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CAPITULO PRIMERO DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

CAPITULO PRIMERO DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

I


                                                                      LA VIDA SON CRUCES de caminos, Artajerjes, cruces de caminos. Es la convicción a la que hemos llegado hoy,  hablando con Gala de San Juan y Pedro del Lugar.  Más aun en esta época de abandonos, de derrumbres, de globalización del amor.  En este terruño de poetas que puedes contarlos  con esta mano y te sobra el dedo más largo. El mundo es una aldea;  y  una ciudad con cara de conuco se proyecta sobre el mundo entero desde el monitor de los sueños. Este es un terruño de poetas que casi nunca han necesitado plasmar un verso,  ni  eternizar una página en blanco, para devorar aquí, dentro del pecho, el paisaje agreste. Te veo saliendo de norte a sur, o del sur rumbo al norte, y en la misma geografía del dolor veo partir a Montalba del este rumbo al oeste, o viceversa, y entrambos haciendo, digamos, caminos al andar. La vida como dos grandes caminos de una idéntica magnitud, con pequeñas lágrimas de acacias filtrándose en su camastro de río de agua seca,  ha tenido aquí, en esta carne estremecida, sus cruces de pasiones eternas. Y es que el amor no se provoca sino hay dos corazones tocándose, oprimiéndose, en sueños, ardientes. Quizás


 acontezca que mañana podamos advertir esta imposible rosa desmayada; quien va del norte al sur o viene del sur al sorte, o en círculo, no sabe que sigue ¡ahora! al eeste desde el este, al contrario, o en círculo con el viento, inmerso el uno en la existencia del otro. Llenos  de fe, buscan amarse y no saben cómo cruzar sus miradas jubilosas. Desde el extremo opuesto, bajo las afluencias del ideal invencible, ha bastado para ello de un cruce de caminos sin ese a veces que es casi siempre aquello que no casi siempre nos acoge al final de la vida, cuando estamos ya a dos pasos de la tumba y comprendemos, comprendemos todo, todo en absoluto: ¿cómo y por qué no hemos podido vivir de tal o cuál forma, entonces, hasta la fecha, fatal?...   Sólo en este último instante de plena lucidez en la vida del hombre y de la mujer, cuando el aire falta ya en el alma, acontece al caer de una a otra espiral de las X o de las Y en las coordenadas cartesianas vuelto polvo sobre el polvo de la tierra, borrando las sombras del alma,  somos cuando  dejamos el trajín vano de la existencia, y tomamos esa altura íntegra y desgarradora del sol : una individualidad invisible, la unicencia de las vírgenes fatuas que nunca jamás debimos haber sido...

 

Aquella cruz de pesadillas alzará vuelo un día, como ave de luz meridiana. Bandadas de pájaros batirán las alas del sol a nuestro paso desde que el corazón teja sus cabriolas sin par por los bosques sin sequías del ensueño.  Montalba siempre estuvo para comulgar contigo la caída mortal. Después de esa india de extremada feminidad, no volviste a amar con semejante idealidad romántica. No; pensabas entonces, viendo como te criaste, con un sólo padre,  permanente, una madre bienaventurada, un mismo hogar siempre, que debías en toda tu vida tener una sola mujer, sin barraganía, pero


todo ese sueño apocalíptico se fue apocando aquí, en tu pecho;  y Vargas Vila, aunque no penetró su ateísmo, sí dispuso tu alma nomás para los requerimientos de la carne.  Motalba era el ideal


perenne:  poco importaba que el café nocturno de las estrellas te dejaran sin párpados, porque el poeta insomne es la invención del sueño. Después, me cuentas, te enamoraste de Petra, de Iraída, de  Xiomara, Leoncia, también de Ilona, amores imposibles. Oye, como eran las cosas antes, y tú tan pobre, no te ibas a exponer a las burlas si osabas declarar ese amor loco, ¿no? De todas, Petra fue la única que sintió a profundidad tu hoguera de deseos. Petra insultaba a todos en la secundaria, ubicada entonces en una casona de esquina enfrente al parque, y ya Montalba se había marchado de la ciudad del sueño,  su padre había sido trasladado y ascendido a capitán del ejército, y no la volviste a ver sino mucho tiempo después, cuando cursabas en Santo Domingo tu superación académica, ¿sí?  En verdad, Petra se te antojaba como una paloma secando sus plumas hermosas bajo la luz meridiana del goce carnal. Pensaste decirle algo tú también, a ver qué ocurría, y te ponías, en efecto, en la cosa, y sucumbiste en un mundo de sombras de muerte cuando ella te contestó el piropo, diciendo: Eso es imposible. Tu no eres digno Artajerjes, de tomar mi nombre en tu boca.  El sol de la hora del recreo ardía como nunca sobre el plantel escolar,  y  la gritería de los adolescentes discrepaba con la mirada psicorrígida de los antiguos maestros. Al año subsiguiente, Petra pasó a pertenecer al cuerpo juvenil de la parroquia, donde tú eras ya distinguido, a pesar de la falta de vestimenta, y buscó tu amistad. Allí había una excusa para sentirse tu aliada y someterse a tí, aunque luego en la calle, en el liceo, en el cine, en fin, en público, al principio, omitía saludarte , no contestaba tu saludo: en una ocasión sin embargo ella dijo que deseaba tenerte de enamorado para ponerte a brincar y dejaras de ser tan qué sé yo: en otra ocasión expresó que


tú eras su novio, y tú, Jerjes, ya no la querías, o no sabías si la querías aún. Integrándose allí donde tú cumplías tu deber de joven católico, era lógico que también se embonitara sin maquillaje, únicamente para recorrer contigo las comunidades cristianas, e impresionarte, y era aquella una amistad tan pura, una amistad sin término tan llena de ingenuidad que jamás asomó a tu memoria la vieja ofensa. Eran como niños que olvidaban al rato sus mayores ofensas, reencontrándose luego como si nada hubiese pasado... ¡Oye!; sólo una tarde de bolibol pareció tu corazón llenarse de orgullo. Fue en la cancha de la Iglesia;  ya Petra habíale dado amores a José Antonio, la viste de turno junto al entrenador, delante de la fila y camino al pie de la maya, lista para repeler el ataque, y le pegaste un quilín en pleno rostro. Tu estatura era una cosita así, pequeñita, pero miraste su rostro radiante, calculaste maliciosamente la altura inalcanzable de la maya, y le pegaste, de un salto, ese quilín en pleno rostro... Oye, hoy, con todo lo que ha pasado y creciste después, ni por pienso podrías volver a repetir semejante proeza. Ella te miró fijamente, escrutadora, como recordándose de la indigna ofensa de que no eras digno de tomar su nombre en tu boca y ¡mira!, tu misma sorpresa por el insólito manotazo la sacó de quicio, y ello la  obligó a  abandonar sin rencores la órbita    sombría     de     su     derrota.   Petra   casóse luego  con   José Antonio y ella no fueron felices. No fue Petra Felíz, empero, tu amor siempre soñado, ni fue Xiomara, que no casó nunca, tampoco fue Ilona que quedó sin destino desde que la cazara un hijo de un oficial que fue su primer novio y la dejó sin pito y sin flauta después de tres abortos ¿no?  En el fondo de cada acto corpóreo, Petra simbolizaba  el puro amor carnal. Pero la chispa recóndita de tus largas elucubraciones no era sino el vacío.... el dolor profundo... de la ausencia aquélla... ésa muerte engendradora de más muerte... y sólo de más muerte, hasta dejar de ser inclusive esta presencia de estrella de los huesos blancos de la memoria....

 

 

Camino a casa del hijo adoptivo de la poesía tuvimos muchas vivencias. Antiguos poetas, hombres que de jóvenes escribieron una que otra carta en versos, pero una vez logrado el matrimonio, si no la burla del matrimonio, olvidáronse de la poesía  y su mundo de fantasía, adolescente. Cuando ya  el astro rey se ha perdido tras las sierras morenas, ellos salen día tras día, como quien no quiere la  cosa, sin fijarse en nadie, por la vera de  la ciudad del sueño. Yo diría que somos una ciudad que se siente cerca cuando está lejos de sí misma, contemplándose desde el filo de  un espejo.



Al igual que tú, Artajerjes, como que nunca renuncian a cada instante al poema nunca soñado y que, sin embargo, les preocupa. Son dolores de conciencia del paisaje agreste, ¿no? ¡Verdadero amor por la patria chica! Señor, ¿qué es la vida?, les preguntan siempre los niños, cuando pasan por allí. Ellos, antiguos servidores de la tiranía que durante décadas recibieron al pueblo desdeñosamente, con el penco mataburros, de ésos Larousse ilustrados, sobre el escritorio de caoba, respondían a los niños de la misma forma en que hablaban en la oficina, así, como desde las nubes de los cielos inútiles de los cascos urbanos, diciendo: La vida, decía Calderón de la Barca, la vida es sueño. Eran la respuesta que daban a los niños cuyos nombres anotaron con errores en la oficialía del estado civil para luego, cuando vengan sus padres con el peso en la mano, darles una certificación corregida, desaparecían la sentencia de rectificación  y dejaban el libro con el mismo error material, ¿no?. Continuaban la caminata de gallina culeca gozando la calor permanente de un nido de huevos de mojones de bacá, esperando que los niños crezcan y vayan adonde ellos con el peso en la mano, cuando el cargo lo ocupaaba el heredero del empleo, por la rectificación definitiva. Pero tú, ¡Oh Artajerjes!, tú has sido más preciso. A la misma interrogante de los niños, siempre contestas: La vida, hermanitos míos, la vida es una pesadilla, y sigues tu ruta de hombre sin párpados, de corazón en ristre. ¿Dónde vive Pedro La Mía?, procuré yo saber.  Un niño que rodaba con su manito tiznada un neumático de motocicleta levantó el bracito y apuntó la casa alta, alta como una paloma volando a ras de cielo y paisaje barrial.  El traspatio deja ver  la copa de los árboles, por encima del zinc de la casona. Algunas chicas vestidas con pantalones chiclets; minifaldas y blusas de carnes desnudas y cuasi transparentes, desde la galería de la casa de enfrente, nos dieron un terrible golpe sensual. En éso, nos pareció que alguien dijo, de paso: Hum, ya son las palomas las que le tiran a las escopetas. Y tú con los nudillos tocando la puerta de Pedro La Mía, rezongaste, diciendo: No son tiros de palomas a escopetas, Pepe, se burlan porque no andamos de casco rapáo. Pedro del Lugar, el hijo adoptivo de la poesía, dormía tirado en el piso con una almohada de cabecera y un libro de versos estrujado, y saltó entusiasmado por la visita, abrió la puerta y nos invitó a pasar. Entramos. Como si el hombre sin la existencia de la música no fuera nada, cogiste la guitarra del clavo de la pared de tablas de robles, sin fijarse siquiera en los diplomas y retratos familiares,  salimos al patio.

 


 

Pienso en Pedro del Lugar, el hijo adoptivo de la poesía, cuando estoy de nuevo en casa. Nunca antes le había visitado, a pesar de lo amigo que fuimos en la secundaria. Ignoraba yo entonces quiénes eran sus padres. Ahora los conozco.


Cuando entramos a la casa de Pedro del Lugar y lo seguimos hasta el traspatio sombreado, todavía las chicas chiclets nos gritaban, filteándonos.  Nos quedamos bajo la mata de más al fondo y al rato volvió con las sillas,  luego  trajo vasos, hielo picado y medio litro de bambacú, para adorar a Baco. Para los parientes de Pedro La Mía, éste va camino a la locura, no sólo porque ha abandonado la milicia y ha decidido hacerse amigo de los buenos autores, de las  lecturas matrices y formadoras, empuñando con inexplicable amor su guitarra criolla. Sino y sobre todo, ¡Oh Artajerjes!, porque solamente tú no sabes qué está pasando con tu ilustrada memoria, después de tantas drogadas, hijas de tu imposible amor por Montalba, la india de extremada femenidad que quisiste salvar... Con sus pitos y groserías con los


  galanes barriales y sus burlas hacia nosotros, aquellas chicas plásticas me acuerdan el triste final que me contaste de Petra, ¿no? Ella se dejó con José Antonio después de un par de niñas bellas  porque la enseñaron desde niña que él, o cualquiera que sea como José Antonio, periférico, era poca cosa para ella. Sin embargo, cuando casó con un grande según la misma orientación tradicional, fue a Petra a quien abandonaron por chivita, ¿ves? ¿Y las niñas? Las vuelvo escuchar, desde el fondo sombreado del traspatio...   Vendrá sin duda un día en que tendrán que hablarse o plasmarse las cosas con un nuevo signo, con el corazón en ristre, con una palabra suave y tan sana, tan tierna y tan simple, como un verso de poetas enamorados o tan claro como los ojos de estrella de la amada inmortal. Y es que la vida son cruces, cruces de caminos. Mas no comprenderán, ¡Oh Artajerjes!, no se comprenderán los cruces de pasiones tuyos hasta que aquella palabra  tan negra que alguien podrá pescar en las aguas de noche de la emoción, salte abundante del corazón de paja, hasta otras almas encendidas de olvidos  como el plumaje josco del amanecer. ¿Pero qué será de la Margarita sin fuerzas para salvarnos, precipitada a los guasares que hacen de un  ser una caja de esperanzas debajo de la cual hay una frente en alto? ¿Pero, quién osará reparar ese aparato de sueño ya sin bocina ni nada en su centro de música perenne,  que apenas sirve de adornos en algún rincón de mentes de trapo? ¿Volverá a sus padres, tan buenos padres que olfatearon a tiempo al ladrón que sustrayendo la reina del juego de ajedrez del hogar?  

 


¿Volverá a la universidad, al liceo, al instituto, en fin, a la Iglesia, o  sazonará los calderos de la esperanza con ésa mano única de dedos destiladores de miel salvaje de fugitivas estrellas desde el fondo más terrible de la noche? Como el chofer que no se distrae mirando a  los lados por la veloz autopista o por los  recodos  de  mala suerte, tal vez esquivará ella el mundo de negros horizontes  conque los hombres suelen cubrirse los pies horadados? Al final de todo, no todo será como si nada hubiera sido, ¿no? ¿Quién visitará, celoso y vengativo, sobre los hijos de los hijos hasta una tercera y cuarta generación, los desmanes primitivos del árbol genealógico? Mejor sería, pues, buscar las viejas sendas, la estirpe  selecta de nuestros mayores a puntos de morir. Ellos saben cómo debieron haber sido para poder ser felices en este recodo de la cruz. La felicidad es el fin último del hombre y de toda mujer, que es la madre, dadora del cromosoma X  o la conexión del cerebro del hombre con la inteligencia de Dos.  Montalba asiste a las aulas de tu memoria cuando digo, sí, mujer. Gala invade mi corazón, y una estatua cobra vida distinta, porque Pigmalión, rey de Chipre, la soñaba con una vida distinta al mármol eterno de que estaba hecha poema por Afrodita. La chica  chiclets, es una niña que todavía levanta un castillo de arena en las serenas playas de la mano, cuando las olas hablan en plural.  Esas vidas jóvenes jamás deben terminar en la mano de un amante alevoso. Debieran de reflejar esa sonrisa a flor de seriedad de los verdaderos cristianos, y no optar unos por terminar con la existencia del otro, como quien destruye su propia hoguera. Son vidas sin el encanto del sol al despuntar, sin la redondez de oro de la luna cercana. Vidas que son sirenas cancionando allende mar y que secarse no verán la mar del planeta, ni verán caer la luna del ojo, ni la explosión de los volcanes, o morir la vegetación cósmica por los inundados continentes como  sólo océano de desgracias. Tampoco  tendrán la tierra como una lágrima feliz en el espacio infinito de sus interioridades. Nomás verán derrumbarse el castillo de arena de sus propias existencias. ¡Un castillo de paja, incendiado! Ya los progenitores habrán dejado de amainar las pulsaciones del ocaso bajo el marco del hogar en penumbras ni esperarán divisar en el horizonte el rostro marchito buscando por la luz redimida del hijo pródigo de tus visiones.


No. No; la guitarra y los tragos de bambacú, entre chascos de esquinas y poéticas  canciones, hicieron olvidar a Pedro del Lugar la idea de recontarnos el sueño en que un ángel, después que Pedro  le rechaza un puñado de dinero, le dijo: Lo que no es del agua el agua nunca se lo lleva.  Entonces Pedro me dijo: Pero José, ¿es que usté no va a coger olor a hombre, esta bella tarde?, y olvidé aquellas historias, y viste cómo me refugié en la carta que Gala de San Juan me había enviado. Dejar las bebidas alcohólicas es una decisión libérrima mía, aunque aún me parece oír a Pedro del Lugar insistiendo una y otra vez.

 


¡Cómo va a ser, poeta? ¡Beba! ¿¡Beba!? La mejor poesía  es hija del trago fuerte. Usté mismo me contó la vida de Rubén Darío, Bazil, Apolinar Perdomo, ¿no?

 

Bien está que no beba, si eso quiere. Deja quieto a Pepe. No lo ataques. Pero eso sí, que nos hable de los poetas malditos, como Byron, Rimbaud, Jacques Vachet...

 

Muertos jóvenes, casi todos.

 

Sí. Imagina. Pero Rimbaud se ganó a Marx, Marx dijo que  había que transformar el mundo. Rimbaud dijo que primero había que cambiar la vida. ¿De qué valen las transformaciones, sin que no haya la vida del hombre experimentado un cambio verdadero?

 

Derrumbe del muro de Berlín. Transformaciones...

 

El fin de la Guerra Fría... O el inicio de un mundo unipolar, ¿no?

 

La noche empezó a caer definitivamente. Solitaria es la ciudad, como una mujer ebria. De cuando en cuando alguien nos saludaba; aun cuando la iniciativa era nuestra, ¡Oh Artajerjes! Aunque no te leí la posdata de la carta de Gala, con motivo del mínimo recital, pudiste comprobar que era  la firma hermosa, única. Pero realmente, si no me lo hubieras recordado, después de aquella tarde de amores dormidos en casa  del hijo adoptivo de la poesía, tal vez,  como pasa con todo en la vida, no lo hubiera hecho otro día.


 

Amigo Pepe, tienes un gran don: eres vidente., ¿Te has dado cuenta de ello?  Hablas como en función profética, ¿sabes? ¿Y la carta de Gala? ¿Me la puedes leer, amigo? Prometo dejar libérrimamente el alcohol, porque,  ¿ tú sabes lo que es quitar la vida a miles de nacionales haitianos, y vivir ahora los dominicanos, con la conciencia limpia, carreteando el  bambacú haitiano... ? ¿Haitianos?; con decirte que en el Batey Central en Barahona, una bruja haitiana que  despachaba jugos a los niños de primaria se sacaba la sidosa  sangre con un jeringa y la vaciaba en los jugos y la Directora de la escuela, al descubrirla, la hizo presa, pero hay tres aulas de niños que son un cementerio de angelitos del otro mundo, ¿no? ¿Y las autoridades sanitarias no han prohibido a los haitianos vender comidas en las calles de la Patria de Duarte? ¿Eh?, já, já, já. ¿Acaso no vienen desde Haití los terribles montantes de la tercera guerra mundial, el Sida, la Malaria, el Dengue hemorrragico, o mejor, infecciones tropicales que fueron erradicadas mucha ha...y ni decir del estado fallido y del terrorismo africano?.

 

La luna estaba, entonces, en cuarto menguante;  ¿te recuerdas?... ¿No?       

LA SUPREMACÍA DE LA CONVENCION AMERICANA

LA SUPREMACÍA DE LA CONVENCION AMERICANA

LA SUPREMACÍA DE LA CONVENCION AMERICANA

COMO BLOQUE CONSTITUCIONAL

 

Por:

 

Abraham Méndez Vargas

 

Según Néstor Pedro Sagués, en su enjundioso ensayo sobre los Mecanismos de Incorporación de los Tratados Internacional sobre Derechos Humanos, al Derecho Interno, expresa entre otras cosas que hay “cuatro alternativas básicas de recepción nacional del tratado internacional sobre derechos humanos, a saber: a) “supraconstitucionalización”; b) “constitucionalizacion”; c) “subconstitucionalización de primer grado; d) “equiparación legislativa”, y que importa también, sostiene Sagués, “saber el probable curso de ellas en el constuticionalismo del mañana” (Presente y Futuro de los Derechos Humanos, Ensayos en Honor a Fernando Volio Jiménez, IIDH, San José, Costa Rica, Primera Edición, 1998, pág.300).

 

Nadie, absolutamente nadie pone en duda que en la República Dominicana la Convención Americana constituye un Bloque Constitucional. Ahora, ¿es un Bloque de supraconstitucionalización, de constitucionalizacion, de subconstitucionalización, o de equiparación legislativa? Es lo que vamos a averiguar en este apartado.

 

Como es bien sabido, la Constitución de la República Dominicana, en su artículo 3, parte in fine, dispone que nuestra Nación reconoce y aplica las normas del Derecho Internacional general y americano en la medida en que sus poderes públicos las hayan adoptado.  Dentro de las atribuciones del Congreso Nacional, de acuerdo con el artículo 37, inciso 14, de dicha Constitución, está Aprobar o desaprobar los tratados y convenciones internacionales que celebre el Poder Ejecutivo. Tal aprobación de los tratados o convenciones internacionales, al igual que el resto de las leyes, únicamente necesitan la presencia de más de la mitad de sus miembros para la validez de las deliberaciones; o sea, que debe ser aprobada por la mayoría absoluta, salvo que los asuntos declarados previamente de urgencia, en que decidirán las dos terceras partes de los votos, en su segunda discusión.

 

Desde luego, el principio que rige el derecho positivo dominicano desde el 6 de Noviembre de 1844, en San Cristóbal, es el de la supremacía constitucional. En ese sentido, hoy en día el artículo 46 de la Constitución Dominicana prescribe que Son nulos de pleno derecho toda ley, decreto, resolución, reglamento o acto contrarios a esta Constitución. 

 

Ahora, ¿la resolución que adopta y aprueba un tratado o convención internacional en materia de derechos humanos, tiene un carácter de supraconstitucionalización, de constitucionalizacion, subconstitucionalización de primer grado, o de equiparación legislativa?  ¿Qué quiso dejar sentado el legislador que reformó la última Constitución dominicana cuando expresó que la República Dominicana reconoce y aplica las normas del Derecho Internacional y americano?  ¿Cuál es el espíritu del texto constitucional que comentamos? ¿Qué sentido tiene, dentro del constitucionalismo dominicano, eso de reconocer y aplicar las normas del Derecho Internacional y americano aprobadas por el Congreso?

 

 

(2)

En su citado ensayo,  Néstor Pedro Sagués dice lo siguiente:

 

 

El artículo 46 de la Constitución de Guatemala de 1985 dispuso, bajo el título de “Preeminencia del Derecho Internacional”, lo siguiente: “Se establece el principio general de que en materia de derechos humanos, los tratados y convenciones aceptados y ratificados por Guatemala tienen preeminencia sobre el derecho interno”. La cláusula, dentro del concepto de “derecho interno”, no exceptúa siquiera a la misma constitución, razón por la que, interpretada según su letra, ésta queda pospuesta frente al tratado o convención internacional concerniente a derechos humanos” (Ob. Citada pág.301).

 

 

¿Qué significado tiene, para el espíritu constitucional del legislador dominicano, los vocablos “reconocer” y “aplicar”?

 

Siendo el tratado o convenio internacional un acuerdo sobre una materia específica que celebran dos o más países, en el caso que nos ocupa por los Estados Americanos en materia de Derechos Humanos, reconocer significa, en principio, admitir, reconocer como verdadero el contenido del tratado o convenio internacional; aplicarlo, por su parte, significa poner una cosa sobre otra o en contacto con otra, y, por tanto, a nuestro humilde entender, la alternativa de incorporación de la Convención Americana al derecho positivo dominicano, no le otorga un rango de “supraconstitucionalización”, ni de “subconstitucionalización”, ni muchos menos de “equiparación legislativa de primer grado”, sino le otorga un rango de “constitucionalizacion”. Es incontestable que ese paradigma seguirá siendo el curso del constitucionalismo dominicano, aunque el destino de toda América será seguir el ejemplo de la Comunidad Europea, que adoptó recientemente un Constitución supranacional para toda Europa.

 

La respuesta que hemos hilvanado precedentemente, creemos que no colida, a nuestro humilde concepto, con el espíritu del artículo 10 de la Constitución Dominicana, que establece que “La enumeración contenida en los artículos 8 y 9 no es limitativa, y por consiguiente, no excluye otros derechos y deberes de igual naturaleza”. Así vemos cómo los derechos fundamentales, bajo el amparo del nuevo paradigma tienen un valor jerarquía tan autónomo como cualesquiera, separado e independiente, de los tres poderes que gobiernan la Nación, que son el Poder Legislativo, el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial.

 

La Suprema Corte de Justicia de la República Dominicana, por sentencia del 24 de Febrero de 1999, B.J. No.1059, Vol. I, Págs. 78 hasta la 85, que instituye el recurso de amparo, interpretó la Convención Americana inscribiéndole dentro del Bloque de la constitucionalizacion, cuando declara que “el recurso de amparo previsto por el artículo 25.1 de la Convención Americana de Derechos Humanos, de San José, Costa Rica, del 22 de noviembre de 1969, es una institución de derecho positivo dominicano, por haber sido adoptada y aprobada por el Congreso Nacional, mediante Resolución No.739 del 25 de diciembre de 1977, de conformidad con el artículo 3 de la Constitución de la República”.

 

 

(3)

 

 

Tal interpretación que hizo La Suprema Corte de Justicia, mediante la referida sentencia del 24 de Febrero del 1999, para instituir el recurso de Amparo como institución de derecho positivo dominicano, del artículo 25.1 de la Convención Americana es aplicable al resto de los aspectos de ese tratado internacional, y tanto así, que el legislador dominicano, muy sabiamente, en el artículo 1º., de la Ley No.76-02, que instituye del Nuevo Código Procesal Penal, coincide plenamente con la constitucionalizacion como alternativa del sistema de derechos fundamentales, bajo el Título I sobre PRINCIPIOS FUNDAMENTALES, Primacía de la Constitución y tratados, al disponer lo siguiente: Los tribunales, al aplicar la ley, garantizan la vigencia efectiva de la Constitución de la República y de los tratados internacionales y sus interpretaciones por los órganos jurisdiccionales creados por éstos, cuyas normas y principios son de aplicación directa e inmediata en los casos sometidos a su jurisdicción y prevalecen siempre sobre la ley. // La inobservancia de una norma de garantía judicial establecida a favor del imputado no puede ser invocada en su perjuicio.

 

Como señala Néstor Pedro Sagués al comienzo de su importantísimo ensayo antes referido, una de las estrategias que más esperanzas ha suscitado en el siglo XX para lograr la vigencia de los derechos humanos en un país determinado, consiste en proyectar en ese Estado reglas de derecho internacional declarativas de aquellos derechos.

 

Tal aterrizaje jurídico tiene, en principio, -sigue diciendo Sagués,- evidente ventajas. En primer lugar, significa que en el Estado en cuestión ciertos derechos humanos deben regir  no solamente por voluntad del mismo, sino también por la voluntad de otros Estados, e incluso de una organización supranacional. En segundo término, advierte que en la vigencia de dichos derechos se encuentra comprometido, además del bien común nacional, el bien común internacional. En tercer lugar, alerta que si los derechos humanos incluidos en un tratado internacional son incumplidos por un Estado, éste puede contraer responsabilidades internacionales. Más todavía: en ciertos casos, la “asimilación” nacional de un documento internacional sobre derechos humanos puede implicar el sometimiento del Estado local a organismos o tribunales supranacionales, ante los cuales deben doblegarse las autoridades nacionales, incluso la Corte suprema de un país (que, por ende, dejan en sentido estricto de ser “suprema”). Por ejemplo, tal es el supuesto, de resultas del Pacto de San José de Costa Rica, de la Corte Internacional de Derechos Humanos” (Ob. Citada Págs. 299-300).

 

En fin, recapitulamos el tema que nos ocupa, diciendo que el Diccionario de Derecho Constitucional Oxford, nos enseña que el concepto de supremacía constitucional viene de supremo, y éste del latín supremus, superlativo de superus, situando arriba o por encima. Principio que reconoce a la constitución como un complejo normativo de jerarquía superior en relación con todo el orden normativo positivo, federal y local, vigente en el país. Por virtud de él, las leyes y los derechos deben estar de acuerdo con lo mandado por la constitución so pena de nulidad para el caso de no estarlo (Derecho Constitucional, Volumen 2, p.90, Diccionarios temáticos, Oxford, de Elisur Arteaga Nava et al, México, 2000).

 

 

(4)

 

 

Sobre la Competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Suprema Corte de Justicia dominicana, por Resolución 1920-2003, en su10mo. Atendido, de acuerdo con Jorge A. Subero Isa en su obra ya citada, Pág. 57, 2006, expresa que: mediante instrumento de aceptación de la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, del 19 de  febrero del 1999, el Estado Dominicano acepta  y declara y sin convención especial, conforme al artículo 62 de la Convención Americana de Derechos Humanos sobre todos los casos relativos a la interpretación o  aplicación de dicha Convención.

 

En consecuencia, es evidente que en el ordenamiento positivo dominicano, la Convención Americana sobre los Derechos Humanos, conforme lo expresa la Constitución Dominicana y lo interpreta la jurisprudencia constitucional de la Suprema Corte de Justicia de este país, se aplica como Bloque de constitucionalizacion, matizado, desde luego, por el principio general de que en materia de derechos fundamentales los tratados y convenciones internacionales que celebre el Poder Ejecutivo y apruebe el Congreso Nacional, tienen un carácter supranacional, por aplicación de las decisiones de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y demás.

 

En tal sentido, constituye un bloque que impone deberes de protección efectiva de los derechos humanos mediante los instrumentos de derecho interno, que por consiguiente su violación, aun en  caso de declaratoria de estado de excepción o de sitio, pasan a ser regidos por el derecho internacional.

 

¿QUIEN ERES TU, AMOR?

¿QUIEN ERES TU, AMOR?

¿Quién eres tú, amor?

Entre los precolombinos
de mi isla de sueños
que te llama a cada instante
de mi asombro,
tai significaba flor del cielo,
y ana era la flor de piña,
que sirven de nombre a mi hija;
Y tú, amor, ¿quién eres?

No sé; has de tener los pies pequeños,
y un cuerpo menudo y único
que las estrellas de oro añoran tener,
y las altas palmeras también,
sus frutos vienen a dar al suelo,
y las cerezas rojas de tu voz
son devoradas en el cielo
por las estrellas que giran
con sus  sedientas bocas abiertas
de adolescentes al viento,
sin saber qué es un beso
ni la miel de abeja.
Tu menudo cuerpo de oro
por mi mejor amado,
es a®ma que hiere los corazones,
pero, además, me hirieron tus palabras,
que son como caderas que tiemblan
llenando de luz mis noches de sueños.

Te he dicho que te amo,
que un rayo cayó del cielo de tu voz
calando mi alma enamorada
y tu corazón permanece cerrado,
se ha dado sólo a los otros,
y, olvidado de sí mismo,
ignorando la flor del sol
que gira contigo
desde el nacimiento
del alba hasta al anochecer.

Y tú luces esplendorosa al alba,
como esas acacias
que son moriviví al ocaso sin nombre
de tus palomas sobrevolando
la ciudad de siempre,
como una niña temerosa
por lo que en el país
de las maravillas pudiera a Alicia pasar.

Pero, ¿quién eres?
Abre tu corazón a fin de que genere
la luz que se apaga en tus ojos,
si no me oyes.

De mañana en adelante
odiaré al mar,
porque el olor de sus movientes aguas

estará lleno  de tu ausencia
y estoy atado a la desventura,
como esas chichiguas
que los niños sobrevuelan
con conitos de hilos iguales a mis penas.

¿Quién eres tú, amor de mis amores,
que llueves con palabras encantadas,
y para ti misma solo tiene tres palabras:
Eres mi encanto, y me das de ñapa
otra: Gracias?, y eres tú mi flor del cielo
y mi gran piña sagrada, aunque a veces,
como ahora, siento que Dios
se olvidó de mis plegarias... y de mi, ¿no?

Canto a Neiba, del poeta Angel Gonzaga Peña (Neiba, 1944...9

 

Canto a Neiba

 

Por:

 

Ángel Gonzaga Peña

 

Una negra del batey

está en la plaza de Neiba

haciendo marcé y su Mercé 

le dice: - Compremo batata y ñame

como en lo viejo tiempo.

Unjú… ¡Mesié bonyé!...

 

Neiba un ruiseñor de amores

en donde el indio suena todavía

su caracol de libertad

entre el viento y la arena,

devolviendo sus espejos

a la patria imperial…

 

Neiba, en tus morenos lares

también nació la patria

y antes del peso, fue ruta de moliendas,

de bueyes, de melao, hasta la emigración

y el verso cimarrón…

 

¿Cómo cantar a esa faja de tierra

blanca y morena

con su aborigen sabor,

con sus troncos de sombras,

con sus ojos de aguas

y su humareda de uvas?

 

Me nace un canto “jondo”

por tu bandera…

recojo los cachimbos del cantón,

las plenas, las cosechas…

y ahora están sonando los tambores

en las entrañas de la tierra …

y amanece la luz.

 

En Neiba camina la frontera,

se necesita como antes tener a Dios para ganar las guerras;

ahora que amanece el siglo y sus telares

otra vez se necesita a Cristo

para ganar la guerra...

 

 

 

 

Biografía: Ángel Gonzaga Peña nació 21 de junio del 1944. Ha publicado su obra poética a través de opúsculos que el mismo edita, como son: Una ciudad en tu mano; El Sonido del Fuego (2002); Los Hombres de la Patria, (2005); Má Tingo (Cuento, 1999), ediciones sur, de su propiedad como editor informal; entre otros. Tiene dos dramas inéditos. Es miembro del Grupo de Poeta y Escritores Informalistas. Poemas suyos han sido publicados por periódicos y revistas de circulación nacional. Es un poeta evangélico de un humano aliento metafísico donde la palabra divina redime y salva a los hombres de la tierra, en nombre de Jesús.

 

 

OSCAR ACOSTA, POETA NATURAL

OSCAR ACOSTA, POETA NATURAL

OSCAR ACOSTA, POETA NATURAL

 

 

Por:

 

Abraham Méndez Vargas

 

“Los peluches, la niña y la ciudad”, poemario del neibano Oscar Acosta Pérez, vienen a confirmar una vez más no sólo que su es un poeta natural por antonomasia, sino también que el histórico pueblo de Neiba, que es la común cabecera de la provincia Bahoruco, es una tierra de poetas por excelencia. La calidad de la obra de poetas como Apolinar Perdomo y Julio Cuevas, así como de narradores de la talla Angel A. Hernández Acosta y Norvo Antonio Pérez, por sólo mencionar unos cuantos y no peque por omisión, lo confirman.

 

Cuando releemos más de una vez un poemario como este de Oscar Acosta, Los peluches, la niña y la ciudad, es porque estamos frente a un talento creador que ha trascendido lo puramente regional, ya ha pasado a formar parte del concierto de voces representativas de la lírica de lo que ha sido llamado la provincia nacional.

 

En efecto, la generación del 80, que se auto califica en la voz del eximio poeta José Mármol, su más alta flecha de impulsión a decir de algunos de los nuevos caníbales caribeños, se califica como una poética del pensar, cuya teoría debemos estudiarla con atención, y Oscar Acosta, mientras estudiaba en la ciudad capital en la UASD, formó parte del taller literario César Vallejo, al igual que Julio Cuevas, de la misma manera que Quinito Hernández Acosta se vinculó a la generación del 48.

 

Para ser sincero, confieso que siempre me gustó más la poesía de Oscar Acosta en sus primeros tiempos, pues, al igual que Apolinar Perdomo, es un poeta natural por antonomasia, y las influencias, si son muy fuertes, pueden restarle algo de esa pasión que convierte en cenizas todo cuanto su genio toca con su llama transformadora. En Neiba, a su regreso de la ciudad capital, Acosta formó el grupo Literario Guayacán, con una ideología a fin a la del Cesar Vallejo en Santo Domingo.

 

Nuestra amistad siempre ha permanecido inalterable, aun después que Acosta y una hermana mía terminaran sus amoríos ágapes que databan de unos cinco años.  La poesía nos unía, y nos bastaba. Luego la vida es trabajar por la familia, y se rompió la taza. Una misma pasión, aunque por caminos diferentes, nos hermana.  Aquellos viejos tiempos, cuando nos reuníamos bajo los altos árboles umbríos del patio de su casa o en la de mamá o en la biblioteca circular Apolinar Perdomo, o en el patio de la parroquia San Bartolomé, habian pasado.

 

La poética  del pensar define, pues, la teoría implícita en el lenguaje del poema “Los peluches, la niña y la ciudad”. La poética del pensar “se fundamenta en el predominio del pensamiento sobre la emoción, del concepto sobre la imagen”., según el tomo 6, pag. 118, de la Enciclopedia Ilustrada de la República Dominicana. 

 

La Enciclopedia Ilustrada susodicha, dice además lo siguiente: “Un detalle interesante en los poetas de esta generación es que son coetáneos. La mayoría nació entre 1957 y 1960. Comparte una misma poética, lecturas comunes, una visión de mundo y una concepción similar del poema.  Con esa generación se inaugura una nueva sensibilidad estética, fundadora de una ruptura temática, experimental y formal en la tradición poética dominicana.  Han sometido al escalpelo el lenguaje poético de sus precursores, rescatando sus aciertos y criticando lo que definen como desaciertos estéticos. La mayor crítica la ejercieron contra la generación inmediatamente anterior: la de posguerra o joven poesía.

 

Mármol, que es el teórico de la generación de los 80 que tiene su raíz teórica en la filosofía y literatura nietzscheana, en un artículo publicado en el periódico Hoy, dice que desde los inicios de la década combatió “con vehemencia a quienes separaban al poetizar del pensar. Porque también lo negativo es parte de la concreción de un hecho cultural”; además, sostiene Mármol, “desde un plano estrictamente de cuestión poética, es el hecho de que la noción de poema y su expresión como concreto de lenguaje asumida por la generación de los 80 se inscribe, en términos generales y con relación a nuestra tradición literaria, en la trayectoria labrada por el Vedrinismo, La Poesía Sorprendida y el Pluralismo; es ultimo, en menor proporción. Quiero decir, que la poesía de los 80 no reniega, pero tampoco suscribe los postulados estéticos del Postumismo ni de los poetas sociales del grupo independientes del 40 ni de la Generación del 48, y mucho menos, de la de la Generación del 60 y la Poesía Posguerra. Estos últimos movimientos y tendencias creyeron en la literatura de mensaje, de ideales, mientras que los primeros creyeron en la literatura como idea, es decir, como aventura del lenguaje y del pensamiento, de lo cual, están muy cerca muchos de los autores de los 80”; y, en fin, recuerda Mármol que denunció “los limites que exhibíamos en el manejo del idioma, materia prima de nuestro trabajo. Manifesté preocupaciones sobre el tendencialismo hacia la “representación” de lo empírico en el poema, dejando de lado la “significación”, que es razón de ser del poema mismo” (Hoy, miércoles 27 de marzo del 1996, Opinión, pagina 9. ¿Por qué hablar de una generación de los 80? I, y II).

 

Al igual que el hondureño del mismo nombre, Oscar Acosta (1933), que presenta el amor en su obra como eje en torno al cual gira toda su existencia, este otro Oscar Acosta nacido en Neiba luego del ajusticiamiento del tirano Rafael Leonidas Trujillo Molina, en su poesía mayormente amatoria y de un fino filosofar sobre la realidad cotidiana, así como sobre el tiempo con ciertos ribetes místicos, como recuerdo del fervoroso cristiano que fue, antes de abrazar la filosofía existencial nietzscheana.

 

En el poema LOS PELUCHES, LA NIÑA Y LA CIUDAD, que es el que justifica el título del libro, es un claro ejemplo de los méritos de este gran liróforo neibero, OCAR Acosta, dentro de la concepción teórica de la poética del pensar, entre otros poemas del libro, pero siempre me gusta leer esta bien lograda poesía:

 

LOS PELUCHES,

LA NIÑA

Y LA CIUDAD

 

Cuando nos habitaba

El taxista cargaba amas sin vestidos de marea

Nadie intercambiaba pólvoras sobre sus cuerpos

Ni moría como asaltante

Ningún intruso violaba tu poquedad en esquinas oscuras

 

Cuando Dios estaba en los edificios

Nadie hacia el amor precipitado con su arma en las manos

Ni llenaba de angel confuso su imaginación

De allá se veía aun el mar…

 

O las nubes sobre las luces de león

Cualquier iba al balcón

Porque San Miguel éramos todos

 

Cuando Dios éramos nosotros y todo

Sabíamos cual era el principio y el fin de la

 

     (democracia

Nadie confundía las palabras de los discursos

Porque la niña estaba en el patio con los peluches

Ensuciando las paredes con la tiza

Para entonces no valían sus sports

Ni el maquillaje  de la risa, ni la canción forzada

 

Ahora Dios nos abandonó

Y somos humo espeso…  ríos sangre… calles sin vida

Rostros con risas divididas según las entradas

Y somos sal desabrida… economía crecidas arriba

Peluches desbaratados en manos de una niña

                                        (pobre de Gualey.

 

Diciembre, 1999.

 

 

 

ALMAS GEMELAS

ALMAS GEMELAS

ALMAS GEMELAS

 

Mi amor es más que pura fantasía.

Con real pasión te amo desde aquel día,

cuando ambos en el temblor de la mirada

sentimos esto tan profundo, mi amada.

 

Tu amado soy aunque tú no quieras,

porque tú eres mía aunque yo me fuera,

y en otras manos tú, o yo, humano

error, mi ilusión besaría tu mano.

 

Y nadie, nadie impedirá jamás

que en la realidad tú sueñes conmigo,

ni que yo, cada día, nunca más

 

olvide que el destino trajo contigo,

cual suerte de luz al moribundo,

nuestro amor, tan único en el mundo.

PRIMERO CONTACTOS CON EL POETA QUINITO HERNANDEZ ACOSTA

PRIMERO CONTACTOS CON EL POETA QUINITO HERNANDEZ ACOSTA

 

 

 

Cuando era un  muchacho de 16 años fui a casa del poeta Ángel Hernández Acosta, por recomendación de don Manuel Arturo Acosta Sierra, escritor y poeta neibano a quien tributé tiempo después un homenaje lírico en prosa por el periódico La Verdad del Sur, y que apareció en la Antología de Escritores y Poetas de la Provincia de Bahoruco, de Juan Solano Pérez Ferreras, erróneamente atribuido, junto a dos sonetos, al egregio amigo, a quien dediqué  ese poema en prosa, viejo autodidacta que sí aparece entre los poetas de la Antología Literaria de Neyba, de Eddy Mateo Vásquez.

 

El caso fue que llegué a la casa de Hernández Acosta en la calle Apolinar Perdomo 90, contigua del Destacamento de Policía Nacional de nuestra ciudad, un sábado al mediodía. Entre las personas y clientes presentes recuerdo a don Rufo Acosta Nin, quien esperaba firmar un contrato convencional, y, entre otros, a Adonis, su seguidor inseparable, y  guardaespaldas irremplazable. Alguien me pasó el Listín Diario del día y lo leí, luego oí complacido los cuentos de caminos y jocosidades de algunos presentes. Don Payón, el amigo barbero del doctor que contaba muchas de las tradiciones que servía de materia prima al escritor, acababa de recortarlo y el poeta a veces interrumpía el dictado a su secretaria para reírse, a pesar de que su risa solía ir acompañada de una tos seca que él ahogaba llevándose un pañuelo a los labios enjutos. Todavía tenía puesta la camisa con pelos en la espalda, fumaba una y otra vez y ya, cuando pensé que era imposible hablar con aquel hombre famoso, pero indudablemente en la miseria, llegó don Repipín, con quien siempre hablaba en un banco del parque, y que iba de regreso a casa, y así pude ser presentado.  Me extendió la mano huesuda y largurucha, y me abordó con cierto entusiasmo.

 

n      ¡Que tal! ¿Cómo dices que te llamas?

n      Abradjam.

n      Ah, usted es Abradjam.

n      Sí, doctor, soy yo...

 

n      Usted es el famoso muchacho que brincaba la verja de la escuela en recreo para oírme defendiendo en el Tribunal...

n      Ese mismo, doctor.  Es usted un eminente orador, doctor.

n      ¿Yo? Que va. Eso es que usted va a ser abogado.

n      ¿En que puedo servirte, Abradjam?

n      Bueno, doctor, yo les traje unos poemas para que usted los vea y me dé  su opinión...

n      Sí.... ¡Cómo no! Pónmelos ahí, en la mesa. Y vuelve dentro de unos tres días...

n      Bien, gracias doctor Quinito...

 

Realmente sentía el bienestar de estar en la casa del poeta ÁNGEL Hernández Acosta, el autor de Las Hojas Caídas. don Ripipín era ya mi amigo y hablábamos en el parque central, de suerte que me dijo:

 

n      Abradjam es apellido Méndez Vargas.

n       

n      Ah sí... yo soy Méndez por mi padre y Vargas por mi mamá. Los llevo atrás, pero el don de la poesía que nos viene de los Vargas.

n      Sí sí. Así es.

 

Durante más  de dos meses el poeta Quinito Hernández Acosta me puso a dar viajes, pues no había  podido leer mis poemas. Me alegraba sin embargo visitarlo con cierta frecuencia. Era la casa del doctor Hernández Acosta.  Y era Méndez Vargas como yo, no. Un día la paciencia se me agotó y le dije que volvería, pero no le mencionaría lo de los poemas, ya. Una tarde cualquiera los encontró y me  devolvió los seis o siete poemitas, unos en versos libres y otros con rimas... 

 

Los encontró dentro de una novela cuyas páginas estaban carcomidas por las trazas y mierdas de cucarachas. Arriba, sobre la rústica encuadernación, en letras a creyón corridas con grafías como de niño, se destacaba el título: Los caballos blancos contra los caballos negros, novela. La levantó con orgullo y me dijo:

 

n      Esta novela, Los caballos blanco contra los caballos negros, la escribí para tumbar el gobierno del doctor Joaquín Balaguer, pero cometí el error de decírselo a un joven poeta que frecuentaba mi casa. y fue y me delató, y tuve a punto de perder la vida...

n      Guárdela para el futuro, doctor.

n      Sí, sí, Abradjam. En gran medida es mi novela Otra vez la noche, publicada en el 1972.

 

Para todo el pueblo de Neiba el doctor Ángel Hernández Acosta era uno de los hombres más inteligentes del suroeste.  (VES QUE QUITE EL OTRO TODO INNECESARIO) Sus hijos e hijas, sencillos y obedientes, iban a la escuela y permanecían en la casa, a la antigua.

Eran tiempos violentos, según el buen ejemplo que se daba desde el poder. Su casa era su oficina de abogado litigante, y era también, el Partido, que lideró.  Y la gente iba y venía, con sus problemas, enfermedades, desempleos, desorientados, golpeados en sus derechos constitucionales, hambrientos, o simplemente deseosos de tomarse una taZa de café y jugar una partida de dominó, pero NUNCA (ESTÁ DE MÁS) nadie ni el propio poeta miró hacia los problemas que necesitaban solución dentro del hogar. Casi nadie iba tras el poeta, aunque todo el mundo aplaudía al poeta.

 

En fin, después de más de tres meses, una tarde cualquiera, encontró mis poemas junto a los folios de una novela carcomida por la traza. Sacudió EL LIBRO y el polvo nos hizo toser. Leyó mis versos en menos de cinco minutos. Subrayó  un verso libre que decía: solar de aguas secas, y me dijo:

 

n      Abradjam. Queme estos poemas. Olvídelos. Se  puede hacer poesía sin tener la suficiente preparación para ello, pero sería imperfecta.

n      Entonces, doctor Quinito, ¿qué hago?

n      Quiero que vayas a la Biblioteca y vuelve después que hayas leído El Diario de un poeta, de Alfred de Vigny, francés.

n      Luego te diré qué otros libros debe leer...

n      Así lo haré, doctor Quinito. Gracias, doctor.

Antes de irme fijé mi vista sobre un libro que el poeta estaba leyendo. Era la Moral a Eudemo y a Nicómaco, de Aristóteles.

n      ¿Lo quieres leer?

n      Sí, me gustaría leerlo. Es de Aristóteles, doctor.

n      Al tiempo que gozaba las páginas de la Ética, de Aristóteles en casa, leí de un tirón el Diario de un poeta, de Alfred de Vigny, un francés que hizo llorar a las mujeres de su tiempo. Ya yo no era el mismo muchacho  andariego. Comencé leer. La Biblia,  A orillas del filosofar de Fernández Spencer, y  después de haberlo leído el propietario de ese ejemplar, mi amigo Mauricio Acosta Pérez, me dijo: Veo que te gusta la poesía. Te lo regalo, Abraham. Y fue aquel mi primer libro, aparte de la Biblia. A través de los mil y un conversatorios que tuvimos Fremio Mauricio Acosta Pérez, de tarde en tarde hasta caer la noche, mientras estudiábamos Derecho en la Extensión de la U.C.E. en Neiba, conocí las ideas de José Ingenieros, el autor de El Hombre Mediocre, y otros autores matrices.

 

El milagro de la poesía es una ilusión. Así surgió en mí cuando mi madre que ha vivido toda la vida leyendo La Biblia todo el día, hasta en los momentos en que se sienta mientras cocina los alimentos de la familia, y un buen día tuvo la idea  de llamarme para que viera el plenilunio de los bellos amaneceres neibanos y después seguí yo sólo contemplando el cielo y sus cuerpos celestes, hasta con los ojos cerrados, ¿no?

ILUMINACION

ILUMINACION

ILUMINACION

 

Llega el amado;

aire de plomo,

se va el desgraciado.

 

Dos aman una,

una suspira dos;/

muerte en la luna.

 

Libertad es aire;

respiran con amor

tan buen donaire.

 

Llega el amado,

dos aman una;

se va el desgraciado.