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SONETO A DAVID Y ANGELITO

SONETO A DAVID  Y ANGELITO

DAVID Y ANGELITO

 

(Una anécdota en honor del Magistrado David Vicente Vidal Matos).

 

El ruiseñor que canta tiene un trino

bello y caro, su armonía que es todo oro

yo pongo entre mis mejores tesoros,

aunque no canta entre hojas de pino.

 

Es un flautín de trato humano y fino

que un día vio caer sangrando a chorro

otro ruiseñor que hirió un pétreo loro

y dio su oro para salvar tal sino.

 

Su trino bello y caro nadie ve,

pues prefiere ir al río a recoger oro,

y no la escarlata de opacos cielos.

 

Aquel que a subir su canto se atreve

halla en nubes su mayor tesoro,

y éste halla en el río su más alto cielo.

 

Abraham Méndez Vargas.

Barahona, R. D.;

06-10-2003.-

¿CUAL ES LA TEORIA MODERNA DEL ESTADO DE DERECHO?

¿CUAL ES LA TEORIA MODERNA DEL ESTADO DE DERECHO?

 

 

¿Cuál ES LA TEORIA MODERNA DEL ESTADO DE DERECHO?

 

 

A decir del eximio Manuel a. Amiama, en sus extraordinarias Notas de Derecho Constitucional, el Estado es una comunidad social, más o menos numerosa, con una organización gubernativa propia e independiente de toda otra comunidad, y asentada sobre un territorio propio; que, por tanto, lo esencial a la idea de Estado es la posesión de una organización gubernativa propia y la independencia de ésta de toda otra comunidad, y que hay Estados que han entrado con otros en federaciones y confederaciones, con una organización gubernativa superior a todos los Estados que forman la federación o la confederación, sin que por esto dejen de ser Estados. Pero, en el Derecho Constitucional, siempre que se habla de Estado, sin mayor aclaración, se entiende que se habla de un Estado independiente (p.13).

 

Es el Estado sometido a la limitación inmanente por el derecho positivo o a la limitación trascendente-inmanente por los derechos individuales, o a la limitación trascendente por el derecho natural.  No es el Estado que  realiza Derecho, porque ello es esencial a todo Estado, ni el Estado con vocación ética de justicia, pues esto puede formalizarse también de todo Estado en cuanto realiza derecho.  Significa que a todo principio de derecho acompaña la seguridad de que el Estado se obligue a sí mismo a cumplirlo; o, en otros términos, que el derecho sujeta tanto a los gobernados como a los gobernantes (S. Lanares Quintana;  Diccionario Jurídico, de María Laura Valletta).

 

Herbert Marcuse, en su importante libro Razón y Revolución Hegel y el surgimiento de la teoría social,  nos enseña cómo surge el Estado, como un proceso superior de progreso social. Nos dice lo siguiente:

 

El lenguaje, pues, hace posible que el individuo tome una posición consciente en contra de sus semejantes y mantenga sus necesidades y deseos en contra de los de los otros individuos. Los antagonismos que resultan de ello son integrados mediante el proceso del trabajo, que se convierte también en la fuerza decisiva del desarrollo cultural. El proceso del trabajo determina varios tipos de integración y condiciona todas las formas subsiguientes de comunidad que corresponden a estos tipos: la familia, la sociedad civil y el Estado (los dos últimos términos aparecen sólo posteriormente en la filosofía de Hegel). El trabajo une primero a los individuos en familia, la cual se apropia como “propiedad familiar” 11, los objetos que le proporcionan su subsistencia. Sin embargo, la familia y sus propiedades se encuentran entre otras familias que poseen propiedades. El conflicto que se desarrolla entonces no ocurre entre el individuo y el objeto de sus deseos, sino entre un grupo de individuo y el objeto de su deseo, sino que un grupo de individuos (una familia) y otros grupos similares. Los objetos han sido ya “apropiados”; son (actual o potencialmente) propiedad de individuos. La institucionalización de la propiedad privada significa para Hegel que los “objetos” han sido finalmente incorporados al mundo subjetivo: los objetos no son ya cosas “muertas”, sino que pertenecen, en su totalidad, a la esfera de la autorrealización del sujeto. El hombre los ha elaborado y organizado volviéndolos, de este modo, parte constitutiva de su personalidad. La naturaleza toma así lugar en la historia del hombre, y la historia se vuelve esencialmente historia humana. Todas las luchas históricas se convierten en luchas entre grupos de individuos que poseen propiedades. Esta concepción de largo alcance ejerce una influencia total sobre la subsiguiente construcción del dominio del Espíritu” (Obra citada, p.79,80, Libro de Bolsillo Alianza Editorial, Madrid, 1971).

 

De ahí que Ignacio Molina en colaboración con Santiago Delgado, de Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1998, 2001, en sus Conceptos fundamentales de Ciencia Política, nos dice respecto del Estado que éste es, al mismo tiempo que una comunidad política estable que agrupa una población en interacción social; e institución jerárquica fundada sobre impuestos y leyes que regulan a ese grupo humano. En ese último sentido el concepto se enfrenta al de sociedad civil y se acerca a la noción amplia de gobierno como aparato en el que residen los poderes públicos, que se plasman en ejército, burocracia o diplomacia exterior. No obstante, la idea de Estado es más amplia ya que incluye la definición de los intereses  permanentes de la organización y no se limita, como el gobierno, a la dirección del proceso político presente. Existen muy diferentes concepciones de lo que representa el Estado, tanto en la historia como en la actualidad, que normalmente se reflejan en doctrinas prescriptivas sobre el papel que debería jugar en el futuro. Con independencia de las formas políticas pre-estatales (polis clásicas, imperios antiguos y reinos medievales), el Estado moderno surgió con la teoría absolutista que pretendía justificar monarquías fuertes para evitar que la competición feudal o religiosa arruinara a Europa. Posteriormente, cuando dicha función estaba asegurada pero el Antiguo Régimen y el mercantilismo proteccionista perjudicaban los intereses de la burguesía ascendente, las revoluciones liberales aportaron un nuevo diseño de Estado como mero guardián, mínimamente implicado en la regulación de la actividad social y respetuoso con el libre comercio y ciertos derechos individuales (Ob. Citada Págs.48,49).

 

Veamos qué nos dicen sobre el Estado,  dentro de la infinidad de autores que podríamos consultar, José Humberto Villalobos y Claudia Verenice Agramón Gurrola, en su Derecho internacional público: “

 

Según Kelsen, constituye la personificación del orden jurídico. Existe cuando cuenta con un territorio determinado, un pueblo asentado en el mismo, o sea una comunidad de personas que vivan juntas, aun cuando sean de diferentes razas o credos; y un gobierno propio que, a la vez que representa al pueblo, ejerce sobre él autoridad efectiva conforme al respectivo ordenamiento nacional y es independiente de toda autoridad externa.

 

Accioli señala que “desde el punto de vista del derecho internacional el Estado es una comunidad política independiente, establecida permanentemente en un territorio determinado, bajo un gobierno y capaz de mantener relaciones con otras colectividades”. Esta definición se encuentra de acuerdo con lo estipulado por la Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados, concluida en Montevideo en 1933, cuyo artículo primero señala que “el Estado, como personal de derecho internacional debe reunir los siguientes requisitos; I, población permanente, II, territorio determinado,  III, gobierno, y IV, capacidad de entrar en relaciones con los demás Estados.

 

Algunos autores como Hyde añaden un quinto elemento: que la población de que se trate haya alcanzado un grado de civilización suficiente como para permitirle cumplir con los principios del derecho que se estima que rigen a los miembros de la comunidad internacional en sus relaciones entre sí. El propio Hyde no considera indispensable para la existencia del Estado el que sea independiente, pues afirma que para satisfacer el cuarto de los requisitos arriba enunciados, basta con que la respectiva entidad esté de hecho asociada con los miembros de la comunidad internacional a través, por ejemplo, de los tratados que aunque no hayan sido concertados directamente por la entidad en cuestión, signifiquen la existencia en los hechos de reacciones concretas de la propia entidad y las otras partes contratantes.

 

Otros autores como Rousseau afirman que las notas de carácter político-social que debe reunir el Estado, vale decir las de población, territorio y organización política, a las que está sometida la referida población, no bastan para determinar la existencia de un Estado. Se requiere adicionalmente, dicen, la presencia de una nota de orden jurídico, que no sería otra que la de independencia. En la misma vena, Oppenheim exige una cuarta nota, que para él radica en la de ser soberano: “Soberanía es una autoridad suprema, autoridad independiente de toda otra autoridad terrenal. Soberanía  en el sentido más  estrecho y estricto del término implica, consecuentemente, completa independencia, dentro y fuera de las fronteras del país.

 

Debe tenerse presente que la teoría clásica de la soberanía estatal, que implica un aspecto positivo (facultad de dar órdenes no condicionadas) y otro negativo (derecho de no recibirlas de ninguna autoridad), ha sido desechada. Se admite ahora que el derecho internacional de los órdenes jurídicos nacionales. El Estado independiente puede determinarse a sí mismo en todos sus asuntos sin estar sometido a las directivas de otro Estado; puede regular libremente su forma de Estado y de gobierno; puede determinar su organización interna, regular el comportamiento de sus nacionales y fijar sus políticas interna y exterior. Pero la naturaleza misma del derecho internacional es la de un cuerpo normativo de cumplimiento obligatorio para todos los Estados miembros de la comunidad internacional. Sólo admitiendo la presencia de un orden normativo superior como resulta posible, desde el punto de vista jurídico, la existencia de Estados independientes entre sí (Obra citada, Págs. 68-69, Diccionarios jurídicos temáticos, Segunda serie Vil.7, Oxford).

 

 

En El Hombre y El Estado, específicamente en el Capítulo Primero sobre El Pueblo y El Estado, sección V titulada El Estado, Jacques Maritain, hace las siguientes observaciones, sin desperdicio alguno, que copiamos a continuación; a saber:

 

De esta enumeración de las características  del cuerpo político, deberá resultar evidente que el cuerpo político difiere del estado. Este es sólo aquella parte del cuerpo político especialmente interesada en el mantenimiento de la ley, el fomento del bienestar común  y el orden público, así como la administración de los asuntos públicos. El estado es una parte que se especializa en los intereses del todo. No es un hombre ni un conjunto de hombres; es un haz de instituciones combinadas que forman una máquina situada en la cima:  este tipo de obra de arte ha sido construido por el hombre y utiliza cerebros y energías humanas y no es sino hombre, pero constituye una encarnación suprema de la razón, una superestructura impersonal y perviviente, cuyo funcionamiento se podría calificar de racional en segundo grado, dada la actividad de la razón que contiene, pero que limitada por la ley y por un sistema de reglamentaciones universales es más abstracta, más alejadas de las contingencias de la experiencia y también más despiadada que nuestras vidas individuales.

 

El estado no es una encarnación suprema de la Idea como creía Hegel; ni tampoco una especie de superhombre colectivo; el estado no es sino un organismo facultado para utilizar el poder y la coerción, integrado por expertos o especialistas en ordenamiento y bienestar públicos, un instrumento al servicio del hombre. Poner al hombre al servicio de ese instrumento es perversión política. El ser humano como individuo  es para el cuerpo político, y el cuerpo político es para el ser humano como persona. Pero en modo alguno el hombre es para el estado, sino el estado para el hombre.

 

Cuando decimos que el estado es la parte superior del cuerpo político, significamos que es superior a los restantes órganos o partes colectivas de ese cuerpo, pero no que sea superior al cuerpo político en sí. La parte siempre es inferior al todo. El estado está al servicio del cuerpo político como un todo, puesto que es inferior al cuerpo político como tal todo. ¿Es siquiera el estado la cabeza del cuerpo político? Difícilmente, ya que la cabeza del ser humano es un instrumento de tales poderes espirituales de intelecto y voluntad que todo el cuerpo se le subordina; en cambio, las funciones ejercidas por el estado son para el cuerpo político y no a la inversa.

 

               La teoría que acabo de resumir, y que considera al estado como parte o instrumento del cuerpo político, subordina a él y dotada de la máxima autoridad, no por derecho propio ni para su beneficio, sino únicamente en virtud de y para el cumplimiento de las exigencias del bien común, puede calificarse de teoría “instrumentalista” que establece la genuina noción política del estado. Pero nos vemos confrontados con otra noción absolutamente distinta, la noción despótica del estado, basada en una teoría “substancialista” o “absolutista”. Según ésta, el estado es un sujeto de derecho, es decir, una persona moral y, por tanto, un todo; como consecuencia, o bien se superpone al cuerpo político o lo absorbe por completo, disfrutando de poderes supremos en virtud de su propia naturaleza, de sus derechos inalienables y de su propio interés supremo.

 

Desde luego, hay en todo lo grande y potente una tendencia instintiva –y una especial tentación- a sobrepasar los propios límites. El poder tiende a aumentar el poder; la máquina del poder a extenderse incesantemente; la maquinaria legal y administrativa suprema a la autosuficiencia burocrática; quisiera considerarse un fin y no un medio. Quienes se especializan en los asuntos del todo propenden a estimarse el todo mismo; el estado mayor a creerse todo el ejército; las autoridades eclesiásticas, toda la Iglesia; el estado, todo el cuerpo político. Por lo mismo, el estado tiende a adscribirse para sí un bien común peculiar –su propia preservación y desarrollo- distinto del orden y bienestar público, que son sus fines inmediatos, y del bien común general, que es su finalidad suprema. Todas estas calamidades no son sino ejemplos del exceso o abuso “natural”.

 

Pero se ha producido algo mucho más específico y grave en el desarrollo de la teoría substancialista o absolutista del estado. Este hecho se puede comprender solamente ante la perspectiva de la historia moderna y como una secuela de las estructuras y concepciones peculiares del Imperio Medieval, la monarquía absoluta de la época clásica francesa y el gobierno absoluto de los Estuardo en Inglaterra. Es bastante notable que la palabra estado haya hecho su aparición en el curso de la historia moderna; la noción de estado se hallaba implícita en el concepto antiguo de ciudad (civitas), el cual implica esencialmente cuerpo político, y más aún en el concepto romano de Imperio; pero nunca se empleó de un modo explícito en la antigüedad. De acuerdo con una norma histórica, desgraciadamente muy recurrente, tanto el desarrollo normal del estado –que fue en sí mismo un sano y genuino progreso- como el de la espúrea –absolutista- concepción jurídica y filosófica del estudio tuvieron lugar al mismo tiempo.

 

Una explicación adecuada de ese proceso histórico exigiría un prolongado y detenido análisis. Me limito a sugerir que en la Edad Media la autoridad del emperador, y al comienzo de nuestra época moderna la de los reyes absolutos, descendía de arriba sobre el cuerpo político, al que se superponía. Durante siglos la autoridad política fue el privilegio de una “raza social” superior que tenía el derecho –y creía que era un derecho inalienable innato u otorgado por Dios- al poder supremo y a gobernar, así como a constituirse en guía moral del cuerpo político, integrado –en su opinión- por gentes en minoría de edad, capaces de efectuar demandas, formular objeciones, y hasta de amotinarse, mas no de gobernarse. De manera que en la “edad barroca”, aun cuando la realidad del estado y el sentido del estado tomaban forma progresivamente como grandes realizaciones jurídicas, el concepto de estado surgía más o menos confusamente como concepto de un todo –identificado a veces con la persona del rey-, al cual se superponía o bien envolvía al cuerpo político y gozaba del poder desde arriba en virtud de su propio e inalienable derecho, es decir, que poseía la soberanía. Pero en el genuino sentido de la palabra –el cual depende de la formación histórica del concepto de soberanía, anterior a las diversas definiciones de los juristas- la soberanía implica no sólo la verdadera posesión de y el derecho al poder supremo, sino un derecho que es natural e inalienable a un poder supremo, el cual es supremo separado de y por encima de sus súbditos.

 

En tiempo de la Revolución francesa se mantuvo ese mismo concepto del estado, considerado como un todo en sí, pero transfiriéndolo del rey a la nación, erróneamente identificada con el cuerpo político. De aquí parte la identificación de nación, cuerpo político y estado. Y el concepto mismo de soberanía, como un derecho inalienable, natural o innato para un poder supremo trascendente, se conservó también, aunque pasando igualmente del rey a la nación. Al mismo tiempo, en virtud de una teoría voluntaria de la ley y la sociedad política, que alcanzó su cenit en la filosofía del siglo XVIII, el estado se convertía en persona (una sediciente persona moral) y sujeto de derecho en tal forma que el atributo de absoluta soberanía, adscrito a la nación, tenía que ser reclamada y ejercido inevitablemente por el estado.

 

De ese modo sucedió que en los tiempos modernos la noción despótica o absolutista del estado fue ampliamente aceptada como un dogma democrático entre los teóricos de la democracia... hasta el advenimiento de Hegel, el profeta y teólogo del estado totalitario y divinizado. En Inglaterra las teorías de John Austín sólo tendían a domesticar y civilizar un poco al Leviatán de Hobbes. Ese proceso de aceptación se vio favorecido por una propiedad simbólica que genuinamente pertenece al estado, a saber, el hecho de que cuando vemos veinte cabezas de ganado pensamos en veinte animales, ya que en la misma forma la parte más sobresaliente del cuerpo político representa naturalmente el todo político. Más aún, la noción de este último se eleva a un alto grado de abstracción y simbolización, ascendiendo la conciencia de la sociedad política a una idea más rotundamente individualizada del concepto de estado. En la noción absolutista del estado ese símbolo se torna realidad y se hace hipóstasis. De acuerdo con tal noción el estado es una nómada metafísica, una persona; es un todo en sí mismo, el propio todo político en su grado supremo de unidad e individualidad. Por tanto, absorbe en sí el cuerpo político del cual emana, al igual que todas las voluntades individuales o particulares que, según Juan Jacobo Rousseau, engendran la voluntad general dentro de un orden místico, para morir y renacer en su unidad. Y disfruta de una soberanía, como una propiedad esencial y un derecho.

 

Ese concepto del estado, obtenido por la fuerza en la historia humana, ha obligado a las democracias a incurrir en intolerables contradicciones. Por cuanto dicho concepto no forma parte de los dogmas auténticos de la democracia, ni pertenece a la real inspiración y filosofía democráticas, sino a una herencia ideológica espúrea que ha vivido sobre la democracia como un parásito. Durante el imperio de la democracia individual o “liberal”, el estado, convertido en absoluto, desplegó una tendencia a reemplazar al pueblo, dejándolo en cierta medida al margen de la vida política; pudo igualmente provocar guerras entre las naciones que perturbaron la existencia del siglo XIX.  Sin embargo, después de la era napoleónica, la filosofía democrática y las costumbres políticas que prevalecieron en aquel entonces, restringieron las peores implicaciones de este proceso. Fue precisamente con el advenimiento de los regímenes totalitarios cuando se llevaron a la práctica tan lamentable implicaciones, y el estado, convertido en un amo absoluto, mostró su verdadera faz. Nuestra época ha tenido el privilegio de contemplar al estado totalitario de la Raza en el nazismo germano, el de la Nación en el fascismo italiano y el de la Comunidad Económica en el comunismo ruso.

 

Es preciso, pues, insistir sobre el siguiente punto: la tarea más urgente a realizar por parte de las democracias es el desarrollo de una justicia social y el mejoramiento de la dirección económica mundial, al tiempo que se defienda de las amenazas totalitarias del exterior y de la expansión totalitaria en el mundo; mas persecución de dichos objetivos involucrará, de manera inevitable, el riesgo del estado desde arriba, pero tendremos forzosamente que aceptar ese riesgo en tanto que nuestra noción del estado no quede redefinida sobre unos cimientos auténtica y genuinamente democráticos, y mientras el cuerpo político no haya renovado su estructura y su conciencia, de manera que el pueblo se halle mejor equipado para el ejercicio de la libertad, y el estado sea un verdadero instrumento para el bien común de todos. Solamente entonces ese organismo sobresaliente (el estado) que nuestra moderna civilización torna más y más necesario para la personalidad humana en su progreso político, social, moral e incluso intelectual y científico, dejará de ser una doble amenaza para las libertades de la persona y de la inteligencia y la ciencia. Sólo entonces quedarán restablecidas las funciones supremas del estado –garantizar el derecho y facilitar el libre desenvolvimiento del cuerpo político- y los ciudadanos recuperarán el sentido del estado. Únicamente entonces alcanzará el estado su verdadero dignidad, que no procede del poder y el prestigio, sino del ejercicio de la justicia” (Obra citada, Págs.25-32, Impreso en la Argentina, Segunda Edición, Abril 1952).

 

En su Derecho Constitucional, Tomo I, Principios y derechos constitucionales, de Adolfo Gabino Ziulu, respecto de Las Formas del Estado, nos enseña lo siguiente: El término “Estado” fue introducido en la literatura política por Maquiavelo, a principios del siglo XVI, al menos en su significación más moderna46. Hay una pluralidad de concepciones con relación a su significado. Las más difundidas lo vinculan con la sociedad políticamente organizada y con la estructura de dominación. A este respecto, enseña Jellinek que allí donde hay una comunidad con un poder originario y con medios coactivos para ejercerlo sobre sus miembros y su territorio, conforme a un orden que le es propio, allí existe un Estado.

 

En nuestro criterio, agregamos que el Estado no ha sido instituido para suplantar a la persona, a la familia ni a las sociedades intermedias, sino para protegerlas en sus derechos y su dignidad, y darles los medios y las condiciones para su pleno desarrollo.

 

Mediante las formas de Estado se estudia la distribución territorial del poder, es decir, cómo es ejercido éste, atendiendo, básicamente, a los principios de la centralización o descentralización política en sus diversos matices.

 

La principal tipología de las formas de Estado distingue cuatro categorías: Estado unitario, Estado confederal, Estado federal y Estado regional. Analizaremos muy brevemente cada una de ellas.

 

a) Estado unitario.

 

Esta categoría constituye la máxima expresión de la centralización política. Existe un solo núcleo de autoridad con competencia  territorial en todo el ámbito geográfico del país. En algunos casos se admite cierta descentralización, pero ésta es meramente administrativa, y no política.

 

La mayor parte de los Estados actuales están organizados con esta modalidad. Constituyen ejemplos de Estados unitarios, entre otros, Bélgica, Francia, Suecia, Noruega, Uruguay, Chile y Perú.

 

b) Estado confederal.

 

La confederación es la unión de Estados independientes, basada en un pacto o tratado, con el propósito de defender exteriormente sus intereses y mantener en su interior la paz. Supone el máximo grado de descentralización política.

 

Los Estados miembros conservan para sí el ejercicio de la soberana, y pueden ejercerse los derechos de nulificación y de secesión. El primero de ellos los autoriza a revisar, y eventualmente censurar, las normas jurídicas que dicta el Estado central. El derecho de secesión implica la posibilidad de que un Estado miembro pueda separarse del resto de los Estados confederados.

 

La confederación, como forma de organización de un Estado, constituye en nuestro tiempo una categoría virtualmente inexistente. Es posible, empero, mencionar algunos ejemplos históricos: la Confederación de los Estados Unidos de Norteamérica, entre 1776 y 1787; la Confederación Suiza, entre 1815 y 1848, y la Confederación Germánica, entre 1867 y 1871.

 

c) Estado federal.

 

La federación es la forma más extendida de descentralización política. También implica la unión de una pluralidad de Estados, que se realiza por medio de una constitución. Los Estados son autónomos pero carecen de soberanía, la cual recae únicamente en el Estado federal. Tampoco ejercen los Estados miembros los derechos de nulificación y de secesión, que resultan inadmisibles.

 

Su origen histórico se ubica en la Constitución de los Estados Unidos de 1787. En la actualidad existen diversas variantes de Estados federales. Se pueden citar como ejemplos, entre otros, los casos de Suiza, Alemania, Argentina, Brasil, Méjico, Venezuela, Canadá y Australia.

 

d) Esta categoría es presentada, por algunos autores, como una forma distinta de organización estatal. Sería una variante intermedia entre el unitarismo y el federalismo, caracterizada por el reconocimiento de las regiones. Éstas conforman ámbitos geográficos por lo general amplios, que no necesariamente coinciden con los límites políticos y que presentan importantes particularismos comunes.

 

La doctrina señala algunos ejemplos: Alemania, entre 1933 y 1934; Italia, a partir de 1947. Otros autores consideran que este último país es un Estado unitario” (Obra citada, Págs.28-30, Ediciones Depalma Buenos Aires, 1997).

 

Veamos que nos enseña Eduardo Jorge Prats sobre El Principio del Estado de Derecho. Jorge Prats, en su Derecho Constitucional, Volumen I, específicamente en el punto 3.2, dedicado a la Constitucionalidad, como último autor invitado a esta sección.

 

3.2. Constitucionalidad. El Estado de Derecho es un Estado Constitucional. Esto presupone la existencia de una Constitución que sirva de orden jurídico-normativo fundamental y que vincule a todos los poderes públicos. La Constitución confiere al orden estadual y a los actos de los poderes públicos medida y forma. Precisamente por eso, la ley constitucional no es tan solo, como lo sugería la teoría tradicional europea del Estado de Derecho, una simple ley incluida en el sistema normativo estadual. Muy por el contrario, la Constitución es una verdadera ordenación normativa fundamental dotada de supremacía y esta supremacía constitucional la que permite configurar la primacía del derecho como característica esencial del Estado de Derecho.

 

En 1844, el constituyente dominicano optó por la concepción norteamericana que redefinió el Estado liberal de Derecho continental europeo basado en el “imperio de la ley” o principio de legalidad y lo transformó en un Estado de Derecho incluido alrededor de “imperio de la Constitución” o principio de constitucionalidad. Ya hemos visto como, en la concepción constitucional europea –especialmente en la francesa-, el dogma de la soberanía nacional y su correlato de ley como expresión de la voluntad general, emanada del Parlamento, implicaba que las leyes adoptadas por los representantes del pueblo no tenían que someterse a lo establecido en la Constitución. De ese modo, la Constitución, despojada de todo carácter jurídico, quedaba reducida a cumplir su misión de organización de los poderes públicos y las instituciones políticas y no gozaba de ninguna supremacía sobre las leyes. Consecuencia de ello era que el Estado de Derecho tenía que definirse necesariamente alrededor del principio de legalidad, del imperio de una ley emanada directamente del pueblo a través de sus representantes. El resultado era que las mayorías imperaban a través de leyes que lograban aprobar en el Parlamento, quedando así indefensas las minorías.

 

Pero esa no fue y nunca ha sido la concepción de la Constitución dominicana. Para el constituyente dominicano, como para su homólogo norteamericano a quien emula, la Constitución tiene una fuerza jurídica vinculante e inmediata y es la primera de las normas del Estado. La República Dominicana nace bajo el imperio de la Constitución y no de la ley. De ahí que nunca en la historia dominicana  ha sido la ley el criterio legitimador de todas las actuaciones de los poderes públicos y de los ciudadanos sino que ese criterio ha sido esencialmente la Constitución. Ello no significa que el principio de legalidad quede anulado sino que el mismo se ubica en un lugar subordinado respecto al lugar de la Constitución. Es la concepción que expresa el Artículo 125 de la Constitución de 1844 y que es reproducida por las constituciones de febrero y diciembre de 1854, 1868 y 1872: “Ningún tribunal podrá aplicar una ley inconstitucional, ni los decretos y reglamentos de administración general, sino en tanto que sean conforme a las leyes”. Es la concepción que subyace tras el Artículo 46 de la Constitución vigente: “Son nulos de pleno derecho toda ley, decreto, resolución, reglamento o actos contrarios a la Constitución”. El Poder Legislativo, uno de los tres poderes clásicos del Estado, a lo largo de toda nuestra historia republicana, ha estado vinculado a la Norma Suprema y, por tanto, la ley no puede ser contraria a los preceptos constitucionales, a los principios de que éstos arrancan y a los valores a cuya realización aspira.

 

Las ventajas acarreadas por la decisión del constituyente de 1844 en cuanto a optar por el principio de constitucionalidad, a pesar de que permanecieron ocultas en las épocas más autoritarias y oscuras de nuestra vida republicana, hoy saltan a la vista y pueden ser efectivamente desarrolladas. En primer término, mediante el principio de constitucionalidad se obtiene una seguridad general en el Estado y en la sociedad al permanecer estable el último punto de referencia de la vida democrática, en la medida en que la Constitución queda al margen de los cambios de las mayorías. En segundo término, el contenido del principio democrático es ampliado porque ya no se basa solo en la regla de la mayoría sino también en la protección de las minorías. En tercer término, la ley resulta ser la expresión de la voluntad general en tanto está de acuerdo con la Constitución. En cuarto término, al ser la Constitución la norma suprema, ella traza los límites generales de todo el Derecho nacional, el cual debe estar basado en las exigencias constitucionales. Y, finalmente, la coherencia del ordenamiento jurídico, sistematizado jerárquicamente, se resuelve al ser la Constitución la que establece los sujetos de producción normativa. La Constitución resulta ser así la primera de las fuentes del Derecho y, en la medida en que regula las demás fuentes del Derecho, fuente de fuentes.

 

Ahora bien, el principio de constitucionalidad sería letra muerta sino se acompaña de un procedimiento adecuado de control de la constitucionalidad  de las leyes, tal como se impuso en los Estados Unidos a partir de la decisión Marbury vs. Madisón (1803) del juez Marshall. Por ello, el constitucionalismo dominicano, aún cuando no cuente con los textos constitucionales expresos que reconozcan la facultad de los tribunales dominicanos de ejercer el control de constitucionalidad, como ocurrió desde 1807 y desde 1942 hasta la fecha, siempre ha reconocido el derecho de las partes de alegar la inconstitucionalidad de las normas y la potestad de los jueces de inaplicar normas por inconstitucionales, aún cuando las partes no hayan solicitado dicha inconstitucionalidad. Esta carencia de textos expresos no es rara: aún el país que nos lega el control judicial de la constitucionalidad –Estados Unidos- carece de una consignación constitucional expresa del poder de los jueces de declarar inconstitucional las normas y allá en el Norte, como aquí en el Sur, el control de la constitucionalidad se introduce y reconoce sobre fundamentos derivados de los poderes naturales del juez. En todo caso, el control de constitucionalidad como mecanismo de asegurar el principio de constitucionalidad se refuerza a partir de 1994 al consagrarse, al lado del tradicional control difuso, el control concentrado de constitucionalidad a cargo de la Suprema Corte de Justicia con lo que República Dominicana viene a sumarse al concierto de países latinoamericanos que han optado por el modelo mixto de control de constitucionalidad.

 

El principio de constitucionalidad queda asegurado, además, por el procedimiento de reforma constitucional.  Y es que sería a todas luces antidemocrático que, para preservar la intangibilidad de la Constitución, no se estableciese un mecanismo determinado de reforma que, fruto de la autodeterminación política del pueblo en un momento dado, permita adecuar la Constitución a los nuevos tiempos. Como bien expresó el constituyente francés en el Artículo 28 de la Constitución de 1793”, “una generación no puede someter a sus leyes a las generaciones futuras”. Que se prevea un mecanismo determinado para reformar la Constitución permite modificar la misma cuando sea necesario y sin tener que acudir a la revolución o golpe de estado. Pero el procedimiento de reforma no puede ser el utilizado para la adopción de la legislación ordinaria pues, en ese caso, la Constitución estaría sujeta a los vaivenes y veleidades de las simples circunstanciales mayorías congresionales. Debe tratarse de un procedimiento que, al establecer una mayoría agravada para la reforma constitucional, ponga de manifiesto la superioridad del texto constitucional. Yo lo decía el juez Marshall: “O la Constitución es una ley superior, suprema, inalterable en forma ordinaria o bien se halla al mismo nivel que la legislación ordinaria y, como una ley cualquiera, puede ser modificada cuando el cuerpo legislativo lo desee. Si la primera alternativa es válida, entonces una ley del cuerpo legislativo contraria a la Constitución no será legal; si es válida la segundo alternativa, entonces las Constituciones escritas son absurdas tentativas que el pueblo efectuaría para limita un poder que por su propia naturaleza será inadmisible”.

 

Del principio de constitucionalidad se deducen otros elementos constitutivos del Estado de Derecho: (i) la vinculación de todos los poderes públicos a la Constitución; (ii) la vinculación de todos los actos del Estado a la Constitución; (iii) el principio de reserva de Constitución; y (iv) la fuerza normativa de la Constitución” (Obra citada, Págs.634-637, Impreso por Amigo del Hogar, República Dominicana, 2003).

 

Ya al final del capítulo sobre El Principio del Estado de Derecho, especialmente en el punto 5. Estado de Derecho y Democracia, Jorge Prats, dice algo que no debemos pasar por alto, en congruencia con Habermas y Riveras Ramos. Veamos.

 

  5. ESTADO DE DERECHO Y DEMOCRACIA. El Estado Constitucional de la actualidad no solo es Estado de Derecho sino también Estado Democrático. De ahí que todo Estado de Derecho debe ser Estado de Derecho Democrático. Los límites al poder propios del Estado de Derecho, como bien presentía Tocqueville, se hacen más imprescindibles allá en donde el poder emana del pueblo, pues el riesgo absolutista o totalitarismo es mayor donde aparece recubierto bajo la aureola de la voluntad popular. Pero el Estado de Derecho que no es democrático pronto pierde su legitimidad la cual solo puede ser hoy la que proviene de elecciones populares libres, celebradas periódica y regularmente. Sin embargo, una democracia que no respete los principios fundamentales del Estado de Derecho pronto también devendría ilegítima, pues el respeto de las libertades y derechos básicos forma parte de la legitimidad de los gobiernos. De ahí que el “corazón político” no hay que partirlo entre la voluntad popular y el imperio del derecho, entre la libertad positiva de la democracia y la libertad negativa del Estado de Derecho, entre la distancia y la defensa ante el Estado y su participación en éste. El Derecho y el poder pueden perfectamente articularse en el Estado de Derecho Democrático (HABERMAS). En la actualidad, no hay que escoger entre ser burgués o ser ciudadano, pues ambas condiciones están indisolublemente ligadas: también los derechos de los ciudadanos, de participación, de pluralismo político, están protegidos por el Estado de Derecho. Más aún, los derechos económicos, sociales y culturales del Estado Social en la medida en que son efectivamente tutelados permiten corregir las distorsiones que crea la exclusión total o parcial de los ciudadanos del proceso de toma de decisiones ocasionada por las desigualdades sociales y económicas que por esencia imponen severos condicionamientos al ejercicio democrático. (RIVERA RAMOS)”,(Obra citada, Págs.656-657).

 

CAPITULO VII (FINAL) DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

CAPITULO VII (FINAL) DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

VII

 


OTRA SERIA, EN CAMBIO, mi suerte; yo te había conocido a tí, Gala de San Juan. No en una circunstancia como ésta, en que el novilunio de medianoche va friendo en la obscuridad de tus pupilas el huevo de vicio que los astros allenderos pusieron sobre esos cachos luminosos que ahora miran al invierno y llevan apuros de hacer reincidir la perenne rondalla lunar de nuestros impulsos interiores. La nueva luna pone de perfil tu delicada flor de lis, y no estaba asimismo cuando nos conocimos tú y yo. Ni en aquella noche cruel de mis primeros pasos en que, de rodillas al pie de la cama de rosas, oré a Dios, pidiéndole que me enseñase siquiera el rostro, nomás el rostro de la mujer con quien estoy llamado a ser feliz en los días precisos que sobre la tierra El me da, vez tras vez... Y ese miamo día, Gala de San Juan,  no sólo tuve los detalles exactos de tu rostro de eclipse solar y ojos de Virgen María, sino también la interpolación misma de la luna en el plano de arcángel entre el Sol y la Tierra. Sabrás entonces por qué no estaba asimismo la luna cuando nos conocimos tú y yo, y se me vino al suelo el libro de Gogol que yo degustaba bajo la fresca umbriedad de la mata madurando las ciruelas en la mañanita.

 

El firmamento desprovisto de nubes estrenaba un nuevo día con el sol de las seis y media recién acariciando las montañas y con la luna de las seis cuasi perdida tras las sierras y el Lago Enriquillo. Se miraron así, de Este a Oeste, o Oeste a Este. Espléndidos, Eternos. Redondos. Perfectos. En la mañanita. A pesar de la lluvia a cántaros de la noche anterior, me senté bajo la bombilla del traspatio a responder por las horas que más añoraba el Maestro Azorín. Las horas volaron con la misma prontitud con que despiertan sus diferencias una isla de dos alas.! ¡Oh Isla de aislamientos! Pensaba  yo entonces que sólo la obra de Dios habla de Dios, cuando varias lugareñas te trajeron a casa en busca de las frutas para consagrárselas a Dios en un irreprensible rito de conservas; y yo extendí la mano sudorosa no por empuñar las tristes


monedas con las cuales solía madre comprar la azúcar y el café, sino para sentir en mi corazón la ardiente efusión de los centavos calentados por la palma de tu mano suave y hacendosa y parece, al ofrecerme también amistad, que fuerzas extrañas doblegaron tu poderío femenil, o que una piedad que rayaba en la chulería te obligó a comprender en un santiamén  mis apuros sublimes.

 

El libro de Cogol  se me vino al suelo, de improviso, al verte llegar, al distinguir tu presencia de estrella de sueño hecha fruta en la mano, y no lo recogí después de todo aquello, después de verte  partir con tu hermoso jaleo de impresionante espejo de olas de ardores perennes perdiéndose con la funda de ciruela en la mañanita. Sino que recogí la novela al mismo instante, nervioso; pero olvidóseme continuar la lectura de Tarás Bulba, y fuí derribado por la estrella que cayó de tus formas de mujer hermosa,  atrapado por la mañana voluptuosa que moría en tus riberas y que contigo se perdía, envuelta en tu todo de delirante hermosura, un indescriptible estado sintiente eternizó entonces mis angustiadas páginas en blanco. Luego, como último guiño de luna con el sol, releí las notas de Lis, eran tristes y las hice añicos. He aquí empero cómo tú has permanecido llena de luz, sobre las nubes de plata refulgente, sola como estrella que preside al alba para otorgarme la capacidad del rocío y que al día despide envuelta entre rahelos eternos, rebeldes, como rosa de lo porvenir que morirá con el alba, dando a luz otras rosas eternas y mejores; no sé, sobre las talladas páginas, dije:                                      

 

Magna-Gala

 


LA ESTRELLA que ha goteado de tus formas

Hasta mis ojos de agua ardiente  de   lunas  con

(galletitas de sol

Rotuladas en las charcas iluminadas de sombras.

Emirato de amor ciego, éso soy yo

Sabe amar quien nació de las ruinas de las

(alturas

Que han descendido a la Tierra

Con el regocijo de la semilla santa.

Para tus manos de seda enrejada

Serán luz las sombras de la ausencia.

¿Y quién  osará libertarte.

Si no has sido lavada por la gracia pura

(que te converge?

¿Quién? Emirato de amor ciego

Estrellas en desplome, Emirato de

Amor ciego. Tengo que ser

En tu algo nuevo que reconstruye la Vida.

Emirato de amor ciego. Toda tu

Religiosidad se dispara

Pero la Poesía no me ha separado nunca.

Emirato de amor ciego

Espero que las aves de tus sueños

Picotéen en su vuelo de rosas


Mi corazón de pétalo dormido en tu regazo

(de Virgen María

En la noche esta hora de claridades,

(y tan sola

Que sólo el mundo te acompaña

(con todas las palabras

Que no se te ocurrirán para nombrarme

(más que esta de amor,

 Sobre tu pañuelo aromado

De verdad alegremente aislada y solitaria.

 

Emirato de amor ciego.

Una estrella de amor, éso eres tú.

Una estrella de amor, maravillosa y pura

Que se levanta como palma sensitiva sobre la tierra!

 


 

 

LEEME Tú, ¡Oh Gala de San Juan!!, la carta dispersa de la multitud porque yo muero sin vivir mi alma gemela...  aun sufriendo... aun viéndote... en mis sufrimientos... en mi tierra... lejos  del mar... y sus canciones... Sin aire cosmopolita, ven y quédate con tus rosas en estos campos de esperanzas. Entre todos los imposibles sólo queda el amor. Todo apocalipsis. Locura humana, excepto ahora, en este instante, cuando te amo. Es cierto. Soy como niño que recibe de tí enseñanzas bíblicas y al que aun no le has preguntado siquiera por su nombre ni por el nombre de sus padres. ¿Seré acaso el fantasma azul de hace siglos y cuya alma no has podido espantar con tus rezos del rincón donde habíamos sido tan felices, junto al Cristo  resucitado por las temblorosas mieles de la luz de la lámpara en la noche?

 

Otra ha sido,  Artajerjes, mi suerte; aun sobrevivo para la esperanza de Gala de San Juan: cuando los rieles de la angustia se tendieron al ocaso ululante de mis sentidos, cuando tú apenas me habías besado con tu luz de luna, y la boca diurna de mis  horas hacia las ensoñaciones de tus mieles viajaba, entonces yo hice  un amago de pupilas que el mundo entendió como premoniciones del tiempo., y hacia mis débiles alas de ángel recién creado corrió, y corrió sólo la noche, y mi corazón de tren sin sentido lloraba, lloraba como el mar, a veces. Lloraba desde todas las cosas que al hombre se las hace imposibles, estando entre sus manos. Era la sangre cristalina emergiendo de la roca inamovible del tiempo, y yo lloraba por tí, ansioso, yo lloraba por tí; y el viento rastrero que iba haciendo hileras de engañosas serpientes como las nubes vacías que se paseaban siempre rozando el gastado espejo de sus túnicas, temían al límpido brillo de mi sinceridad pura.

 


La noche toda corría hacia mi corazón herido.!Oh noche  cruel! Cuando la pesadumbre de tus sombras destruía la barca de mis emociones, fuí entonces como una libélula bajo los duros flagelos de los milenios. Con mis antiguas herramientas y aprehensiones volátiles como las hojas en las férreas manos del otoño, aprendí la eternidad de la vida subyugada por mediócritas montañas de piedras. Sin embargo allá, en el fondo sin final de la muerte infernal, aun estabas contra mí, contra el frío de pétalos dormido de mi alma candorosa. Entonces... Entonces... oh noche cruel... telúrico lago de fuego que nos oculta las estrellas del ser con sombríos vagones... Entonces yo deambulaba como muerto por un  mundo de rieles angustiados y obligatorios,  andaba queriendo vivir mi alma gemela,  andaba llorando este Amor, Gala de San Juan, y desvivía obligatoriamente con tu Amor a cuestas; y veía al mundo del Amor trocado en un largo silencio.

 


Entonces, bajo el palo de sombra de todos los días, el silencio fue mi primer amor en la tierra, porque yo había nacido para amarte con el secreto lenguaje de Dios sobre los mares de luz de la canción eterna. Mis padres son, o serán lo que son. Dos viejos labriegos del Espíritu Santo que con sus sudores también abastecen el mercado del mundo. Obraron hasta otro nuevo testamento de savias y oraciones y floraciones sempiternas. Allí, después del ciclón devastador, jugando, solo, sobre el lomo de un pámpano de vívere derribado sin piedad, o en los anchos salados de palos de leñas de cambrón, o perdido en los horizontes de muerte tras un tindío escapado de padre entre los charcos de gallinas de agua hasta alzar vuelo, allí intuí de niño cómo el hacer que jamás justifica el obrar es uno sólo desde su periferia ejecutora hasta el adorable regazo de la tierra-madre. Allí fuí todo amor. Premoniciones del tiempo. Y ennegreció el cielo. Empezó a romperse el cascarón del mundo desde las primeras tronadas ; el hombre se re-ligó en mi palabra y mi casa no era ya solamente mi casa, sino un gran hogar sin paredes en sus horizontes, ni techos en  su infinito de magistral sepia.  En esas visiones anhelantes como mariposas del sueño los truenos templaron, libertaron las dimensiones de la vida que alimentó el trabajo crístico y mayúsculo de quienes nomás han vivido en pureza... Mas sin emargo la niñez y la juventud son tan sólo un accidente de astros allenderos...  Entonces llegas tú,! Oh Gala de San Juan!, amor de amores que revelado me habías sido. Tal cual eres. ¡Oh, sangre cristalina emergiendo de la roca inamovible del tiempo! Y yo, yo habría de buscarte, llorando, yo habría de buscarte por doquier con mi amor a cuestas;  el amor del  mundo era el mío, y yo era el mismo Universo que, secretamente, sobre la ardiente palma de tu mano suave y hacendosa, esperaba para el fruto la eterna maduración de la flor, como antinomia del ser.

 


He aquí empero que recién amanecí cuando amor era floración al mediodía. El alba estaba desde el tallo a la raíz, desde  el alumbramiento hasta la inmortalidad del perfume. El hombre-poeta, así estremecido, sabía su dignidad en cuarto creciente. Pero la corona blanquecina era inconmensurable. Dentro del círculo cósmico, dos estrellas distantes, y un aura lunar, me sabían más del  porvenir en aquella aptitud ínsita. Y todo, hasta lo feo, a mis ojos, si poseía ese hálito de espiritualidad, era más bello aún, y vienes cual Virgen María para que yo te ame, locamente, cuando nomás os ruego que me leas la carta dispersa de la multitud. Padre me puso a existir, cuando me dijo: “Hijo mío, prepárate para la vida; debes resistir las pruebas, y vencer las tentaciones”, y un ángel de luz me ha revelado que tú no has venido para ser ni una prueba ni una tentación. Y es más: no has venido. Gala de San Juan, no has venido. Sino que te ha traído este amor de amores, este hogar que ha dejado de ser mi hogar para tornarse en la casa sin término del cosmos, lagrimeando en los ojos  de la eternidad.

 


Otro fue tu infausto destino, Jerjes; mira el llanto que he sobreseído poniendo los codos sobre las sierras, ciega esperanza de vendimia de desvelos, tierra que pisa el niño en medio de las plenas y la polvareda que levantan los hombres haciendo el surco, o las altas laderas de piedras con acróbatas críos caprinos, o la dulce barranquerita de frío nido vaporoso de algodón en tus narices de regolas húmedas con sombras de pequeños vegetales y de limoncillos o de matas de mamón o caimitos goteantes de frescura en sus orillas, como tu pupila de tórrida sonrisa después de un buen poco de alegría y de chascos marinos. ¿Quién me ha traído este día  sin luz, sin agua, sin manzanas, y que es una mortaja inconmensurable de mañana a tardes de lágrimas de acacias? ¿No has sido tú, Gala de San Juan? Lo sé, cuchareando tu caldero de nido de hormiga en hileras de furias, y este amor trascendente que me anega con su zumbido de abeja en cada estremecimiento inequívoco, no puede darme una resolución distinta a ésta: “Te amo”, y mi amor se va contigo porque pondré esta greca al anafe de brasas encendidas de tus manos;  y la naturaleza como sabia abeja prodigiosa la hará saltar del anafe justo con esta instantánea palabra que te digo: “Mi amor, amor” y ves cómo queda sin embargo en la greca un sorbo igual al último granito de azúcar que nos queda sobre el esquinero del mundo. Y pensaré nuevamente en tu amor, Gala, y continuaré,  a contra vientos y mareas, amándote, Gala de San Juan, porque eres como el mar en cuyas playas las olas hablan en plural,  y  hallaré ciertamente ese algo nuevo tuyo que reconstruye la vida con otra resolución inequívoca, continua y a título absoluto y amoroso alcanzando tu boca rosa: Tengo  que dejar sobreseído el llanto.

 


Tengo que dejar sobreseído el llanto. Me acuerdo como ahora en que el tiempo vuelve a detenerse a tus puertas eternas. En uno de esos empujes del alma, que tanto aturden al corazón sufrido, escribí una frase sobre una hoja verde en el campo. Luego en casa fue explicada la frase por una sucesión de frases inexplicables hasta quedarme paralizado. Agónico. Demolido. Loco. Era la última palabra gris que, a su vez, era la génesis. Realmente la palabra-verbo no hubiera tenido ninguna significación como parte in-fine de los  otros vocablos sucediendo a aquel silencio de trágicas mariposas de julio en aquella sucesión invisible, si no hubieran consentido el pronunciamiento de tu nombre de envolvente virtud, Gala de San Juan; y ya tú sabes, Gala, cómo habrían de venirse concurriendo estas otras frases de acacias cueciendo la noche?

 


¡Qué providencial me has hecho tú, Oh Gala de San Juan! Todo ha podido quedarse en un poema, como el sueño que nos oprime y luego el alma, estremecida, no recuerda. Todo pudo haber sido conocerte, y olvidarte. Amor me ha hecho dolorosamente distinguir distancias. Desvivir el ensueño. La nostalgia de vidrio cortante que es la vida. Impresionado siempre ante la virtuosa mujer del Rey Lemuel, no he desoído estas palabras aisladoras y definitivas  con las cuales me has apedreado.

 

Yo vivo casada con Jehová Dios de los Ejércitos, Alma de mi Alma, lana y lino lejanos para mi mano voluntariosa; me he casado con Dios, y sólo a El pertenezco, ¡Señor mío!

 

En esas palabras tuyas estará la conformidad de mis días terrenos o la salvación de la velita del alma que nomás espera el reino de las sombras para entregar su luz de esquinero roto. Creo podría yo buscar en tí aquello que la mano de mi padre dejó de darme, y que no he dejado de recibir de  la mano de mi madre,  bienaventurada. Y es que el amor, Unico y Supremo en su Justicia y Equidad, ha hecho nido sobre el perenne juego de tu piel, y en mis tormentos de huracanes, sólo a la Unidad me convocas para luchar por una sola Libertad, de todas las que nos quitan día a día. Locura humana. Apocalipsis. ¿Cuánta Libertad imposibilitas, Alma de mi Alma, blanca paloma mía cortando los aires libres de mi respiración celeste? Y he aquí que te amo ante Dios, sobre todas las cosas, con tu rectilinidad y tus humanas locuras poniendo en pie de lucha los arrabales del corazón!...

 


 

Me hubiera gustado tener otra suerte, aunque no precisamente la de Artajerjes, que ahora está en el fondo del abismo. En el fondo del absorbente hoyo negro de la tierra, sepultado por el derrumbe de la casa en tinieblas. O quizás estaría de tránsito con mi corazón de nube y sólo estuviera con las sombras y milenios de silencio, si Artajerjes hubiera sido yo. Pero no, yo soy este que soy, y mis sueños aun son otros y mis pesadillas son tuyas, ¡Oh Gala de San Juan!, porque tú eres la que vive en la ciudad del amor, en donde no se precisa de la luz del sol ni de la luz de la luna, o en la futura alba  de esta invasión poderosa  del sol sobre las montañas del oriente.

 

Cuando Vellamar te llamó jíbara vieja. Más hermosa que toda mujer para el bien nacida. Cuando tu voz melodiosa y suave me  condujo a ver con los ojos de luz la ciudad del sueño. Entonces mis ilusiones de lagartija imposible, hacía que el cuerpo de la casa en penumbra fueran más inmensos que el quicio inconmensurable de la  puerta del cielo. Y recibí de tus propios labios la noticia terrible. Con el beso de despedida,  me arrojaste la noticia de que te  ibas de viaje. Seguirías sobrevolando esta estrella en tu sitio latino, y partías de traslado hacia otro país. O no sé, a Puertorro, a confirmar tu casamiento con Dios. Cuando sus ángeles  de abandonaron como a una niña huérfana, qué encontraste aquí después de tu sacrificio en Haití...  ¡Ah, la calumnia! Entonces me confesaste, diciendo: “¿Por qué no te conocí antes de mi misión a Haití, donde fui prisionera del general Cedrás, abandonada y huérfana de apoyo internacional? ¡Tengo que partir, alma de mi alma, lana y lino para mi mano voluntariosa! Debo decidir mis votos”. “ Tu vocación es el amor, Gala de San Juan , el amor”. Te amé desde el momento en que te oí decirme : “ Yo soy esta que soy; soy Gala de San Juan. Sólo amo la Vida y la Ventura de Vivir. Lo que importa es lo que queda aquí, dentro del pecho, o aquí, en la cabeza, ¿no?”. Entonces lloré, lloré amargamente, horas  enteras, tirado boca abajo sobre el lecho de espinas, hasta que quedé  dormido lloré. Profundamente dormido, fue entonces madre quien me desvistió luego, como a un niño enfermo.

 


Permanecí de ese modo mucho tiempo durmiendo. Desde antes de verte caer, ¡Oh Artajerjes!, al abismo de tu casa en derrumbe. Y yo te vi caer desde el filo de la lunita, y te salvó en vano el novilunio en medio de la noche cósmica. El Universo es como un caracol entre incontables caracoles infinitos y eternos. Una luz intensa casi me quemaba las pestañas. En medio de aquel sueño nostálgico, creo que yo conservaba cierta lucidez. Diríase que dormía con un ojo a medio pestañear en medio del cosmos, o que pude escaparme de los confines luminosos de las constelaciones. Lámpara en mano, de cama en cama, de hijo en hija, hasta llegar, finalmente, adonde mí, madre venía matándonos los mosquitos dada la vejez de las colgaduras de las camas. Apenas levantó el mosquitero por un canto del lecho, cuando me vio convulsionando. Gravemente. Sorprendida, quiso gritar o huir o morir, o qué sé yo, mejor imploró una solución. Entonces escuchó la divina voz del encendido pabilo  de la lámpara cuyo gas también llegaba a su fin, que le dijo:


No, Mujer, no. Si despiertas al muchacho llamándolo por su propio nombre puede que no regrese al mundo de los vivos. No, Mujer; tiene pesadillas el muchacho. Convulsiona gravemente. Desde hace tres cuartos de horas. Una muerta lo aprisiona. Entonces ven, quítate las manos de la cara y no llores más, pon la lámpara esta sobre la mesita de la peinadora, y agarra al muchacho con fuerzas, por los pulgares de los pies. Y llámalo, llámalo por otro nombre pero que se le equipare, en voluntad centrípeta, al suyo; y verás, Mujer!...  

 

Para una Madre la sola idea de perder uno de sus hijos, es una circunstancia dolorosa, atroz. Por eso madre agarróme con una desesperada rudeza por los pulgares de los pies. Fue entonces cuando alcancé a ver dos  estrellas fugaces que se desprendieron a un tiempo del estrellado cielo y en la misma esquina de la noche alta y constelada. Madre me llamó, me llamó, sobre todo al oírme en plena inconciencia, diciendo: “Señor, ten piedad”, “Señor, ten piedad”, “Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, aquí en la tierra como en el cielo, el pan nuestro de cada día dánolos hoy, perdona nuestras ofensas como nosotros perdónamos a quienes nos han ofendido; no me dejes caer en tentación, líbranos del mal, amén”; y es, entonces, cuando hace la indicación salvadora de la mecha reseca de la lámpara de gas, gritando:

 

Artajerjes!        Artajerjes!  Artajerjes!  Artajeeerjes!

 


Como nadie se espanta el sueño en un abrir y cerrar de ojos, no fue sino cuando me interrogó por tercera vez: “¿Qué fué, Enoelio José, qué  fue?”, cuando pude explicarle a madre todo lo soñado. Todo lo vivido en lo soñado. Sobre el borde del lecho de rosas. Sudoroso. Madre no pudo más que volver a llevarse las manos al rostro de Virgen María, haciéndome saber: “!Ay, Dios mío! Enoelio José! Debiste lavarte primero la cara, o contárselo a un palo verde para que lo absuelva, antes de contarme esa pesadilla.. ¡Ay Dios mío!” En el levante una estrella refulgente como ninguna otra bendecía al nuevo día. Se apagó la lámpara por la falta de gas, pero el cuarto clareado por la entrada de cristales rotos del alba que nacía en el pico de luz de los gallos del ensueño.

 

Es verdad que no entendí nada en absoluto. ¿Por qué debía uno lavarse la cara o contarle a un palo de sombra el sueño de muerte, antes de contarlo a otra persona? El alba, como una rosa desmayada, en la claridad lánguida de la casa en penumbras. La vida, en verdad, pienso yo, Enoelio José, es como quien lava y tiende. Madre y yo nos quedamos llorando. Abrazados. Llorando mariposas caídas en las jurunelas de julio, viendo la lámpara que humeaba sola por la falta de gas. Entonces seguí viendo el rayito de luz solar que se filtraba por una de las rendijas de la puerta de tablas, haciendo algo así como una escalerita luminosa y circunspecta con el polvillo de sombras huyentes y que subía, subía al cielo cuyo espíritu ha sido libertado ¡de pronto! del negro tapiz que ahora cubre el mundo por esas calles del Gran Maestro.

 


Madre y yo nos quedamos llorando, abrazados. Una nube en cruz en medio del alba, sobre las montañas, como si Montalba hubiera venido desde el más allá a recibir tu alma, ¡Oh Jerjes!, estremeció la ciudad en tinieblas. Empero, el viento que viene del Lago Enriquillo y baja a la ciudad del sueño desde la Sierra de Neiba, y anda por esas calles mostrando a todos el telegrama sin fecha del grito al cielo como copo de algodón, justo con el nuevo día de mágica escarlata que aún se recreaba en el cancionar de los eternos gallos del ensueño, tiró por la rendija de la puerta de nueva luna en la casa  sacudida,  ¡Ay ahora!, por otro temblor de tierra, la noticia inesperada:

 

Se matóoo .... Artajerjes!  Artajeeerjes....  see... see matóoooo!.

 

 Y entonces, doce hora después, precisamente a la hora del sepelio de Jerjes,  llovió a cántaro: y yo, ¿qué decir?, esa tarde lluviosa, de regreso del camposanto, me aguareció bajo su paragua el amor de mi vida, como prueba que al fin y al cabo los que nacemos aquí, en nuestra tierra, somos también los unos para el otro, que nadie nace sino para el amor. Nos amamos y luego somos. Un año después dio a luz a nuestra primogénita, para mi felicidad, como un definitivo cruce de caminos, ¿no?...

 

Fin de la novela Un Sueño de Gala.

 

NEIBA, prov. Bahoruco, R.D.;

Febrero/1990.-      

CAPITULO VI, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

CAPITULO VI, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

VI

 

SI, ATRAPADO EN LA órbita sombría del sueño de muerte, dormido como ciudad perdida en medio de la luz, ¿cómo podía yo hacerte compañía? Madre se había levantado a altas horas de la noche como siempre lámpara en mano, a matarnos mosquitos llenos de sangre, dada la vejez de las colgaduras de las camas. En éso, seguí durmiendo, y tú pensaste otra cosa increíble pero cierta: durante un año una noria de agua helada salía desde el fondo de la letrina y el agua (fofa hasta que se vació todo la inmundicia) se resumía a unos metros sin pasar a otros patios vecinos. El agua se quedaba en el mismo patio de la casa, como culebra sin cabeza que sale por el hueco del tronco de guayacán para meterse por el otro portillo del corazón de aire del mismo palo eterno, y ello te daba continuas pesadillas y un gran desajilo. Hoy sucedió lo que tenía que suceder, sin embargo. Acaeció que tu casa se derrumbó. Toda la superficie cuadrada del solar cedió a aquellas jurunelas insólitas y malignas y te fuiste abajo  con la  catástrofe  y todo; pero no, yo te ví caer desde el filo de la lunita, y la lunita se volvió una paloma veloz y clavó sus finos alfileres cósmicos en tus pañales de nostálgicos sacos de harina y te salvó de la caída fatal.


 

 

Despuntó el alba, cuando el novilunio te soltó sobre el techo del Vallegrande. Te miré caer y evité que cayeras aplastado, aplastado bajo ese derrumbe de rocas milenarias que sostenían al suelo de tu casa en tinieblas. Sombras. Agua hirviente. Abismos. Toda la noche cruel cerrándose en tu herida para darte el despunte del Amor perdido en la mañanita. ¡Ah!, Montalba se ha escapado del más allá.

 


¿Quién era, empero, Montalba? Más tarde el cielo quedó trepado de luz solar, pero desde lo alto de la montaña viendo que las bombillas de tu casa se hacían añicos sobre los paloeluces, apenas te pusiste de pie y te lanzaste al abismo a morir junto a tus tablas de versos deshilachados, junto a esos bidones plásticos en que permanecen hecho polvo los tuyos. Allá en el fondo del absorbente hoyo negro de la tierra. Entonces, Oh Jerjes, te tiraste a morir.

 

¡Te tiraste a morir! En la vida es más difícil ser que no ser. ¿Quién era, empero, Montalba? ¿Te acuerdas? Entraste al aula como de costumbre, pero el duro peso de la realidad te hacía menos soportable cada día cruel. De suerte que iniciaste la clase bañado de cierto nerviosismo clandestino. Al vivir los primeros momentos de cualquier circunstancia singular, siempre era así, como quien se tira de cabeza a Las Marías con ese regocijo de quien sonríe con el designio inexorable de no volver a llorar. Así que terminaste la clase de geometría con el dictado de un par de teoremas capitales para que fuesen resueltos por tus alumnos al instante de tus sensaciones de cielo terriblemente claro.

 

Tus alumnos pegaron sus esperanzas de cangrejo a las butacas para poder resolver aquellas ilusiones teoréticas. Tú permanecías de pie ante el pizarrón obscuro. Tu pensamiento medio se iba al rostro de la bella Montalba, tal como se lo habías visto el día anterior en Las Marías, bañándose, mientras nadaba y nadaba sobre un tubo de tractor. Nadaba feliz, salpicada de cristalinas gotitas de aguas frescas y mostrando al sonreír la perfecta dentadura de su boca de níspero y miel de abejas.



Montalba era una mulata de una extraordinaria  feminidad . Su padre fue un oficial de ejército que prestó servicios patrios en la ciudad del sueño. Tenía tres hermanas que solían hablar en jerga cuando estaban junto a alguien respecto a quien deseaban expresar alguna cosa que pudiera ofenderlo o subirle la guinea, y no vayan a salir de pleito. A la casa del primer teniente frecuentaba un gallero que bajaba semanalmente de la loma de La Fortuna y sabía traer pollos de raza para que fueran alistados en la traba del traspatio y en los días de gallera sacaban de los rejones de tablitas un par de púgiles de plumas, los echaban bien rociaditos en blancas fundas de hilo fresco y se iban con ellos besando sus espuelas asesinas a la gallera sabatina, o a cualquier otra en turno, a apostar sus ejemplares de combate. En una ocasión en que entrambos galleros salieron de juego, el mulo en que siempre venía el socio del padre de Montalba había sido amarrado no en el sitio de costumbre, sino al tronco de la mata de naranjas que ofrecía su aroma agridulce a la vera del anexo que servía de cocina, y la bella Montalba venía barriendo hasta pasar por la vera del animal, y el cuadrúpedo era bravo y tiró una coz tan peligrosa y con una fuerza tal que la escobita con que estaba barriendo tu Julieta fue a parar bien lejos, y, ¡Ay Dios!, si no hubiera sido por los prontos “Auxilio, Auxilio” de la propia Montalba, ésta hubiera terminado muerta a destiempo bajo las patas sacrílegas del animal. Pero el mulo colorado del gallero no duró en retroceder chorreando el mate del ojo con los escobazos que tú lograste propinarle en un arranque de nervios salvadores. Montalba pensaba con razón que te debía la vida y en muchas ocasiones se te vio con tus ropas humildes y limpias cenando con ellos en su mesa de gloria.

 

De suerte que Montalba no se había dado cuenta que tú estabas allí bañándote, después de tanto tiempo. Nadaba en un tubo de tractor acompañada de un antiguo condiscípulo de la normal, y que inmediatamente identificaste como Daniel. Pero Daniel Villanueva se puso echar cuentos de caminos que tenían tan poca gracia que el pobre terminaba carcajeándose para obligarla a mostrar una vez más su dentadura de granada bien endulzada por la naturaleza. Otras veces, en cambio, Daniel detenía el cómputo del relato para ver de reojo esa penca cosa que se divinizaba sin libertad bajo la fina tela negra del bikini, y tú temblando al otro extremo de Las Marías celando además esos senos poderosos cubiertos delicadamente por el escote también negro, y sus pies sumergidos en las frías aguas


de piedras cambiantes como su profundidad de espejos a puertas cerradas, y tú celando todo su cuerpo de delirante hermosura, salpicado de gotitas cristalinas besadas por la tibia luz del sol y que la hacían un providencial bocadillo de rey aprisionado entre pulidas capas ambarinas. Entonces tú te tiraste de cabeza al fondo del agua desde lo más alto del palo verde de la orilla de la carretera y Montalba, sobre el tubo de aire, al verte, sintió deseos vehementes de ser la fuente de aguas vivas que te recibió con un jubiloso espumaso, y el susto que ella sufrió al verte cayendo de cabeza casi la derribó de la palma, pero la retuvo el tubo de aire bajo el sobaco  en que nadaba y parece que su acompañante pensó que la vida no tiene equivocación, puesto que miró Daniel hacia todos los lados como buscando saber si había pasado solo esa vergüenza de amar un corazón locamente  ajeno. Después ella nadó, nadó hasta el tronco de palma real donde tú tiritabas por un rayito de sol en medio de Las Marías... No supiste en qué momento se había esfumado entre las aguas el acompañante de Montalba, y así pudieron hablar y responderse cosas y contarse otras cosas, hasta que se le agotaron los temas habidos y por haber, y entonces vino el amor y abrió las puertas afectivas del corazón, cuando ella te preguntó: “En verdad Artajerjes, fui yo el amor de tu vida, o un amor en tu vida”.

 


Entraste al aula como de costumbre, dictaste al final de la clase de geometría un par de teoremas capitales que tus alumnos trataron inmediatamente de resolver. Entonces Montalba vino a tu encuentro. Allí, ante el pizarrón obscuro, estabas con la mirada perdida; y la voz de un niño, clara y celestial como era la tuya cuando  conociste a Don Prado, pudo retrotraerte al aula.

 

Profesor, profesor...

 

Ajá!, dígame alumno; ya terminó?

 

Sí, profesor.  Mire.

 

Ah! Sí.  Y los demás, ¿ya terminaron?

 

Nooooo!

 

Era Montalba la canción del mediodía, la luz de media noche, pero te tiraste a morir.

 

Entonces, Abram, espera que todos hayan resuelto sus teoremas. Para que los corrijamos en conjunto, en la pizarra, sí!

 


Era la canción del mediodía, era la canción de medianoche, era el amor de toda una vida, colocando a una esquina del corazón sus rosas insomnes, y tú proponiéndote un pétalo del alba, sin pensar que mañana un “sí” tan grande como una oleada tempestuosa los volverá un pez para la noche que no roza la otra orilla del mundo sino al final, al final de la tibia agua cristalina.

 

Nunca habías visto el viento sentado al pie de un árbol y el amor que es como el viento tejía un nido de claridades a su pie rosa. Estabas en condiciones de despreciar las hazañas que un día pudieran obnubilar las cejas del alma. Mas la Providencia que aroma la vida era rizo de otra ribera de peces desentendidos bajo los mismos cielos complicados de la Muerte que nos libera.

 

Profesor, profesor...

 

 

Dígame alumna...

 

Ya resolví los teoremas, mire.

 

Ah sí!

 

Y los demás, ¿ya terminaron la tarea?

 

Nooooo!

 

Entonces Justina, esperemos que todos hayamos terminado.


 

Era la canción del mediodía, era la luna redonda que todo hace esplendoroso, y que otra densa galaxia advierte con su pozo negro al centro con penas para otras horas de ojos de cocuyos llorando y que van como estos genteros días ganando distancias al hombre con el Tiempo. Las pulsaciones cósmicas son tiernos resuellos de muchachas perdidas en el espacio de la esperanza sin luz ni luna. Después del café caliente del Destino, había que desear la ardiente sopa que rompe los hervores montecinos del alcohol y los ajíes siete–pailas de la mar grasosa y ondulante de la obscuridad a puertas cerradas del recuerdo.

 


Era Montalba la canción del mediodía, era la luz de medianoche, la luna perfecta a punto de destruir la muerte con su rayo... Mas sin embargo como lo más que existe es la naturaleza, esta fortaleza de sueños, esta espada de ilusiones rodará hecha polvo sobre el polvo de la tierra;  quedarán hechos con el paso de los siglos gallos del sueño que no pueden ser derrotados en la valla abierta del corazón, presumiendo que el hombre es una palabra, una palabra bravía que habrá de pronunciarse a sí misma aun después de la carta blanca de la Muerte, aun después de los blancos huesos de la Memoria, o aun después de esa manzana-galaxia de un Universo que es como un caracol, y que todo lo redime entre caracoles cósmicos por las nubes de negro profundo de sus emanaciones de muchachas soñando plenilunios en luna nueva de julio de azul amanecida sobre la mano de Dios.

 

Era, sí, la canción del mediodía. Montalba, la luz de medianoche, la luna redonda que todo hace esplendoroso. Y te había preguntado: “ En verdad, Artajerjes, fuí yo el amor de tu vida, o un amor en tu vida?”. La vez que viste a la bella de Montalba saliendo esplendorosa, extraordinariamente bella bajo el cielo de estrellas de fin de julio, junto a los suyos, en la fiesta de despedida, debido a que su padre había sido ascendido a comandante y, al mismo tiempo, trasladado a Las Damas... No pudiste, entre tantas amigas de la familia, hablar con ella. Además, los jóvenes dameros golperan los viandantes anamorados en ese tiempo, como ellos eran goleados en la ciudad del sueño, ¿no?. Tanto tiempo perdido, entonces. ¡Ah! Después de esa vez no la volviste a ver sino en Santo Domingo, en tiempos en que hacías esfuerzos heroicos para conquistar el progreso, académico, y volver a servirle razonablemente a la ciudad del sueño, tras un ideal imposible.

 


Y es que tú y Montalba eran como dos puntos para una misma coincidencia. Era precisamente allí donde coincidían en donde comenzaban a diferir. Encontrar la explicación no fue como buscar una aguja en un pajal, sino como identificarse con el guiño de ojos de una estrella solitaria dentro del concierto de las constelaciones oníricas. En verdad, nunca dejaste tus deberes para montarle una yuca bajo las alegres sombras que estaban enfrente del recinto escolar, ya que un amor como el tuyo y Montalba  precisaba de menos coincidencia en la vida para poder llegar a ser en un sentido único y verdadero y que les permitiera desligar el afecto conque eras recibido en su hogar desde antes de salvarla del ataque sacrílego de un mulo embravecido, y que fueran más intrépidos y desafiantes y astutos y se lanzasen secretamente al encantador abismo del amor y de ese modo tantos ensueños de niños no se hubieran tardado tantos siglos para aflorar a tierra, como esas fuerzas cohibidas de los ríos subterráneos.

 

Sin embargo la declaración de amor vendría después; luego de muchas averiguaciones tu compañero de pensión logró localizártela. Entonces le montaste la guardia. Montalba llevaba en la mano una funda plástica con rolos. Tú estabas de yuca, en la esquina..... Cuando ella te alcanzó a ver, un sacudión le tumbó la funda de la mano. Te vio venir sonriente. Ella, en cambio, nerviosa, recogió la funda con rolos y corrió, corrió. Entró a la casa más próxima del vecindario, y cerró, nerviosa, tras de ella, la puerta...


 

¡Oh Dios mío! ¡Qué hacer! No, fuiste y tocaste aquella puerta. No podías darte por vencido, esta vez. : ”El hombre bueno - pensaste haciendo honor al difunto Prado, - no puede ser tibio; debe ser un hombre de iniciativa”. En lo alto del cielo capitalino, un color lechoso presidía la tarde inmortal, y el trajín de vehículos, por ese barrio, era escaso y tortuoso.

 

Buenos días, joven, ¿qué se le ocurre?

 

Escuche señor; yo soy una compañera de estudio de la señorita Montalba, y...

 

Y usté quiere verla, ¿no?  Pero ella no vive aquí, sino en la casa de enfrente, en ésa, joven.

 

Sí señor, lo sé. Pero, le ruego que me permita saludarla, señor, por favor.

 


Ante semejante ruego tuyo tan adecuado, el hombre dio la espalda y fue por Montalba. Te dio entrada y te dejó en la salita con piso de mosaico, muebles de pino y estante con televisor y aparato de música y cuadros varios en la pared de arena. Desde allí podías  oír a la bella Montalba inventando mil excusas por no recibirle. Pero finalmente el buen hombre la amenazó con llamarte para que fueras a  saludarla a la terraza; y ella, ante tal encrucijada, optó por dirimir su actitud infantil. Era la canción del mediodía, y estaba, estaba enamorada, furiosamente enamorada! Tan pronto vino decidida a hablarte, conversaron de esta manera, de corazón abierto.

 

Con que... con que vienes tumbando la casa ajena, Artajerjes.

 

¡Oh Montalba! Mucho me extraña que tú, precisamente tú me digas eso. Siempre he sido de confianza entre los tuyos.

 

Sí. Es verdad, Jerjes; entre los míos, pero no en la casa ajena.

 

Me excusas si te he importunado, Montalba, pero te he buscado por todas partes desde que me inscribí en la universidad. Hasta encontrarte. Son tantas, son tantas las cosas que tengo para hablar contigo que te las podría decir todas, Montalba, con un monosílabo.

 

Veo que estás muy filosófico, Artajerjes.

 

No es filosofía, Montalba, sino la vida. La vida es, Montalba, una elección, venturosa o fatal, pero elección al fin.

 


Bueno, yo, yo no puedo recibirte ahora. Esta no es mi casa, Artajerjes. Ves que me voy a enrolar la cabeza, y mi amiga Lorenza va a salir, y es quien me enrola siempre, ¿ sabes?

 

¡Oh, sí sí! Sólo pedí permiso para saludarte. No más, Montalba. Pero dime, ¿cuándo puedo venir a visitarte.... Montalba?

 

Yo... yo... Artajerjes... yo, no, yo no puedo casi ni recibirte. Pero... déjame ver... Ah! Sí. Será grato hablar contigo, Artajerjes. Mamá, que siempre te menciona, te recibirá con alegría. Ven el domingo, sí, a las cinco de la tarde...

 

Que la paz de Dios sea contigo, Montalba.

 

Y contigo también, Artajerjes. Sí, hasta luego.

 


¿Viste otra vez? Eran dos puntos para una misma coincidencia que terminaría separándolos definitivamente. Oscar Felix, tu amigo de pensión, a esa misma hora se sintió acorralado por la indiferencia capitalina, y vino adonde él te había localizado a la bella de Montalba. Tú no sabías que el padre de tu Julieta había fallecido. Ni sabías que su madre, desde hacía unos meses, se encontraba enferma. Tampoco sabías que sus hermanos eran militares de carrera. Solo sabías que la amabas locamente. He aquí empero que ya Montalba se había terminado de enrolar adonde su  amiga Lorenza cuando llegó Oscar Felix, preguntando por tí. Allí, en la casa, le contestó Altagracia, prima de Montalba, diciendo: “Artajerjes Valle Mar? Dios qué nombre!”. Fue entonces cuando llegó Montalba y hubo buenas atenciones para Oscar, el amigo de Artajerjes. Allí estuvo, hasta que miró al novio de la hermana de crianza de tu Julieta y la acusó de haber dado amores a un joven sin ninguna hombría revolucionaria,  sin aspiraciones concretas. La UASD había creado un mito, sí, te acuerdas. Todos aquellos revolucionarios, después de graduados, olvidaban sus bellos discursos,  vivían a espaldas a lo que ellos aprendieron a llamar pueblo, sociedad. Y se acabó todo. Quizás pensaron dime con quién andas  y te diré quién eres, y se acabó todo. Todo al suelo. Después de aquella indiscreción de tu amigo de pensión, inútiles fueron tus ruegos y llamadas telefónicas para que Montalba, la bella y orgullosa Montalba, te oyera siquiera un segundo.

 


Venir uno de padres que eran adolescentes apenas, cuando supieron que los mismos apellidos se pisaron   la  cruz blanca del hogar. El fruto del amor de los adolescentes, ya hombres y mujeres procreados para continuar poblando la ciudad del sueño, no pudo ser el canto del gallo anunciando el nuevo amanecer, al ser rechazados por las raíces de ambos árboles genealógicos.  Y venir uno al mundo para que el luto que no cesa como fuente del odio sempiterno por la sangre derramada, siga cayendo sobre la cabeza de inocentes generaciones. Y amarse ahora, amarse con amor loco. Amarse con pasión eterna,  caer de rodillas, implorante, cayendo al fondo de la tierra, sin tiempo para recordar en cada estrella no aplaudida el canturreante  Keats: “Lo hermoso es verdadero y lo verdadero es hermoso: eso es todo cuanto sabemos en la tierra y todo cuanto necesitamos saber”. ¿Por qué desvivir esperando príncipes azules, princesas azules, cuando nacemos con el amor entre nuestras manos? ¿Acaso  no es hermoso saber que en la ciudad, no pudiendo darle una educación particular a las capas privilegiadas, les deba a éstas las aulas A y B, y las otras letras del abecedario, la mayoría por cierto, eran para los desamparados de la fortuna oficial, reforzando una clase psicológicas que los separada de todos, desligándolos de la realidad, de su tiempo, del papel que  la naturaleza les ha llamado ajugar?; entonces esperamos al que no quedó de llegar a compartir nuestro destino; y ésa era, ¡Oh Jerges!,  tu desgracia en relación con Momtalba, ¿no?.

 

La vida empero es así. Montalba te contó todo. Vio que eras  distinto, fiel. Desvivías entonces. Amor, amor. Quieres saber si eres un amor en mi vida o el amor de mi vida, piensas, desamarrando el nudo a tu garganta, y poder ofrecerle tu eterno madrigal. Le confesaste entonces, dicendo:

 

En la vida de un hombre, adorada mía, pueden existir amores varios. Hay un amor empero, un amor ante el cual no somos libres; es un amor grande, ante el cual no somos sino una extensión del Yo del Otro, y frente a este grande amor todo mundo cae de rodillas. El mismo corazón desvive lleno de miedo. Sin saber que lo que más quiere es morir de viejo junto a este Otro al que pertenece su Yo; y pertenecerá siempre, siempre. Como toda mi vida ha sido y será siempre, siempre, Montalba, una eterna adoración de la vida tuya...


            Montalba no pudo menos que gritar entonces, en medio de Las Marías, ante la mirada envidiosa de todos los presentes, besándote una y otra vez, con lágrimas en los ojos, diciendo:

 

¡Oh! Mio amor.

 

Mi vida.

 

 ¿Por qué no me lo confesaste, entonces?

 


Y todo fue un nuevo hágase la luz, y se hizo, y vieron que  la luz era buena, maravillosa. ¡Oh, el amor es la luz! Entonces, ¡Oh Jerjes!, esa misma noche Montalba fue tuya, tú fuiste enteramente de Montalba, porque al que Dios se lo da San Pedro se lo bendiga , ¿ no? Pero, ¡Oh trágico destino de los grandes amores!, el hígado nuevamente averiado de aquella diosa providencial atrapada entre pulidas capas ambarinas, o aprisionada tras las puertas de tisanas del amor que quería como una luna torera herir todo el cielo de noche de nubes sombrías, solamente le reservaba días de vida. Pero no; harías esfuerzos extraordinarios para salvarla... Tu sueldo como profesor interino tal vez, pensabas, podría salvarla. No sé... Ahora sientes tu cadáver sobre el duro pavimento del aire irrespirable rumbo al fondo del derrumbe de tu casa de pesadillas, tienes a la propia Montalba libertándote de la muerte que os espera... desde el alba........ desde  el alba en cruz de tus pasiones... caídas como mariposas sin alas puestas a la altura del cielo... caídas en las mismísimas jurunelas de julio.....!! fatal!!!

 

Profesor, profesor. Ya terminamos todos, profesor...

Cóomo!, Abram.

 

Que ya resolvimos los teoremas, profesor...

 

Terminaron todos, ya.

 

Síiii, profesoorrr.

 

Afuera, en el campus secundario sombreado por las javillas, los framboyanes y las acacias que se carcajeaban al paso del viento del mediodía, el sol caía orate. Mas no te fue posible corregir los teoremas en la pizarra, pues La Directora había enviado al mensajero por tí, y además, los alumnos recogieron sus útiles escolares y se dispararon fuera de las aulas, llenando los amplios pasillos del plantel, con el tin-tin” del timbre que llamaba al recreo desde La Dirección Escolar Secundaria.


En la ciudad de sueño tú no eras de los de menos, porque tu abuelo había sido Comandante de Armas en el siglo pasado;  nadie  ignoraba, por otra parte, que el abuelo era de sangre española, ¿no? Sin embargo, ignorabas el odio sempiterno que sufrías por las cruces que cayeron en el hogar de la antigua Villa de Santa Cruz, ¿Sí?.... Ibas caminando despacio, ni siquiera te diste cuenta de la expresión burlona de los otros profesores, cuando les pasaste por la vera. Sólo a la profesora Matea, le oíste decir, “Tendrá que coger prestada la cabeza de un carpintero”; y continuaste con tu aire de niño huérfano, decidido a cualquier cosa, porque en la ciudad del sueño todo es como una aguja recién hallada en un pajal de arroz de oculto centro de esfuerzo de tazas mal leídas.

 

Sí, Jerjes. No te fue posible corregir los teoremas a los alumnos,  les prometiste hacerlo en la próxima clase. Además, era la hora del recreo. Era la hora, también del holocausto. Pensabas que ibas a ser confirmado en esa tarjeta vacante según los deseos de la ahora fallecida profesora titular de la misma. Pero qué va; la Directora del Liceo Manuel de la Candelaria te esperaba con esta otra alegre noticia: “ Profesor Artajerjes Vallemar.  Mire aquí su cheque correspondiente a las clases que impartió durante el mes de julio próximo pasado. Lamento comunicarle un Memorandum de su primo, el Director Regional, dando por terminada tu interinnidad en este plantel de educación media, claro está, él hace promesas inequívocas de tenerlo siempre en cuenta, por ser Usted un excelente maestro de las matemáticas, área en la cual la  calidad brilla por su ausencia...  Personalmente, profesor Vallemar, no entiendo a este pueblo, realmente no lo entiendo...  Valores como Usted no deben perderse jamás..”. La Directora tal vez fingió no saber la ironía del mensaje de aquella promesa inequívoca de  tomarlo siempre en cuenta, cuando no hay mal que dure cien años,


ni cuerpo que lo resista...       

 

Y fue entonces, ¡Oh Artajerjes!, cuando viste que en la vida es más difícil ser que no ser; y la noche, cruel, corrió toda hacia tu corazón herido... sin salvación. Nomás atinaste a gritar:

 

!!!Ay de tí, Jerjes..!!!.

 

CAPITULO V, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

CAPITULO V, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

V

 

EL UVA SOY YO, a la vera de la respiración cálida que deja tu presencia en esta esquina edénica del Universo. Venir uno bordeando el Lago con esa calor de hornaza que nomás soportan las iguanas de cáscaras de caobas del sol de mil cuchillos huyendo a ojos cerrados entre cayucales adornados por los guasábarales sin nombres al pie de estos cerros de piedras y ¡de pronto! llegar uno a Las Barías éstas: así eres tú, Gala de San Juan, un refrigerio arrullante  que hace saltar las almas desde el infierno del calor hasta la mismísima presencia de Dios. El ritmo singular que escupen las sanas raíces savias centenarias de aquellas enormes barías formando cuando la fuente circular las va recibiendo en débiles hilillos de plata y piedras de nácar, formando una perfecta cascada al sur del círculo de concreto sombreado. ¡Sí! Ese ritmo singular te acuerdan a Paz, y me dices: “El sonido del agua vale más que todas las palabras de los poetas”, y te tiendes entonces sobre la gran raíz que


 sobresale de la tierra fresca de hojas y troncos y picaderas de piedras de  hielos bajo las mismísimas raíces,  y me pides la relectura del CANTO 2 de ALTAZOR. Miras a los niños que vienen a buscar agua fresca en galones, llevan los bidones plásticos y vuelven a bañarse junto a los mayores, juguetean con los turistas y empinan con ellos el codo; las muchachas en bikinis y tangas de seda , transparentes. Enloquecieron con la música del bar de Las Barías, picadas por el fuego entusiasmador de unos tragos de bambacú o cinco estrellas, cuando de algún otro néctar de los dioses nacionales. Y luego luego, cuando ya el tiempo satisfizo la parte más delicada del cuerpo, muchas de las ciguas de  palmas, vanse a sus casas aun cubiertas por las mojadas vestimentas de baño, luego de los grandes enjabonados y largos secados a toallas de sol. Otras vanse envueltas en anchas toallas o cubiertas por anchas blusas transparentes. Quedan atrás los riítos de cundeamor plateados que emergen de las raíces de las gruesas barías antiquísimas y que dan a la calle, o al busto del Padre de la Patria, o en los límites intermedios de las mismísimas barías. Y tú, Gala de San Juan, más hermosa que nunca en tus anchas bermudas, más la penca blusa de luto cayéndote magistral desde el cuello lleno de sangre hasta desplomarse más abajo de los senos poderosos en que amamantas el tiempo de las oraciones salvadoras, cual colinas de porcelanas acariciando un cielo de café caliente, contra el corazón!...

 


¿Quién más uva que yo, Gala de San Juan, a tu vera de márgenes estremecedoras? Eres atencionista, borinqueña de nobles sentimientos, de una presencia misteriosa que lo renueva todo, como ejércitos en guardia después de pleno triunfo del alma, o como árboles que ya traspasaron los umbrales del invierno y se viste de eternas flores. Esta vez he notado que HUIDOBRO ha vuelto a dejar garruñados , tus ambarinos ojos relucientes. De la relectura del CANTO 2 de ALTAZOR, como centellas del alma de noche, me has dicho, te han sobrecogido estos versos imperecederos: “Mujer el mundo está amueblado por tus ojos/ Se hace más alto el cielo en tu presencia/. La tierra se prolonga de rosa en rosa y el aire se prolonga de paloma en paloma”// “Al irte dejas una estrella en tu sitio”// “Y si en ese desierto cada estrella es un deseo de oasis”// “Eres más hermosa que el relincho de un potro en la montaña”// “Mi gloria está en tus ojos/ Vestida del brillo de tus ojos y de su brillo interno” // “Si tu murieras/ Las estrellas a pesar de su lámpara encendida/ Perderían el camino/ ¿Qué sería del universo?”. Y quedas pensativa. He vivido en tí ese dolor de otros mundos de tus misiones liberacionales, poniendo en pie de lucha a los arrabales del corazón, hasta quedar prisionera más allá de la frontera de la muerte. Porque no sólo del pan vivirá el hombre ni los pueblos de la Tierra. Y desvives, y crees y amas la Vida disfrutas la aventura de VIVIR, sobrevolando una estrella en tu sitio, un planeta rutilante que visto desde otros astros allenderos es una estrella rutilante  como tus pupilas de diosa de las colinas, más aun de noche con todos los faroles de la muerte de la metrópolis de las galaxias guerreantes.

 

--o—o--

 


La luna llena de las seis en el Oeste como una enorme brasa que se cubre de cenizas en la mañanita. El sol de las seis y media como brasa doblemente enorme que se enciende tras las montañas morenas. Se miraron así, de Este a Oeste, o de Oeste a Este, espléndidos, eternos, hermosísimos, redondos, perfectísimos, como si fuesen a enterrar al viejo canto del alma en vendimia. No obstante la lluvia a cántaro de anoche sobre las grandes extensiones de tierras baldías. La tierra quedará crecida en Panzo y en sus cañadas para las cosechas de este temporal. Lejanas palmeras de esperanzas, montañas al sur, montañas al norte, siempre secanas, ámbito de soledad.

 

Gala se había llevado la mañana junto al encanto de hermoso jaleo de sus encrespadas nalgas y grandes piernas bien torneadas y su rostro de amplia frente y de finas facciones, más esa penca cadera


fenomenal, como si llevase consigo la canción inmortal, la cascada recóndita que envuelve los esquineros del alma cuando nos miramos ante Dios con verdadero amor sobre la tierra. Entonces, estaba yo sumergido en las notas que guardaba celosamente entre las deliciosas páginas de Taras Bulba y se me vino al suelo al verte llegar a casa tras las ciruelas para consagrárselas a Dios en un irrepetible rito de conservas, y quedaron olvidadas para siempre aquellas notas angustiadas, no obstante Lisbelth mi otrora condiscípula de secundaria, rodaron junto al libro de Gogol, y no los recogí del suelo cuando me dejó sin respiración mirando la portada del texto épico, ni cuando aquel paso de hermoso jaleo de impresionante espejo de olas de ardores perennes perdióse con la funda de ciruelas en la diestra, sino que las recogí al instante mismo de caérseme y olvidé, nervioso, continuar la lectura de Taras Bulba; y no sé qué, un estado de fiebre alta me obligó a plasmar en la página blanca como copo de algodón, aquel permanente estado de felicidad en que me dejaste. Luego luego dí un último vistazo a las notas de Lis, y las volví añicos. Lo que de ellas recuerdo aquí, en la cabeza, o lo que permanece como luna diurna junto al brillo del sol eterno de tus ojos, Gala, es lo más importante. Y no sé, Gala,te digo, más o menos yo había pensado para Lis, estas palabras:

 


No creí que no me amaras, pero tampoco lo dudé. Nos habíamos amado tanto y tan profundamente que yo no sé cómo, para que sellara tu Destino,  me instruí  en el arte necesario para poder ganar al enamorado corazón indomado;  te entregaste como las abejas la miel después de un buen poco de humo de cuescos de coco; y así, al primer alanzamiento del romántico, quedaste rendida de amor. Después - Oh infausto - después!, -ósculos fue el vagón sin rieles de tu vividura. Diríase que aquello fue ventura para la desventura, tan la ligada la desventura a la raíz de tu nombre. Predestinado. Pudimos ser como un par de ruiseñores bajo la prisión sin redes de la emoción. Distintos e iguales, al mismo tiempo. Sólo somos dos sombras notables que la loca carrera de los astros trocó en una sola sombra, inmutable. Locos de amor, aún en tus manos de crisantemos volotean llenando mi triste habitación de mil pétalos marchitos. Y pensar en el hito en que llegó hasta mis oídos tu injustificado adiós, olvidando así las promesas recíprocas de amor eterno y fiel: no quiero ni retener para mañana el triunfo que me dará tu pérdida...

 


Ahora, el manto denso de la noche sin estrellas confunde nuestra soledad con lúgubre esencia de las cosas. Hace rato, cuando sólo la agonía de la tarde hacía que el Cosmos nos empujara a desvivir sufriendo separados, el ocaso del astro rey, más allá del salino Enriquillo y las sierras morenas y azules, entre los enormes parasoles grises y pardos, parecía un incendio lanzando sus postreros lengüetazos bajo una gran humareda. Las frías lenguas de fuego eran como una herida de muerte en los tibios costados del horizonte ennubarrado y cuasi opaco. Después la estrella polar brilló, también, oculta tras las sombras celestes y causalmente la Noche extendió definitivamente su inconmensurable mosquitero, devorando de una vez y para siempre el lago de sangre que, como consecuencia natural de aquella beligerancia de horizontes, fenomenal, desleíase en el mismísimo ombligo del enrojecido Occidente.

 

Cuando dejamos de tener la luminiscencia del sol y un cielo sin estrellas como este nos cobija, uno solo es plural, y unicente. Algo de uno anda, inexplicablemente, sin rumbo cierto. Entonces, bajo los rodantes monstruos de piedras que pasan y pasan dando túmbulos y retúmbulos por el firmamento, subyacente a las estrellas interiores cuya sonrisa diamantina e intermitente del otro lado del cielo se han quedado y, sintiendo en la propia carne y en el propio espíritu el nostálgico placer de desvivir muriendo separados en medio del valle del sueño, o encerrados entre sierras agrestes que más bien semejan una interminable hilera de féretros cabalgando que descienden del cielo a la tierra: nos convencemos “por qué” el hombre solo existe para el Amor y “por qué” cuando nos abandona la mujer con quien compartimos tanto amor, en un goce de permanente intimidad, la existencia cambia de color y sentimos como que no nos quedamos sino bañados por la aguas cloacales de la soledad imberbe y siempre inmerecida, cual dicotiledón sobre las sombras de muerte de allende mar del amor y después de habernos ahogados un día irrepetible... en sus olas eternas... y por siempre jamás! ¿Por qué has muerto; por qué has muerto ¡oh Lisbelth! en mi corazón?...


 

De regreso de Las Barías con el sol muriente sobre nuestras espaldas, no había que decir que el sueño es el ideal siempre  buscado. Porque ¿quién sabía cuándo íbamos a repetir una  jira como ésa, tan fenomenal?  Jamás. Subirse uno al Templo de Las Caritas Indígenas, a varias curvas de recodos de La Azufrada, donde hubieron una palabras de Artajerjes, recitando a Moreno Jimenes. Porque la brisa nos habría apedreado  apenas tomamos esa altura de Caciques invictos en cumbres de LIBERTAD a la vera de Las Caritas gravadas en las rocas grises y eternas de la Sierra de Neiba, y tratamos en vano de sacarnos la penca ponzoña de guazábaras de la brisa del Lago. Pero, al fin, nos extrajimos la astilla y ¡ven! ¿cómo aún el chorro de sangre salta, salta de mi corazón? Es como si buscásemos la sabia palabra del Altísimo, desde allí, desde aquella contemplación viva y delirante, mientras la primanoche vuelve con nosotros en sueños y contemplamos el último gran plenilunio del mundo desde el Templo mismo de Las Caritas, devolviendo los hilos conductores de nuestra Historia!...

 


Gala parecía venir viendo la luna grandota bajando desde las montañas hasta la flor tranquila de las aguas del Lago Enriquillo. Viendo las aguas rojinegras, tornasoladas, con amarillez de oro, cual espejo de mil arco iris. Y en el cielo de noche, como alas de palomas cubiertas por la plata de tus bellos ojos de mujer inmortal, venías viendo la luna redonda, en fin, soñando despierta con el último gran plenilunio del mundo.

 

Entonces tú, ¡Oh Gala de San Juan!, como si este fuese un sueño nostálgico y no la realidad de verdad, entonces te descubres perdida en el universo ambarino de otros ojos arribando ya a la ciudad de piedras y ¡de pronto! HUIDOBRO corre a tu encuentro. Pues “Mi gloria está en tus ojos/. Vestida del brillo de tus ojos y de su brillo interno”, y te espantas. Parpadeas. ¿Y qué he descubierto yo, ¡Oh Dios mío!; qué he descubierto yo sobre la veloz máquina del tiempo... viendo mis pupilas sentadas en el rincón más sensible de la mirada tuya, ¡Oh virtuosa Gala de San Juan! Oigamos a Jerjes, mejor:

 

¡Qué penca jíbara! Nomás has viajado pensando en puertorro. En Hostos. En la figura cimera de Julia de Burgos. En Los Tres Jorobados de J. Amy, o en Juan Petaca de Salvador Brau.




Pensando, ¡sí!, pensando en el nacional himno La Borinqueña y que desde el 1867 suple -¡sí!- la luz deforme, la luz deforme de tu cuerpo agonizante como un Cristo, alma de violín donde reina la armonía. Nomás has viajado pensando -¡sí!- en Baldorioty de Castro, en Julio Vizcarrondo, en Brau, o en Muñoz Rivera o en Muñoz Marín. Pensando en esos borincanos autonomistas, deletreando la Carta Magna y en esos jóvenes soñadores aguerridos luchando, luchando por puertorro desde lo ocurrido el veinticinco de julio del mil ochocientos noventiocho. Entonces destronóse el Imperio Español cuando Estados Unidos destronó tu Libertad y todo. Luchando - ¡sí!, - luchando por la inviolabilidad del español, hasta declararlo idioma nacional. Esos muchachos y muchachas como tú, ¡Oh Gala de San Juan!, ahora con dos idiomas oficiales, colmarán el coquí de nuevas aguas libertarias. ¡Viva Albizu! Has viajado entonando con Chevremont : “Canta la tierra mía en los cañares,/ devorada de verdes y amarillos,/ y en las blancas marejadas de azahares/ amanece nupcial, ebria de brillos”. Entonando con este poeta que es Momo: “Lengua inmortal que hablaron mis abuelos :/, un bardo triste tu hermosura canta./. Tú me recuerdas el amante arrullo/ de una madre infeliz; tú revives/ de mi niñez sin sol, vagos fantasmas;/ mis horas de placer, que fueron cortas/ mis horas de dolor, que fueron largas;/  mi titánica lucha por la vida,/ mis triunfos breves, mis derrotas vastas./ Lengua inmortal, idioma de Cervantes”. ¡Sí! Y salta tu corazón coquí talego de esperanzas y sueños eternos de Libertad. Porque eres, Gala borinqueña, ¡jíbara vieja, eres más hermosa que mis penas, ebrias de soles de la Abell 2029 y de esa minúscula gigante estrella, hermosa menor de las pesadillas que viviste ayer en la estrella Mu Cephei. Eres Gala, más hermosa que toda mujer para el bien nacida. Dios mismo no hallará otra sierva igual.... La nada de la nada, tuyo es el absoluto canto dos de Altazor, aunque un cristianismo marxista te involucra vanamente. Y todo es vanidad de vanidades. ¿Quiénes te han vituperado? ¿Las comunidades de bases teoliberacionales? Pero, ¿Qué hay más limpio, como se pregunta Paz, ¿Qué hay más limpio que una camisa blanca limpia? Tu conciencia inspiradora implorando justicia, libertad, y humanos derechos para la mujer...  Pero este cuerpo egoísta y comilón, hambriento de apasionadas caricias, está animado por una individualidad distinta, como el mundo adolescente o claro gris de los poetas. ¿Quién creen que soy? Se ríen, niños... Soy Altajerjes, Altajerjes Vallemar. Con mi fortuna construí, ¡Oh Esdras!, el Templo de Jerusalén, después de la destrucción de esta nueva gran  Babilonia. Yo, Artajerjes Vallemar, una enciclopedia, un ilustrado, marginado por la irradiación natural de su espíritu incorruptible; y por qué tengo que dejar que llegue el día en que apedreen mi vejez en cada esquina de muerte, y no saborear mi cuerpo yo mismo con  Le Cimetiere Marín de Valery y que nadie ha dejado de memorizar memorizando: “Como en fruición la fruta se deshace/ Y su ausencia en delicia se convierte/ Mientras muere su forma en una boca,/ Aspiro aquí mi futura humareda,/ Y el cielo canta al alma consumida/ El cambio de la orilla en sus rumores”. ¡Oh sí! Gala de San Juan os conocí hace poco y parecen siglos de amistad, y te quiero con todo mi corazón, noble hija de Dios, manzana de honestidad. Eres mejor que toda mujer para el bien nacida. ¡Ah sí! Deja los niños, Gala, que de sogas estaré mañana, ¿sí? No sé, busqué a mi hermano tu amigo Enoelio José y tuve noticias de él y ¡mira! hallélos en La Azufrada leyendo, leyendo a HUIDOBRO, cuando no “Los estados generales” de Bretón, o “Las flores del mal” de Baudelaire, mientras en la mochila hacían filas suculentas lecturas de León Felipe, Azorín, Unamuno, Bécquer, Neruda y tantos otros como Paz, Borges...Junto a estas flores de secundaria que aspiran las palabras finales de la jira inmortal, entrando ya a la ciudad del sueño, Gala borincana, flor de loto, consejera de los nuevos rostros que pueblan el mundo; libertaria, roca que se afila con el cielo y las noches sobre la eterna cima de la montaña, mira estas palabras. La madre Anacobera, de espíritu rectilíneo y de albos cabellos prematuros, ya  las leyó. Léalas tú, Gala, completa estas palabras finales de tu santuario, baja la luz de la luna llena con el mismo tesón con que has retado al Inglés defendiendo este idioma de graves palabras y esta identidad latinoamericana. ¡Oh hermosa Vieques bajo las bombas y prácticas militares! La Madre Anacóbera ya las leyó. Junto al cocodrilo que las inspiró para que no vuelva a tentar contra la pierna de un joven católico en jira inmortal, como esta que expira así: ¡Je sui felín, felín sur la térre!

 


Eran aquellas palabras de Jerjes en  La Azufrada como producto de una consciencia inconsciente. Recordaban a Moreno Jimenes como todo poeta de provincia... Bajo la luz de la luna llena que esplendía tras un cielo sin estrellas y cerrado de nubes. Tampoco fue bajo el espíritu de la luz de la bombilla de noche, debido al acostumbrado apagón de primanoche... Fue al espíritu de la luz de un foquito recostado del hombro tendido en el lecho de rosas crísticas. Aluzando las páginas gloriosas de Altajerjes Vallemar. Eran líneas de recia e inimitable caligrafía y exacta ortografía. Parecía estar leyendo “Burbujas en el vaso de una vida breve” del Apóstol de la Poesía. Sobre las grafías, acariciadas incoloramente por el espíritu de la luz del foco, tus senos poderosos como “Venus viva” apuntando al techo alto...  Entonces las leíste, una, dos, tres veces... Recitando despacio, del principio al final, recomenzando, recomenzando...


En medio del éxtasis me fijo que he traído tinta y papel. El sol se desliza lento sobre el Lago y las sierras, y abstraído el paisaje, aspirando el acre viento lagueño sobre una canoa averiada. El beso ritual de las palmeras y los cocoteros... apartáronme de los amigos. Allá, hambre ardorosa. Leñas. Gritos. Cielo mar obstruido. Aquí, sobre la playa cenagosa, un potro salta. Una gris muralla de cristal al otro lado del Lago. De este lado, los senos galopantes de mi segunda novia. Ya nadie podrá rehabilitar la Isla Cabritos. ¡Ay!  Si  yo lo hiciera con mis anhelos me quedaría aprehendiendo ante esta taína teodisea. ¡Ah! Me recuerdan estos seres míos que ayer fuí prisionero ardiente de los pezones de un buen discurso. He evitado ser un ermitaño predestinado al silencio, he escrito como fúsil del sur  entre rocas, he asido la calva moña del futuro de todos, y he  recorrido el mundo en la órbita de un electrón. Estos seres míos, empero, me advierten que una nube de luto cual la negra mancha en la frente del potro de leche, yace en el azur augurando mi postrera desolación, lagueña. ¡Ay!, mis ilusiones de embarcación averiada. ¡Oh, dedos suspendidos al acto, risa al viento, verso al paisaje, voz a la nada, natura suspendida al plan mortífero del Norte! ¡Oh, poetas! Yo tengo adentro un Universo tan auténtico al Universo, que muero de terror al dudar que siempre habrá poesía en el Universo aunque desapareciese el género humano! HUIDOBRO:

“Si tú murieras las estrellas a pesar de su lámpara encendida perderían el camino. ¿Qué sería del Universo?

 

Abandónanos sol que expiras por el occidente, como alma que remonta el vuelo, más déjanos con el azul en el mismo rincón de la pupila, despejado. En el principio...

 

Comprensión de lo particular es todo éxtasis infinito.

 


No estoy solo. El poeta es la música, la mangulina del espacio. Blasfemar es antihumano; prodigar, morir sin silenciar luego tras la verja luz de otros cantos inmolados. El potro, cual entusiasmado Platero imbuido en “no sé por qué cascabeleo ideal...”

viene a mí, y se espanta. Huye al rebuzno materno. Pero se asienta un cuervo y grazna; y un caimán me avisa que la comida ya está cocida, en tanto dejo en la canoa averiada la cosmogonía de mi auténtico cosmos, y no puedo.

 

Mejor sería volver en sueños a la Galaxia Abell 2029, o recitar no ya a Valery, sino a Rtusamhara o curso de las estaciones, de Kalidasa, ¿no?”

 


Apaste el  foco,  tus senos intocados por mano de hombre alguno, quedaron envueltos en la obscuridad del cuerpo sagrado. Frente al Cristo del techo. Y eras poeta, Gala, Gala de San Juan, eras poeta. Poeta de escrituras íntimas, pero poeta de vena poética. Por algo Vicente Huidobro volvió a tu encuentro y ALTAZOR te sobrecogió verso a verso. Línea a línea, con sus altibajos como la tierra misma. Evocando, evocando todo lo vivido, todo lo deseado en lo vivido, todo lo amado gustando el futuro redivivo. Verdaderamente. Desde la mañanita hasta el regreso, hasta las palabras finales de Artajerjes Vallemar. Llorando, vivamente, llorando. Entonces el sueño te sujetó bárbaramente. Al otro día, al regresar a aquellas actividades sublevadoras en esos poblados de palma real, de tejamaní y de lodo, al ver la tardanza con que llegabas y tantas mujeres esperándote, con hambre, con los labios cenizos, los senos caídos, desvestidos, y de vientres hundidos, y todas sedientas de un pan nuevo para amamantar con leche de Libertad a los nuevos pobladores del mundo, al ver ésto, apenas sí pudiste con tu sonrisa de luna llena animarles, pulcramente. Entonces, poseída de esa inefable gracia celeste que no te abandona, gritaste:

 

 ¡Hermanas, excusen hermanas. Me cogió el sueño anoche...    

CAPITULO IV, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

CAPITULO IV, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

IV

 

 

GALA ME CONTEMPLO enternecida, felíz y, mientras me zambullía una y otra vez, en la tibia agua perfumada de La Azufrada, me parecía que sus grandes ojos negros era la fuente morena donde me quitaba la sal del Lago Enriquillo. Una noria burbujeante, friísima, facilitaba el agua dulce a La Azufrada, cual pensamientos de Amor destilado entre sueños. Fue entonces cuando oímos  a Jerjes. Estaba a poca distancia, soliloquiando. Fuimos despacio, nos escondimos tras unos baratujales, y le oímos hablando solo, o con la amada invisible (hasta que luego subió a carcajadas locas con nosotros hasta el bus desesperado), decía estas locas palabras:

 

No sé, Montalba. Eras la vela de cera coagulándose en el pabilo desde el caldero de aceite caliente de la espera. Si no fuiste la salutación del alba desgonzada en la palma de mis manos, ni doy por cierto la hora exacta, y fatal, que hizo sangrar el tallo de tu germinación eterna a orillas de la fuente sombreada por mis barías de sueños,  y sobre el palo de sombra vuelven otras nubes viajeras cortando las figuras que te reintegran al mundo en el nacimiento del alba.

 


Entonces al día era cruel, como un tirano con sangre hasta en la saliva. Tú no entendías, Montalba, la flor del cayuco. No; eras muy tierna entonces, y no podías comprender esas cosas que llenaban el alma de angustias; y yo sólo saltaba las nubes de un niño, su caballito de palo de escoba.

 

Me dejé crecer el cabello y nadie fue más feliz que este par  de tórtolas ciegas que aún encarnamos. ¿Quiénes pretendían ponerme fuera de circulación, porque mis compañeritos del ensueño no eran de sociedad? Es cierto, no eran asociales como mi mundo de cagajón de burro, pero nadie fue más felíz que yo cuando me peinaste escondida a lo Voltaire. Así, ensortijado el cabello, no me perdí en el horizonte de risas que me llamaba; y aquí estoy, mi adorada Montalba, para tu delicia haciendo guardias en las puertas de tus cielos adoptivos, por tiempo indefinido.

 


Y no fue la misma historia; todas las mujeres, cual que sea su edad interior, son felices con quien cumple con el sueño mayor de una mujer: casa propia con hijos, bien amueblada, con su televisor a color, uno en la sala y otro en cada aposento, su inmerecido aparato de música, las neveras estupendas, su estufa que conserva caliente las comidas y tuesta las carnes suculentas, el microndas, el teléfono con extensión, inclusive celular, y las criadas seleccionadas por ella misma, ni decir del manejo global de la economía doméstica... Amén de la casa propia, la propiedad agrícola con casa de campo con vista frente al mar. Y tú, ¡Oh Montalba!, hija de Eva, como si fueras la última rosa del Edén, solamente añorabas mi alma con toda tu alma, ¡¡¡sí!!!, con toda tu alma; sólo conmigo soñabas con pasión enfermiza, aunque ninguno de esos bienes muebles o imuebles fuesen tuyos, o aunque la reproducción misma del género humano me fuese totalmente imposible por las cuatro esquinas de tu esterilidad...

 

Si no fuiste la salutación del alba desgonzada en la palma de mis manos, fue porque el amor, con una fuerza superior al golpe seco de la muerte, hizo un alto en el amor mismo, y destruyó sus corolas de ensueños en la fe de una lectura de tazas, y no quiso, cordojoso, verse caer hecho añicos como un espejo destrozado por un niño...

 

Oculta entre los árboles de espera, tendida en el prado de norias permanentes o de aves que te aplauden al galope de la yegua, como la luna llena cuando el sol la sorprende sobre la mañana, junto a la estrella polar; para tí la mujer tiene más que la virtud de la auyama, que nace con su flor....  y la flor tiene su hueco perfecto... y no casi siempre el hombre con su rabito de luz llena ese útero de gracia eterna. La felicidad inmerecida atrapará la eternidad de la rosa,  su perfume inmortal no puede escaparse del hueco de tus cielos de flor azul, ¡¡Oh Montalba! ! Eres esa paloma que parte los espacios infinitos, sobrevolando los campos reverdecidos de mi Esperanza...


 

Y no fue nuestra historia la misma historias de los otros.

El tiempo ha pasado, he procurado en vano la última rosa del mundo. Pero la última rosa del Alba nace, y muere, en tí, ¡¡Oh Montalba!!!, todos los días del mundo, por siempre jamás...

         

                     

 

      .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                               

 

 

 

CAPITULO II, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

CAPITULO II, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

 

 

II

 

¡Hola!, poeta:

 

Asi como el hmbre no ha podido conocer a Dios, tampoco el Poeta actual ha podido conocer la Poesía.

 

Mas nadie conoce a Dios sino el Hijo,  nadie conoce al Hijo sino el Padre; y aquel a quien el Hijo quiera revelar al Padre”.

 

Recuerdas que Felipe dijo a Cristo Jesús: Muéstrame al Padre, y nos basta, que entonces Jesús le contestó diciendo; Felipe, tanto tiempo que estoy con vosotros y no me conocen, porque el Padre está en mí, y yo en El, uno somos. Por eso enseñó al apóstol Pablo que en Cristo Jesús está toda la plenitud de Dios.

 

La Poesía es pureza. El Poeta, el verdadero Poeta deberá ser siempre la plenitud de la Poesía. No puede haber corrupción en la Poesía, sino sublimación del alma, porque ella es un recodo de la cruz en donde aspira reclinarse el alma, y hallar la Paz.

 


La Poesía canta con pétalos de rosa recién amanecidos, evoca lo perfecto, “ennoblece hasta las más viles realidades”, en el uso pluscuamperfecto de la ilusión; ella es también rebelión eterna. La Poesía es revelación, aprehensión del ser complejo ontológico del objeto poético, y es, igualmente, la obra más pura de la naturaleza: la Humanidad.

 

Amigo José, podríamos decir que el hombre, su mente, su espíritu, en fin, aquello que en esencia es su ser, no sus devaneos terrenales y nigrománticos, es ese punto de la naturaleza en donde ella tiene conciencia plena de sí misma, en armonía perfecta con el Hacedor. Se contempla desde los íntimos espejos de la imaginación poderosa y la gracia rebosante de armonía. Huidobro, uno de los grandes poetas del mundo, ha sentado bajo estos tropicales cielos los siguientes versos imperecederos de la mujer: “Si tú murieras/ Las estrellas a pesar de su lámpara encendida/ Perderían el camino/ ¿Qué sería del universo?”, y esa visión cósmica, desgarradora, latente en todo poeta lírico, máximamente hoy en día en que la civilización tiene en su seno con qué el hombre autodestruirse y su  único hábitat, aunque el plan de Dios es otro, esa visión desgarradora, cósmica, es imprescindible para poder aprehender el poema, no sin que haya el poeta conocido la Poesía, en su sentido profundo ontológico, vivo, ¿no?

 


Cómo no hemos podido, entonces, conocer la Poesía?. ¿No es ya, ni la literatura en general, ese oficio ardoroso que amplía las fronteras de los nuevos pobladores del mundo? Es la Poesía no  sólo una forma de acercarse a Dios. Sino también de saborear la eternidad. Los mejores poetas han sido ante todo bíblicos, y quienes  no lo han sido, no obstante la poderosa ingeniosidad de sus obras, se han apartado de la creación viva del espíritu, tratando de reducir los límites de su prójimo.

 

En fin, amigo José no hemos podido conocer la Poesía, precisamente porque el poeta actual no permanece tras el cristal de espera del acto creador. Ni siquiera es semejante al cristiano que no  desvive mirando las nubes como si Dios descendiera ya. Sino que,  inmerso en una fe poderosa, es. Porque ha conocido a Cristo nuestro Señor Dios, y es llamado su amigo.

 


Me gustó tu recital de poemas. Sigue adelante. No escatimes esfuerzo, ni pares de leer obras matrices, formadoras. No debes cejar, nunca. Lo importante no es la cantidad, sino la calidad de la obra que se añeja como en buen vino... Quien es una vez será siempre. Es verdad,  concurrió poca gente al recital, mientras la ciudad se aglutinaba en La Canasta viendo feliz un espectáculo detrasvesti...  Desdeñado por un mundo que no imagina cómo un girón de cielos pone un puñado de estrellas en tu mano, jamás debes cejar.  Pero cada uno de nosotros allí presente, valía por  mil. Sí.. Solamente la vanidad debido al dominio luminoso de la palabra poética pueda explicar el olvido de nuestro efímero y miserable tránsito terrestre, o por qué el poeta ha devenido en una deidificación del propio poeta. No veo, pues, una lengua que permanezca mañana en la tierra, y que sea como la lluvia primaveral que sube al cielo dejando sus frutos, zafante que no sean aquellas obras matrices nacionales y extranjeras que trascendieron mucho ya. ¿sí? Ya no podremos, empero, dejar de conocer la Poesía en su sentido cósmico real, verdadero, pleno, y que nadie ose reducir los límites salvadores del universo poético.

 

Ya os he dicho: “Soy esta que ama la Vida, y disfruta la aventura de VIVIR”.

 

Creer o no creer en Dios será siempre una cuestión de fe. Pero la actitud del Poeta, así como de todo hombre y de toda mujer

frente a los grandes problemas de este nuestro convulso mundo, será siempre tomada en cuenta, sea usted o no un creyente en Dios.

 

         Gala de San Juan.

P.D. : (escondida a Jerjes) : “León Felipe, montado en Rocinante, pasará por tí mañana temprano”. Vale, Gala.

CAPITULO III, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

CAPITULO III, DE LA NOVELA EL SUEÑO DE GALA

III

 

 

OBRAS QUE SON AMORES, y no viejas razones. Y es  verdad, Gala de San Juan. He soñado, he soñado cosas bellas de nosotros dos. Mas, Pedro del Lugar, el hijo adoptivo de la poesía, llevándose de esas rancias cábalas de Artajerjes, me ha explicado que no, que ello significa que en definitiva no habrá nada entre nosotros dos. ¿No crees cierto, Gala, que no debiéramos jamás soñarnos uniendo nuestras almas  al alma, ardiente? ¡Oh? Mirad en derredor tuyo: “Qué es aquello, Gala?” “ La Piscina de La Azufrada. Recién construida, donde podremos encontrar la mejor suerte de otros astros allenderos” “¿Y estas cosas de madera con piso de cemento, ¿qué son Gala?” : “Canoas, canoas para pescar e ir a la Isla Cabritos” .”¿Y si nos mirasen desde el ojo azul del cielo, en esta playita de rojirosados caracolillos de la mar o en este penco charco con ríos de luz en tu mirada y peces de oro en tu corazón, ¿qué somos entonces, dime Gala de San Juan, qué somos entonces?” ¡Ah sí sí!, me respondes ahora con tus risas y sonrisas de luna llena sobre las  rizosas aguas


de noche del mar de Paraíso, donde vienen todos los océanos del tiempo a limpiar sus pupilas o a dejar con el sol sus sueños tornasolados al pie de las abismales costas de tus ojos. Somos, en definitiva, Gala, somos la inmensidad, espejos rotos donde el Universo se lava, a ratos, el rostro de siempre, y adquiere conciencia de su albedrío cósmico, cuando nos miramos ante Dios con verdadero amor sobre la tierra. ¿Y cómo ha de ser imposible por una cábala popular acuñada por nuestro Artajerjes, toda esta ardiente pasión que más tarde nos impulsará a Las Barías?. Y en medio del espanto de la música electrónica y la lujuria del mundo, en tanto una chiva come moro de guandules en la palma de la mano de un nativo de mediana edad completamente desgreñado y aceitado y con aretes en las morenas orejas, y una turista de rubios cabellos los retrata a color con verdadero gozo público junto al aplauso general de los bañistas criollos a la vera de la fuente amurallada de Las Barías, a nosotros dos, en cambio, sobre una gran raíz de baría, nos bastará la lectura reiterada del CANTO 2 de ALTAZOR, del gran poeta chileno. ¡Inmortal! Justo con Gabriela Mistral , Pablo Neruda y Alberto Baeza Flores. Asimismo, nos bastarán los rahelos del sol naciente entre los verdes ramazones de los altos árboles centenarios, y el arrullo del arroyo de friísimas aguas cristalinas por los finas arterias de los camastros de piedras cambiantes para glorificar tu nombre antillano al caer a la redonda fuente contenida como los mares de luz que te retienen, y seguir pecho adentro de tu suelo árido y montañoso, tremendamente árido y montañoso y de moratones de aguacates en sus colinas de piedras, pero ¡de pronto! (¡Oh Isla, Isla Cabritos!, ¡Oh Caritas, Caritas Indígenas!, ¡Oh dulce, dulce Azuey!), un Edén de eternidades insospechadas bajo el fulgurante cielo, azul


 

El universo ambarino de tus ojos hermosos de mujer se ha fijado en este gran Lago antillano, y junto a tí, o en sueños demoledores este corazón que te emula loco, como aquella blanca gaviota que ahora sobrevuela sus aguas perdiéndose en la inmensidad de tus pupilas hasta que sus alas poderosas alcanzan los bordes del horizonte de las sierras lejanas y llanuras salobres e inhospitalarias. Cuando os toque morir un día lejano de estas vidas, ¡Oh no no!, pensadlo bien, pensadlo bien, y no entreguéis el último destello estremecido de tus ojos hermosos de mujer sino cuando el aire, al faltarte ya en el alma, os acuerde que entre estas sierras y el Lago dejaste como un huevo de caimán tu corazón en fiesta hasta los postreros truenos del mundo, y su nueva rondalla lunar... Entonces, ¡Oh entonces!, cuánta sensación de tristeza... de ahogo..  en medio del sur remoto, y bello, como esos sueños grises llenos de resplandores cósmicos, en donde un ángel de muerte lo retiene todo, todo Gala de San Juan, salvo este amor que ha hecho nido sobre el juego de tu piel de temblores trascendentes!



Y las sierras sucesivas del sur, ¡miradlas!, elevadas hasta la inmensidad de tristes nublazones de polvos; son cárceles-valles cuyos muros marroquíes detienen el paso del hombre sobre el crepúsculo. ¡Oh, leyendas de los peladares! Helas aquí, Gala de San Juan, las sierras sucesivas del sur, miradlas, son tan bellas, tan tuyas y mías, y de todos............  Miradlas, con sus montañas de piedras, sus cielos de piedras y sus suelos de piedras y áridos y tejidos de cactus y cambrones de pesadillas. Sí. Miradlas desde esta playita de caracolillos del Lago Enriquillo, pues nos perdemos ya entre los árboles para zambullirnos en La Azufrada y quitarnos esta sal de mar y así partir, tal vez, a Las Barías, si logras convencer a La Madre Anacóbera  para que extienda el territorio de la gira juvenil, siguiendo, estos mares sin salida, bordeando los horizontes playeros que se recogen con la sequía  como vientre de mujer a punto de dar a  luz, o continuando esta lección de naturaleza como si arribásemos al planeta Marte, ¿no?  Y tú custodiándonos junto a La Madre Anacóbera, y tú dejando tus deberes para venir conmigo a comulgar la poesía de este arroyo enamorado del amanecer. Porque aquí, Gala de San Juan, justo aquí, entre las sierras de Neiba y la del primer grito de libertad de América, con la muerte desde siempre reinando en el útero de los abismos, es que yo nazco, cuando apenas las palomas del tiempo imploraban no ya dos pesos sino cien pesos de agua para las cañadas, amando las lluvias de mayo remojando la tierra y corriendo bajo las alturas por las cañadas de mujer aunque los cielos permanezcan secos y estrellados. Desde luego, en Macorís del Mar gustaba yo de repentinos chubascos  como ésos, ¿no? ; que, camino a Juan Dolio, o de Caucedo, o próximo a cualesquiera recodos de mar  o paisaje, caían inesperadamente del acolchado cielo tropical. Pero detrás del bus, lo mismo que más adelante de la autopista, no aparecía ningún sitio mojado, y así casi siempre. En tiempos de lluvias, éstas caían semiverticales, como una torrencial llave sin zapatillas, hasta que el mar quedaba vuelto una masa ciega de horizontes de hielo bajo el blanco camisón de granizos.

 


En uno de esos tiempos de firmamentos desplomados en  que aún tú no habías pisado con tu pie de gracia el suelo de la República, ni te habías sorprendido viendo el humo del ingenio en zafra cruzando... aquella ciudad condenada a desvivir volcada hacia el mar. Era la tempestad de diciembre ochentiséis, a meses de la fiesta de graduación, y poco importó desafiar el holocausto. Entonces yo estaba allá en la tempestad de diciembre, mirando el blanco camisón de granizos, creyendo el universo como sumido en lentos diluvios, de ciegos relámpagos, de ciudad unida al mar, o de mar volcado sobre la ciudad impura, en tanto las camas nadando como peces y los hombres como niños temblando en las aceras de la lluvia, y por doquier ¡mira!, resucitando el amor, el amor universal. Aquellos fueron tres días de incomunicación cósmica, de desenfreno celestial, de Dios ido en orines después de la piedra del riñón planetoide. Ríos de pueblos sin desagüe., ¿Y las aguas? ¿Viste las aguas sobre los topes de Miramar? En tí nacía una alegría de sueños de pescador que te hizo salir afuera de la casa del mundo, y viste al pequeño Dios inventando un desagüe de arco iris, como quien inventa el sueño de las viviendas de ayer bajo la dureza impía de la misma tempestad. De ahí que se amortajara el mar y que las gotas de arenas celestes descrestar las bravías olas, hasta que volvió el nuevo día, y la ciudad se tiró al lodo para luego correr despavorida: era el segundo holocausto. El tercer día de la tempestad no pudo detenerme, y partí en un viaje suicida. El ómnibus por carreteras invisibles, a media noche, parecía un viaje al cielo.........  Quizás de haberme conocido entonces, no me hubieras imaginado destrozado en Tamayo, ni derrumbado en Fondo Negro, ni sin puertas en la boca de Barahona, ni volcado en las enturbiadas  aguas de Las Marías. Pero me hubieras imaginado horas muertas rescatando a Santo Domingo, cual vehículo embuchando El Malecón. Quizás era imposible que me creyeras  en un rincón lleno de frío. Más he aquí, Gala de San Juan, que a pesar del pre-tiempo de esta gran amistad, el mar volvía a hervir en su hoya  de presión. Porque desde su empuje de olas bravías el mar parecía impulsarme hacia tu misterio de rosas, Gala de San Juan, y con la esperanza excelente de tus flores, de tus costuras y bellos encajes después de las jornadas liberacionales de tu mano de seda enrejada y apenas visibles sobre el volante de la veloz camioneta. ¡Una hermana eternamente recordada en el mundo eternamente verde del Amor, de la Amistad!


 

Y es que es verdad que las obras son amores, Gala. El mar me impulsaba hacia tí. Era el pre-tiempo de la tempestad de esa gan amistad. Me pareció encontrarte como quien cree, ¡de pronto!, tener frente suyo a la hermosa Helena. Cuando uno viaja a una ciudad con aspecto capitalino, contrario a la “patria chica” que uno concibe como si fuese un solar de otro planeta, uno entonces toma conciencia plena de la libertad. ¡Ay!, si nos perdemos en la rutina olvidando los atributos hogareños con los cuales nos identificamos. Entonces somos, o no somos. Aquellas horas de universitario a puro folletines y fotocopias de sueños hundidos en esos suaves y aristocráticos divanes de la BIBLIOTECA. Aquellos poetas cuya predilección por los franceses y los griegos y los postumistas y del propio Capitán Coiscou Weber era más evidente. Mi yo se volvió nosotros o ustedes, como una visa para sobrevolar todos los cielos.

Aquellos sobrecogedores plenilunios en El Malecón, cuando no eran esos día de noche de alta poesía hasta la madrugada del mar. Son más que emocionales, previo a tu llegada desde San Juan, de cuya  literatura, teatro y poesía nos hablaste después del mínimo recital que presenté en el antiguo Colegio...  Mientras estos corazones no terminan de extender un arco de fuego de horizonte a horizonte, y por siempre jamás.

 


Camino a Miramar, se abre El Malecón a los empujes del mar con sus muslos de bahías...  En los atardeceres, lo mismísimo que a primeras horas de la mañanita, el mar sereno se extiende hermoso, magnífico, tornasolado, azul profundo, violeta, eterno, hasta donde los barcos del corazón prefieren la inmensidad de sus sueños. Al término de aquellos irrepetibles atardeceres, la noche avanza, y el mar cobra nuevos bríos. La luna llena inaugurando sobre el mar otro espectáculo bellísimo bajo el luminoso manto de estrellas. Se sabe de turistas que desdeñan la bacinilla de oro para mear por las persianas de un hotel a orillas del mar, con el corazón opreso por la celosía de la luna grandota y el insólito rosicler... El cinturón de humo blancuzco del ingenio en zafra cruza la gran ciudad como serpiente infernal mordiendo de canto a canto las dos ramas de luna de la noche de muerte. En Miramar, en cambio, un temblor de carnes ahumadas sobre las brasas encendidas conminan al amor, y a la vida. Más allá de los chimichurris o de los ardientes Macorix, en donde el mundo es otra cosa.

 


Y de Santo Domingo a San Pedro, o viceversa, lo mismo que bordeando ahora el Lago Enriquillo en esta guaguabanderita, nunca he viajado sino sentado a una ventanilla como ésta, que da a las inmensas aguas temblorosas sobre la costa de arbóreas aves volando veloz junto al cristal de sombra de la vida, como una gaviota a ras del mar y paisaje del trópico. Llorando me despedí de la habitación donde viví. Ante la puerta del fondo del patio, en los confines de la mata de aguacate, me despertaba cada nuevo día un hermoso pajuil, imitando el canto de los gallos al amanecer, y no vaya el sueño a coger en el lecho de muerte a los trabajadores de la Zona Franca, ¿no? Y así. Camino a la Universidad, el mundo es otra cosa. Una tarde de esas en que iba admirándolo todo por la Prestol Castillo, de vuelta a la BIBLIOTECA llovió, llovió copiosamente, y no hallé sino mansiones y casas de concreto, casas de amplios frentes con bellos jardines y palmas africanas, y enormes perros rabiosos de guardianes libres, y entonces, comprendí entonces tantas cosas a lo largo, a lo largo de aquella calle de añoranza que recitaba metro a metro la historia de la ciudad del sueño. Comprendí que había permanecido dormido. Todo aquello, ¿qué era todo aquello? ¿Qué era todo aquello? ¿Qué era todo aquello? ¿Muerte? ¿Hielo?

 

¿Aterradora indiferencia? ¿Culpa de hambruna barrial, y callejas de lodo? ¿Y los poetas? ¿De qué lado está la poesía? ¿No es la poesía la confirmación de la Humanidad?  No sé, Gala. Pero todos aquellos universitarios del sur remoto, éramos ya letrados. Pero desde allí alineándose en círculo en torno a la fiebre del níquel. Todos, si no es por la intervención obligatoria de la lunita del traspatio con un sombrero de paño de roca en la punta más alta de la espuelita, todos iban a ser devorados sin compasión ¿si? Pero todos nos arrodillamos a tu presencia, Gala de San Juan, dando gracias a Dios por los siglos


de los siglos.. Amén. Añoro, empero, aquella paz laboriosa, aquellos estudios afanosos, aquellas amistades de los cuatro puntos de la República, en Macorís del Mar, Gala.

 


Después de aquel chubasco repentino, me dejé caer en uno de los sillones aristocráticos más solicitados de la BIBLIOTECA. Entonces pensé: “Volveré a la ciudad del sueño”. Ignoraba esta pesadilla sin término, milenaria, volcánica, y es mayor mi añoranza  por Macorís del Mar. Pero ya tú rompías los espacios de las Islas,  Y aquí me tienes, Gala de San Juan, aquí me tienes. Como Dios ha querido. Otra tarde, de vuelta a la BIBLIOTECA, Don Hazin iba por los pasillos dando bastonazos debido a los malos modales de los provincianos que desdeñaban la BIBLIOTECA o pisoteaban la grama del campus universitario o se escondían con el libro arrellanados por los jardines de la esperanza. Sin embargo, nadie creyó que el mundo no se estaba acabando cuando se escuchó el “Tum” seco y tremendo de la Estatua de Don Hazin,  que cayó en la BIBLIOTECA con una pata menos. Allí, Gala de San Juan, allí mil mariposas llenaban de luces de arco iris los cuadros de los ilustres petromacorisanos. Allí, allí desviví el misterio, y quedé sumido en el sueño del Este. Pero volví al Oeste, libando el halo invencible de la carne futura olorosa e imposible, junto al frescor de las zonas verdes, los sabrosos “bomseré” como frutas exóticas estimuladoras del apetito amoroso. Las esperanzas juveniles aún en cincuentones  estudiando, así como el incienso enternecido del ingenio en zafra cruzando la gran ciudad de canto a canto en las noches de espera, imprimían un aire apocalíptico a tu aire cosmopolita,  pueril.

 

Y heme aquí, Gala de San Juan, heme aquí. A la vera de tu sangre deslumbrante. “Vámonos, Poeta. Subiendo”. Los demás turistas nativos subiendo, felices y jubilosos, subiendo de La Azufrada, camino al bus. ¡En gira! El sol viajaba veloz. El ombligo del cielo, azul profundo...... Las caritas indígenas nos recordaron a todos las cosas de Artajerjes. Entonces no pude más que sacudirme de pronto aquella sal del mar entre sierras de Libertad, eterna.

 

¡Oh, si si si, Princesa! Como vos mande, Princesa, como vos mande.