II-

 

Incienso y mirra tienes ya en las manos

 para que el humo azul  al cielo lleve

aquel Verbo tuyo, que temprano

puso calor de fe sobre la nieve.

 

 

Es que das gracias porque ahora cabe

decirle al mundo entero : Patria tengo,

porque si libre fui de donde vengo,

libre debo morir como las aves.

 

Vivan la Libertad, la Patria mía,

 dices de Norte a Sur, y oye el Este

canto de redención que en armonía

 

pone lo terrenal con lo celeste,

y así llega la luz de un nuevo día

cubriendo las de ayer sombras agrestes.

 

Aquel Verbo de Duarte, ya con incienso y mirras en las manos, predica la Libertad de Norte a Sur, “y oye el Este”.  ¿Qué oye el Este?  Un “canto de redención que en armonía pone lo terrenal con lo celeste”. Ciertamente, como bien es sabido, el mundo sólo existen dos grandes poderes: el espiritual, representado por la Iglesia, y el material, representado por los poderes seculares de la tierra, el Estado, y éste no tienen fin en sí mismo, sino reconocer los derechos inherentes de la personalidad humana, y hacer posible en la tierra la justicia divina, armonizando lo terrenal con lo celestial. Este terceto ingenioso habla por sí mismo de la profesión de fe del poeta, ¿no? 

 

En el tercer soneto, el poeta Quinito Hernández  Acosta vuelve a ligar el pensamiento oriental con la fe cristiana, en forma inconsciente, sin embargo. Como hemos visto, parece no dudar de la inmortalidad del alma, según la salvación ofrecida por Cristo, y reafirma tal creencia del Oriente Antiguo en el sentido de que “la muerte era el fin total de la persona humana”, cuando dice a Duarte que “Dios, Patria y Libertad”, son “los tres caminos que parten desde ti y en ti terminan”, en evidente contraste con el primer cuartero del “Triángulo a Juan Pablo Duarte. Aristóteles, si mal no recuerdo, en su Política, la igualdad, la Libertad, son principios básicos de la democracia. La Libertad, por tanto, no termina en Duarte como tampoco comienza con Duarte, mucho menos la Patria ni Dios, que Dios es la fuente generadora de todo bien, y por tanto de la Libertad y de la Patria.

 

Sin embargo, si en el segundo cuartero del tercer soneto y último a Duarte, el poeta Hernández Acosta hace aleluya al patriotismo puro que todo  demócrata ve encerrado en el escudo nacional: Dios, Patria y Libertad, en cambio, en los dos terceros finales, pone en forma maravillosa el ejemplo de Duarte como paradigma inmortal ante los niños del pueblo dominicano, precisamente a la hora de izar la bandera nacional, mientras cantan el himno nacional antes de clases en las escuelas. Es el punto culminante y más ingenioso del Triángulo a Juan Pablo Duarte. Veámoslo:

 

 

-III-

 

Dios, Patria y Libertad, los tres caminos

que parten desde ti y en ti terminan,

simientes que en amor siempre germinan

a las puertas en par de tu destino.

 

Dios, Patria y Libertad... ¡oh cristalino

manantial de palomas que se empinan,

en el asta por donde se encaminan

 la estrella singular, el verde trino!...

 

Por ti, JUAN PABLO DUARTE, canta el viento:

Dios, Patria y Libertad, en primavera,

y queda el dulce niño tan contento

 

cuando mira la imagen que venera,

como un astro de paz, tomar asiento,

sobre un bosque de escudos y banderas.

 

El niño dominicano venera la imagen de Duarte desde el hogar, desde la escuela, y la bandera nacional figura entre el concierto de las naciones del mundo. Hermoso final. En fin, Triángulo a Juan Pablo Duarte es poema algo místico. Aunque no hace acopio de los tambores de los poemas patrióticos, es más que un simple homenaje al Padre de la Patria, por un hijo de la tierra en donde se dio el Bautismo de Sangre de la Independencia, después de proclamada la misma. Tampoco “Triángulo... ” se queda en el modernismo tradicional, es de factura romántica, donde lo natural forma parte de la vida, como un  cristalino manantial de palomas, o como el viento que canta Dios, Patria y Libertad en primavera., amén ser esta una frase dicha por primera vez por un neibano, Tomás Bobadilla I Briones.

 

En  efecto, a diferencia del Duarte, de Joaquín Balaguer en Galería Heróica (1994), o que el también soneto “A Duarte”, del propio Balaguer  (Voz Silente, 1995), cuya quintaesencia se aprehende inclinando uno el corazón como cuando vamos a misa, vemos que se testimonia a Duarte que “Cada día es más grande tu estatura,  mientras todo, en tu Patria se envilece”; en cambio, en Ángel Atila Hernández Acosta los sonetos a Juan Pablo Duarte tienen de la delicadeza de la cáscara de una cereza bien madura y el decir ingenioso de un niño confiado y encantador.

 

Ciertamente, como ha observado Don Lebrón Saviñón, Quinito Hernández incursionó, con fortuna, por los predios de la poesía patriótica.  Otras poesías suyas, como son los ocho sonetos de Las hojas caídas y el poema Grito en la ribera de una sombra, constituyen otras piezas patrióticas singulares. En fin, en Triángulo Simple a Juan Pablo Duarte, al igual que en las páginas finales de la novela Carnavá, su mejor obra, aparece la imagen de un niño que asimila la lección de la historia que se acaba de contar, coincidiendo con la visión de los niños que se acercaron a Cristo, porque son los dueños del reino de los cielos, al igual que lo hizo en Barahona el narrador y filósofo autodidacto fenecido don Angel Augusto Suero Ramirez (Negro Suero), autor de las novelas Juan del Campo  y Norte y Sur, pusieron el genio impreso en sus obras en manos de los niños que todavía no habían visto la luz del mundo, a fin de que ellos, definitivamente, cosechen su canto de amor, igual que hacen con la bandera antes de ir a clases matutinas: una balanza de paz sobre las alas del corazón de la bien amada Patria, libre desde donde vino como las aves.

 

 

Al igual que Grito en la ribera de una sombra, y el Triangulo a Juan Pablo Duarte, de Angel Hernández Acosta, este poeta escribió un Canto a Neiba que en honor a la verdad, aun se trate de “la patria chica” es ejemplo digno de su acendrado patriotismo. Canto a Neiba fue publicado por su autor en literatura de El Sol, una columna cuyo encargado era el también poeta neibero Julio Cuevas, en la edición del sábado 24 de Agosto del 1985, página 9, precisamente con motivo del día del santo Patrón de Santa Cruz de Neiba. Veamos el Canto a Neiba.

 

 

Canto a Neiba
 
Por:
 
Angel Hernández Acosta.

 

 

Como un incendio de amorosos lirios

llega mi canto a tu mansión gloriosa.

Tu casa es el laurel, la palma erguida

que en inmortales luchas

por nuestra independencia,

ganaste aquella vez, cuando la historia

bendijo tu epopeya,

al encender el foro de tu nombre.

 

Mi canto llega en el preciso instante

en que el metal de tus campanas suena,

y un humo pasional

de levantado incienso

vertical hacia Dios desencadenas.

Traigo en tu voz los cardinales verdes

de un himno esperanzado,

y este indecible afán de suponerte

sostenida en el ancla de una estrella,

para darte, mi Neiba, el alfabeto

de acrecentado amor

que desde el corazón al alma llega.

 

Traigo, oh Neiba, la temperatura

sinfónica del pájaro,

flotante rumor con que la brisa

sacude en la mañana

los fúlgidos pañales de la aurora,

y esta piedad de húmedas palomas

que en mi pecho se enhiestan jubilosas.

Traigo, amorosísimo solar

de escudos espartanos:

esta palabra nueva que te nombra

allí, sonoramente,

donde la luz audaz del pensamiento

te encuentran a cada instante ir gozosa

de manos con la gloria.

 

-II-

 

Si cuando aconteciste bajo el sol,

el destino te hubiera preferido,

ha tiempo tu presencia hubiera estado

dondequiera que el canto y la alabanza

sus alas desataran,

y tu heroico historial fuera una llama,

siempre rumbo a lo azul, siempre encendida.

Tu nombre fuera un mástil sosteniendo

una festiva ruta de banderas,

y aquel metal de la aquilina espada

que lanzaste en tempestades de destellos

desde la antigua Fuente del Rodeo

hasta allí donde cantan Las Marías,

sonora como himno permanente.

 

Pero he aquí que un día

los hombre te dejaron solitaria,

sin más mansión que tu silencio,

sin más canción triunfal que tu palabra

–valiente en La Caleta y Postrer Río-

y la epopeya perennal que guardas

en tu feliz laurel cambronalero.

Un eco no venía hacia el encuentro

con la herida verdad de tu reclamo,

y allí donde sembrabas tu simiente

de amor y de esperanza

sólo la espiga  del dolor hallabas.

 

 

-III-

 

Por eso te encontraba solamente

en la apretada urbanidad silente

de tus calles con sueños;

en la senil resignación que ataba

tus casas a la pena;

en la alta bayahonda que escoltaba

por cactus y guazábaras,

venía decidida a humedecer

con sangre tu costado;

en la calma del asno indiferente;

en la vereda blanca

que ardía en soledades implacables,

y en el paisaje triste en que se hundían

del sol los mil cuchillos.

 

 

Grito en la ribera de una sombra, que apareció por primera vez en los números 78/79 de Febrero/Marzo de 1950, de Cuadernos Dominicanos de Cultura, bajo el título común de Poetas Jóvenes Dominicanos, Selección, con Nota Crítica de Pedro René Contín Aybar, con poemas de Rafael Lara Cintrón, Máximo Avilés Blonda, Vispéride Hugo, Víctor M. Vellegas, Rafael González Tirado, Bienvenido Díaz Castillo, Abel Fernández Mejía, Lupo Hernández Rueda, Enriquillo Rojas Abreu, Rafael Valera Benítez y Angel Hernández Acosta. Junto a Grito en la ribera de una sombra apareció el poema del mismo autor, titulado Seguridad del Viaje, que evidencia el miedo del Angel Hernández Acosta de que pudiera haber represión por el Grito... Veamos.

 

 

Grito en la Ribera de una Sombra

 

Era cuando el alba crecía en mis arterias,

cuando no había en el huerto

luceros desangrados

ni germinadas sombras.

Era cuando la voz tenía aquel temblor

de aguas inocentes,

y no sabía que el mar es el destino de la alondra.

Retorno de tu luz, fiesta

de auroras en la playa dormida de mis manos, velero del amor

y la incendiada ausencia.

Fui a tu ribera por la sal que me crea                                           

                                (constantemente,

pero la lluvia me dejó un meridiano de cenizas.

Y andar así, con la lumbre sollozando

y la primavera estrangulada en la soledad del

                                                   (pecho.

Mas el corazón te llama a la cosecha en su 

                                  (muerte detenida.

 

 

Y el poema que sirve de reverso al Grito en la ribera de una sombra, es la Seguridad del Viaje, pues entraña cierto temor de su autor a causa de los efectos que tendría aquel grito en la ribera de la tiranía  de Rafael Leonidas Trujillo M.

 

 

 

 

 

 

Seguridad del Viaje

 

Por:

 

Angel Hernández Acosta.

 

Yo sé que cuando

muera esta mañana enferma

se alargará mi voz,

y portaré en los labios

un ruiseñor quebrando

sus alas y sus cantos.

Mas no debo querer

que suenen las campanas para velar mi sueño;

si tengo junto al cruce de amanecidos

rumbos sollozos

que un día fueron ribera de mi canto.

 

He ido muchas veces por las aguas del río

para lavarme dentro,

y he caminado siempre

por todos los rincones donde la rosa habita.

También he penetrado el escondido fondo

de todas las alondras,

y hasta la tranquila

palabra que pretende decirme Tu mensaje.

 

Pero cierto que no estoy preparado para el viaje.

Hay una pesada humedad sobre mis alas

y es muy niña todavía

esta brisa que me ofrece sus caminos verticales.

Viajar, viajar...

Pero sin esta suciedad de nombre,

sin la vana palabra que germinó mentira,

sin esta latitud de sombras

pobladas de las cosas que no comprende

                               (el hombre.

 

Quiero viajar cuando mis manos, crecidas de

                    (cristales,

puedan asir las nubes,

cuando se torne luz mi descarnada rosa

y Amor ocupe el hueco de mi delgada voz.

 

Entonces, Campanero,

que suene el bronce eterno

allá en el campanario.

LA POESIA COMO SUSTITUTO DE LA VIDA

LA POESIA COMO SUSTITUTO DE LA VIDA

LA POESIA COMO SUSTITUTO DE LA VIDA

 

Por

 

Abraham Méndez V.

 

 

Apolinar Perdomo (1882-1918) Hijo de don Federico Perdomo y doña Dolores Sosa, nació el 7 de octubre de 1882 en la villa de Neiba, donde su padre desempeñaba entonces un cargo administrativo, y murió en Santo Domingo el 27 de diciembre de 1918, víctima de epidemia de influenza” (Antología Dominicana, preparada en colaboración por Vicente Llorens, Pedro René Contín Aybar y Héctor Incháustegui Cabral, pág. 286).

 

Apolinar Perdomo Sosa, de quien se dice en la precitada Antología Dominicana, que “en la apreciación de la poesía de Apolinar Perdomo, casi exclusivamente amatoria, nuestra crítica coincide, en general, tanto en señalar la carencia de una técnica depurada, como en admirar sus dotes de espontaneidad y su verbo sonoro y brillante al mismo tiempo que una delicada y natural sensibilidad poética”, fue siempre un reto para todos los poetas y escritores, no sólo de Neiba, sino de la República, especialmente para el poeta Fabio Fiallo, que es quien más le disputa el título de Poeta del Amor. Entre los poetas barahoneros, por ejemplo, Apolinar Perdomo, D. Moreno Jimenes y Juan Sánchez Lamouth, fueron clásicos, de una influencia capital.

 

Angel Atila Hernández Acosta (Quinito. 1922-1995), fue un gran escritor, político y abogado litigante que murió el 24 de noviembre de 1995, poeta de la generación del 48, autor de una que otra obra de teatro que fue representada a comienzos de los años sesentas en el Casino Unión Neibera, Inc.) y sobre todo fue un eminente cuentista y autor de una novela publicada, Carnavá. De joven tocaba la guitarra en las fiestas que se prolongaban hasta el amanecer y en la banda de música local tocaba  el saxofón. Después, cuando combinó su vida de poeta con la del político y el ejercicio de la abogacía, vivió plantado en su famosa mecedora rinconera que aun después de vieja y sin balance que Quinito Hernández Acosta conservó como una reliquia porque en ella se habían sentado Juan Bosch y Joaquín Balaguer.

 

Un buen día me quejé de su mutismo ante su esposa, doña Ruddy Medina de Acosta, que Dios siempre tenga en gloria, pues era una mujer muy amable, en extremo delicada, y hacendosa por demás, y me secreteó, diciendo: “No, Abradjam; al doctor le gusta hablar; ven a partir de las seis; después del juego de dominó, se pone a fumar mientras espera el juego de pelota de la tele...  A esta hora, no sé por qué,  habla mucho... el doctor Quinito”.

 

Y así lo hice. Fue tal como dijo su amable dulcinea, Ruddy Medina de Hernández,  que Dios la tenga siempre en gloria.  Quizás esta fue la razón por la cual le encargó a Ruddy, poco antes de pasar al otro mundo, que yo tuviera a cargo el panegírico,  que tuve el honor de cumplir al final de la misa de cuerpo presente que se le tributó en la voz del padre Delfín Novega en la Parroquia San Bartolomé de Neiba.  Luego, a petición de los directivos del Consejo Parroquial, la extinta presidenta del Consejo católico, me pidió que reiterara el panegírico, esta vez por escrito, en el día de la última misa en honor del gran poeta. Me emocioné mucho, más aún cuando María Davis me dijo que el Monseñor Mamerto Rivas Santos se había interesado en el panegírico desde su gloria de incienso de oro y mirra del Obispado de Barahona.

 

Después de la última misa, junto al Dr. Manuel Labour (Don Lico), el Coronel P.N.,  Carlos Feliz Suárez (don Calino), doña Dalila Pérez Perdomo de Melgen que entonó cánticos divinos junto a otras dos señoras, y los Doctores Santiago Silfa –su sempiterno compañero de oficina-, Nelson Elías Méndez Vargas –su compañero de andanzas políticas  con la Fuerza Nacional Progresista-, Rafael Ramírez y Ramírez y la Licda. Lisset Surcart Feliz, quien, aunque no fue su discípula en la UCE, admira la obra literaria del maestro, acompañamos a la familia Hernández Medina, encabezada por Héctor y Atila,  después de la misa, pusimos flores en su tumba, el Dr. Manuel Labour improvisó unas palabras breves y significativas en las que recordó que la última vez que había venido a Neiba fue al entierro del doctor Arcadio Pérez Cuevas, y que como en aquella ocasión en que dijo que más que el cuerpo del Síndico moralizador entonces  que esta vez, también, no había muerto el doctor Angel Hernández Acosta, sino el mismo pueblo de Neiba, por lo que había tenido un pacífico y bien merecido descanso. Yo, por mi parte, recité, al igual que en la Parroquia, recité despacio y melancólicamente  un soneto que el Dr. Quinito Hernández había escrito para el preciso momento de su sepelio, titulado A MI MADRE, y que  dejó en manos de una Maestra. Leamos dicho soneto.

                     

 

   A MI MADRE

 

Cuando mi vida solo sea la triste

llama del cirio que al llorar se apaga;

cuando el último beso que me diste

brille en mi frente como flor en llaga;

 

 

cuando el camino que a mis pies abriste

en  aguas de tristeza se deshaga,

y ya no exista para mí la vaga

ilusión de vivir lo que viviste,

 

cuando este árbol solitario incline

al paso del dolor su anatomía,

y tu recuerdo al corazón no anime

 

a seguir palpitando noche y día,

emerge de la tumba, y dime,

si vendrás a mi encuentro, madre mía.

 

Verdad es que el doctor Angel Atila Hernández Acosta era un exiliado en su propia tierra. Escritores y poetas de muchas latitudes lo habían tratado, incluso le habían rendido homenajes, pero, en el fondo, muy pocos habían podido compenetrarse con aquella alma generosa, callada y taciturna.

 

Para mí fue siempre algo sublevante poder sentarme en confianza con aquel hombre gestual, que hablaba como escribiendo en el aire con el humo sin tiza del cigarrillo siempre llameante.  Como abogados que a veces  peleábamos en los estrados, defendiendo intereses encontrados, cuando volvíamos a hablar de las cosas del espíritu, siempre comenzábamos diciendo él, o diciendo yo, que nos queremos mucho, y que todo lo demás son pleitos de novios que no podían producir ninguna separación entre nosotros, porque las puertas afectivas de nuestros corazones necesariamente tenían que permanecer abiertas,  por encima de todas las miserias humanas....

 

En una ocasión de esas en que el doctor Hernández Acosta había terminado las labores del día, así como del juego de dominó apostando cervezas que él apenas sorbía, mientras esperaba sentado en su famosa mecedora cabraleña la transmisión televisiva del juego de béisbol, habló buen rato, y me contó  que don Freddy Prestol Castillo le amaba mucho, y que un día el autor de Pablo Mamá, vino de Santo Domingo a buscarlo, a Neiba. Prestol Castillo le dijo que había habilitado en su oficina un tremendo escritorio para el Dr. Quinito, a quien quería como compañero de bufete,  porque consideraba que  allá le esperaba un futuro muy promisorio; y a lo que el autor de Carnavá le contestó, diciendo: “Hermano Freddy, ahora tú vienes a matar un hombre para darle vida a otro”.  Entonces Don Freddy le preguntó: ¿Hermano Quinito, a cuál doy vida, y a quién mato, con esto que te propongo?”.  Después de un breve  silencio lleno de humo envolviendo su mano gestual, el autor de Las Hojas Caídas, le respondió,  diciendo: “Ah hermanao Freddy, vienes a matar al poeta, para darle vida al abogado”, y ahí terminó el  intento de Freddy cambiar el destino de aquel hombre cuando exclamó estas palabras: “Entonces, si es así, hermano Quinto, qué viva el poeta, y que se muera de hambre, el abogado”. Así, pues, la poesía devino a ser sustitución de la vida por elección propia, y no-iluminación del ser, acto creador únicamente significativo, liberador del espíritu que hay dentro de las cosas. Y al  igual que Apolinar Perdomo, el autor de la novela Carnavá nunca publicó un libro de poesía, sino que se limitaron a publicarlas a través de periódicos y revistas de circulación nacional, así como regionales. Ambos fueron personalidades polifacéticas.

 

Hasta la fecha, no he leído ningún poema que Apolinar Perdomo Sosa dedicara a Neiba, aunque se dice que le cantó muchos durante la celebración de las patronales de San Bartolomé, en agosto de 1910.  Perdomo dejó Neiba cuando entraba a la pubertad,  se desarrollo y se hizo adulto y una celebridad del modernismo en Santo Domingo, y el propio Joaquín Balaguer, aun en las postreras entrevistas literarias que concedió a los medios de comunicación, siempre tenía que recurrir a la poesía de Apolinar Perdomo como ejemplo de romanticismo puro, aunque le otorga a Fabio Fiallo la gloria del título de poeta del amor. Balaguer también dedicó “A una niña de Neiba”, su poema ROSA SILVESTRE, que aparece en La Venda Transparente.  Quinito Hernández escribió  Canto a Neyba, y  otras poesías que son merecedoras que el Presidente Constitucional de la República, doctor Leonel Fernández Reyna, a través de la Secretaría de Estado de Cultura, bajo el digno rectorado del Lic. José Rafael Lantigua, recopile y  publique la obra completa de Quinito Hernández Acosta.  Que sepamos, éste tampoco dedicó un poema a Las Damas, hoy Duvergé, su tierra natal, de la cual salió a vivir a Neiba cuando entraba a la pubertad, hasta la hora de su muerte. De manera que toda la vida del Dr. Angel Atila Hernández Acosta fue la aspiración pura de inmortalizar el nombre de Neiba, para que como dice en su Canto a Neiba, vengan un día las montañas a besar los fangales... 

 

Y desde el día en que el abogado comenzó a morir de hambre para poder darle vida al poeta, la poesía fue, en la vida del Dr. Hernández Acosta, una sustitución de la vida. Dejó de vivir sólo confiado en la posteridad. De ahí la importancia de su poema Las voces de mañana, publicado por Manuel Rueda en el suplemento cultural Isla Abierta de HOY, en julio de 1987, donde el poeta forma parte de esas voces de mañana, aquellas que ayer jamás fueron oídas. “Repicará alegres en las torres del viento, / porque ya la alborada/ del día que se espera/ se abrirá como un libro de paz entre los hombres,/ y no habrá ya señales/ de sombras en la tierra,/ ni frías hondonadas,/ ni picos en soberbia”. Es el día en donde las armas de guerra serán convertidas en rejas de arado.  El poeta dice que “estarán los puñales/ por siempre enmohecidos”.  Hermoso idealismo, divino. Leámoslo de nuevo.

 

LAS VOCES DE MAÑANA

 

Por:       

       Angel Hernández Acosta

 

Será posible un día

inventariar el alba con los ojos distantes

de aquel polvo amarillo

que el paso del silencio

levanta en los caminos solitarios del llanto;

decirle ¡adiós! al sueño

que en lugar de ser sueño nos viene en pesadillas;

aprender las estrofas

de amor

que la paloma recita en cada tarde,

quizás porque las sombras recogen sus campanas

cuando sienten vecina la claridad del canto.

 

También será posible

retorcer los cuernos a cada toro negro

para que el hombre muera

tan sólo de su muerte

y no se diga nunca

 

 

 

que el ataúd que pasa lo clavaron cantando.

 

Supe que la azucena

remite su presencia

convocada en la noche a intención de la espina,

que vienen las montañas

a pedir

de rodillas

un beso a los fangales,

porque ya se presume

que algún día la luna ladrará con los perros,

y los viejos caminos,

destructores de espejos,

borracho que en el fondo

sin final

de los tiempos

guardan la biografía de todas las angustias,

buscarán otras huellas,

otras hojas rodando,

y se irán con el viento a llorar en los mares.

 

Nada entonces valdrá

la lámpara que un día incendió los rosales,

ni la niña 

de espumas

que ascendió a las estrellas en un barco de aromas,

ni el beso de la gloria en las frentes podridas,

ni el amor negociable como pan de sonrisas.

 

Nada valdrá tener

sangre de mediodía

ni encender cardinales hogueras de alabanzas,

porque ya las palomas

estarán de regreso a los muros del alba,

y los claros trigales

de la espera anhelantes,

melenas de sollozos por siempre despeinadas,

darán frutos diurnos en las viejas comarcas

que ayer retuvo el hombre demarcadas al cinto.

 

Qué haremos con las manos cruzadas a la espalda,

cenizas invernales

regadas sobre el pecho,

y esta flor encendida remendando destinos,

y este brazo reciente,

de amor

enardecido abriendo otros mañanas de sudores más justos.

 

Quién bajará la vista

cuando vengan las hojas de otoño

por caminos

ignorados de entonces

cuando al pan eran un astro apenas conocido

y no tenían las sombras agujeros de frío.

 

Nadie,

nadie hallará su nombre oculto en las barajas

ni encontrará en los bordes de las tazas leídas

caminos que no sean

aquellos que borraron

el día en que el obrero se detuvo ante un lirio.

 

Porque entonces amor dará la bienvenida

en el temprano aliento

de las rosas que ocupan

el lugar de la espina,

y estarán los puñales

por siempre enmohecidos,

y las voces que ayer jamás fueron oídas

repicarán alegres en las torres del viento,

porque ya la alborada

del día que se espera

se abrirá como un libro de paz entre los hombres,

y no habrá ya señales

de sombras en la tierra,

ni frías  hondonadas,

ni picos en soberbia.

 

Sólo entonces podría la lluvia detenerse

 

 

LA PASION POETICA DE JULIO CUEVAS

LA PASION POETICA DE JULIO CUEVAS

 

 

 

 

La Pasión Poética de Julio Cuevas

 

 

 

Por:

 

Abraham Méndez-Vargas

 

 

 

Del acontecer cultural de Neiba, la patria chica mía, justo con Los Ríos donde fui maestro de mecanografía y archivo, así como de San Pedro de Macorís donde terminé  mis estudios de Derecho, siempre estoy completamente enterado.  No importa cuán ausentes estemos de la tierra que nos vio nacer, si como el narrador y poeta Norvo Antonio Pérez volvemos, cuarenta años después, con un libro que como El Hijo del Yanqui, después de haber consumado una exitosa carreraza militar; o como Dr. Ariel Acosta Cuevas, con su amoroso libro Neyba Tierra de Historia y Poesía, después de una ausencia aun más espaciosa, vuelven  a la tierra de origen a devolver aquello que se llevaron con lágrimas en los ojos. La historia cuenta que Apolinar Perdomo no tuvo esa dicha; y que Angel Hernández Acosta no quiso el éxito que le esperaba en otras tierras por permanecer anclado en el amoroso recuerdo de su madre Luciana.

 

La verdad es que los poetas de Neiba, se conocen hoy menos que antes, aunque ahora son más. Ahora los diarios y revistas de circulación nacional no tienen esos suplementos que antes hicieron grande a Perdomo Sosa y a Hernández Acosta, aunque ambos murieron sin haber publicado un libro de versos. Un día habrá que un paralelismo entre el autor de Cantos de Apolo y el autor de Otra vez la noche. Quiero decir empero que en Azua y en otras tierras de poetas, donde los neibanos eran famosísimos en otros tiempos, no se conocen los nombres de Julio Cuevas, Eddy Mateo Vásquez, Fernando Fernández o de Oscar Acosta, incluso el mío. El internet está disipando esas tinieblas, especialmente Neyba.rd.com, que administra el distinguido escritor J. Vicente Ruiz, neibero por adopción y su amor al sur sur como el que más.

 

Ha quedado demostrado al través del tiempo que, al igual que Azua y Barahona, por sólo mencionar dos tierras de leyendas, Neiba es una tierra de poetas. Apolinar Perdomo, que nació en el 1882, Neiba obtuvo un puesto cimero en el parnaso nacional, a la altura de Fabio Fiallo, como poetas del amor. Luego, con el nacimiento de Angel Hernández Acosta, en el año de 1922, en Las Damas, hoy Duvergé, nuestra tierra mantiene ese puesto. Armando Sosa Leyba fue más poeta como prosista, tal como se evidencia de la lectura de Historia Emocional de Neyba, pero los poemas que conocemos de Sosa Leyba, que era sobrino de Apolinar Perdomo, no tiene el lirismo de aquellos dos grandes poetas, sino más bien una tendencia hacia la rebeldía social, tal como se puede apreciar de los poemas de Armandito Sosa Leyba incluido en la Antología Literaria de Neyba, del poeta, sociólogo e historiador Mateo Vásquez.

 

Dentro de los poetas calificados de la generación perdida, que es la generación del o los 80s, hay poetas como Julio Cuevas y Angel Gonzaga Peña que no aparecen en la referida Antología Literaria, como tampoco en la Antología de Escritores y Poetas de la Provincia de Bahoruco, compilada por Juan Solano Pérez Ferreras, también narrador e historiador nativo de Neiba. Estos dos poetas me llaman poderosamente la atención, porque se encuentra en el extremo uno del otro: Julio Cuevas es un poeta de corte social, revolucionario, ateo, criollista encendido; y Gonzaga Peña es un poeta cristiano, de corte informalista; pero, en sus posiciones intrínsecas, ambos son verticales, pero comparten la pasión por la poesía, la pasión por la tierra de sus antepasados y ambos ponen en alto, cada uno por su lado, el nombre de Neiba, con sus obras que el último edita en forma de opúsculos muy humildes y que vende por esos caminos de Dios, sin la ayuda de nadie.  

 

Por eso estoy escribiendo sobre lo que he llamado la pasión poética del autor de Los cantos del hierofante, uno de los grandes poetas actuales, de la generación del 80, radicado desde que terminó el bachillerato en la ciudad capital, y una de las voces representativas dentro del contextos de los poetas del mundo.com.

 

Hay un temblor telúrico en la poesía de Cuevas. En él la exaltación del “yo”, al cual endiosa con “d” mayúscula, llamándose Dios, o sea, que Dios es hombre, no es sólo una prueba de su ateísmo que viene desde Nietzsche y su intuicionismo irracionalista muy propio de la poesía que se inspira teniendo como estandarte esa corriente filosófica.  En verdad, esa exaltación del “yo”, por primera vez en la poesía escrita por un neibero, constituye la liberación del complejo de inferioridad del hombre isleño y, por qué no, del hombre de provincia, y en gran parte como un “yo” universal que rompe fronteras y murallas, desde la perspectiva de su teoría poética, que como dijimos es materialista, matizada claro está con un erotismo descarnado que pone en evidencia la liberación sexual que recorrió al mundo de canto a canto en la década del 1980.

 

Dentro del contexto de la poesía caribeña actual y su psicología, la poética de Julio Cuevas encaja plena y adecuadamente dentro de una poesía rebelde, de rebelde social, pero que tiene el nuevo paradigma, la poética del pensar, del grupo del Taller Cesar Vallejo, en la ciudad capital, capitaneado por el laureado poeta José Mármol. A diferencia de Mármol, que se conecta con La Poesía Sorprendida vía la poética de Antonio Fernández Spencer, empero, Julio Cuevas afina reivindica la clásica factura de don Pedro Mir y de Víctor Villegas, o sea, al través de su adhesión a la poesía social de la generación del 48, todo lo cual lo hace único dentro de la generación del 80, pues más bien parecen un poeta tardío de la generación de posguerra, pues publicó su primer libro, Epistolario del Crepúsculo, en el año de 1973, de ahí que el poeta neibero pasa a ser el primero de los integrantes del Taller Cesar Vallejo en haber publicado un libro de poemas.  Quiero decir, además, que la poesía caribeña de hoy día prefiere llamarle poema no a un texto tradicional, sino al fragmento con viso antropológico. En cambio, los poemas de Julio Cuevas son textos completos, tienen principio, medio y fin, como evidencia la tradición. Igualmente, en su fuerza vital, como parte de la nueva sensibilidad que aporta esta generación del 80, aun en crecimiento escriptual.

 

Los cantos del hierofante, de Julio Cuevas, están dedicados “de manera irreverente a Griogori Iefimovich Rasputin, bajo la consigna de que el amor purifica los sentidos”.  En efecto, la irreverencia es parte de la psicología de la pasión poética de hoy, entre los nuevos poetas ateas del mundo. Hay en ellos, tal como lo demuestra Antonio Manuel Brito O., una lluvia de imágenes, afirmaciones del poeta, como esas de que “yo soy la carne”, ¡YO soy el discurso que florece en tus labios”, “Yo soy el hierofante”, “yo soy un Dios especial”, “Yo soy el Dios de los disidentes”, “Yo soy el Dios del todo y de la nada, Soy el Ser que siempre Es y cuando me entrego al memorial de tus caricias se eterniza el aura de mis versos mundanales”.

 

Es indudable; la poesía lúdica, poesía de amor pasional efímero las más de las veces, de gran impacto en las calles y el ruido de las ciudades,  de un amor sin sentido verdadero que sólo viene a purificar los sentidos, si se resuelven las urgencias masculinas y, por qué no, también, femeninas, en los versos de Julio Cuevas tienden a eternizar “el aura” de sus “versos mundanales”. Esa es la naturaleza de su pasión poética. De sus primeros tiempos, hay poemas que aparecen detrás de Los cantos del hierofante, como  Elegía a Cástula Cuevas, que me era su abuela y creo madre de crianza; también aparecen otros poemas de otros tiempos: El hombre, Invitación, Poemas para la intimidad y el deseo, A tu mirada en silencio, Te esperaré, El poema de la entrega, Desahogo, Poema de la cita, Por tener toda, poemas todos que no son fragmentos como los puestos en moda por la generación del 80 en Latinoamérica, especialmente en Cuba, donde cualquier estrofa es un poema. Son poemas que resultan completos y complejos en sí mismo, al igual que Los cantos del hierofante, pura exaltación del erotismo, del hedonismo, del goce carnal sin meaculpa, a través de un encuentro amoroso que purifica los sentidos, no precisamente su alma, en cuya existencia, quizás, no cree entonces.

 

En su pasión poética, Julio Cuevas dista mucho de la poesía amorosa de Apolinar Perdomo Sosa, así como de la de Angel A. Hernández Acosta, pero éstos son poetas de la forma y aquél del modernistas, empero Julio Cuevas busca la poesía en la expresión de la denuncia social… y el amor viene a ser también un fenómeno social que debe gozar, y goza, de la liberación sexual, como parte de los cambios sociales del mundo de hoy. Para Julio Cuevas el amor que trasciende los sentidos es aquél que consigue su purificación en la entrega mecánica de los cuerpos. No precisamente amor que purifica el alma, y este es, el meollo de su pasión poética.

 

Barahona, R. D.;

1 de julio, 2008.