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Capitulo VII, de la novela EN UN SANTIAMEN

y VII

NO HAY FELICIDAD sin su blanco rincón, in albis. Siempre tiene su negro humor, aunque el amor reside en las costumbres y conceptos afines... Se aman, a veces, hasta los mismos prejuicios. En todo caso, cuando zozobra la barca del amor en medio del mar de las emociones, el cónyuge sobreviviente evocará más los hitos imposibles que los vividos hasta la hora del llanto... Es como si el sino de la existencia, o, mejor de cada hombre y de cada mujer que quiere quererse, fuera ponerle tino al destino. Hay amores, empero, que son espíritus... del aire... que nadie debe siquiera tocar, ni mirar, cuando los encontramos a cualquier hora del día, o de la noche. Son, en todo caso, el fin de toda felicidad  En ellos, toca fin la felicidad; son una mala elección, un fracaso del alma, esos espíritus del aire de carnes y huesos, bellos como la luz, y que son almas en penas, seres que ya fallecieron en otra geografía del dolor y, misteriosamente, reaparecen en otros rincones de la tierra... Son como esos espectros de los sueños, esas formas musicales que vencemos durmiendo, y que luego en la realidad pocas veces sabemos distinguir... Pero hay palabras especiales, salmos y oraciones inspiradas, palabras poderosas como las que Jehová Dios pronunció para crear el Universo y, de inmediato, fue creado... Son espectros vencidos por esa forma de la rosa... En Munura y en cualquier otra parte de la Tierra, melón de sensible cáscara... Entre los cielos desolados sujetos al hombre, como el Universo todo.

 

Esos amores son aves de rapiña, como el cuervo deslumbrante del cogollito de las palmera-real del traspatio de Rosina del Prado. En Munura el cuervo es lo de menos. También los dos cuervos que una tarde sobrevolaron las cabezas de varios agricultores que regresaban a sus hogares, cuando una de las aves dijo: "Roa, Roa, te sacaste", y la otra respondió: "Porque jugaste"; y en verdad iba entre los labriegos uno de nombre Roa, con el premio mayor de la Lotería Nacional en los sudorosos bolsillos de la rota camisa. Y son lo de menos, porque en Munura el Diablo anda suelto. Es difícil la semana en que no muere un niño chupio de brujas. Allí viven las brujas que ya perdieron la vergüenza, dándose a comer unas a otras sus propias criaturas. ¡Y todas las noches un caballo negro recorre las calles, caminos y callejones, arrastrando mil latas vacías!. Familias enteras desveladas, cuando la bestia maligna desaparece por fin, creen reconciliarán el sueño, y una lluvia de piedras sobre el zinc de todas las casas los lleva rumbo al varón del cementerio, ¿no?. Hacen apenas unos días la visión hermosa de una mujer me hizo seguirla; caminaba sin mirar a los lados, ni hacia atrás, y su gran cabellera negra sedosa sobre sus espaldas. La seguí sin darle nunca alcance, vestía un luto con blusa blanca, y cuando me detuve a la puerta del cementerio municipal de Munura, al cual ella entró como a encender a algún difunto velas de perma o de ceras de abeja, la vi volver el rostro todo llena de hoyos tremendos, aterradores. "¡Es la muerte!", me dije; y vi que, mientras ella permanecía en medio del cementerio, debajo de una luna plena que lo plateaba todo, mil cuervos sobrevolaban las tumbas viejas y de este tiempo... No debí, en verdad, mirar... Debí haber rezado algunas oraciones... Más permanecí con el ojo avizor, hasta el último instante, y vi abrirse todas las eternas moradas al paso de su sombra bajo el sol nocturno, y miles de buitres y aves de rapiña encadenados en los nichos de piedras y de blocks se alzaron al cielo de blancas nubes dispersas, llevando en sus garras las negras manos secas y hediondas de todos los muertos, que constituían varias eras de pueblos. ""¡Dios mío, me dije, Dios mío!". Entonces escuché una voz interior que me gritó: "Liberato, ora, Liberato, ora"; y oré salmos salvadores, bíblicos, antes de que de aquellas tumbas abiertas pudieran mostrar a mis ojos los cuerpos de ojos abiertos y sin luz de mil muertos enteritos, sin descomponerse, negados a volverse polvo, como si hubiesen fallecidos sin esperanza de resurrección. Y desperté aterrado, sobresaltado, muerto de pavor, sobre la cama de caoba antigua del difunto Dino Mariano. ""¡Era, en verdad, la muerte!".

 

 

Me resultaba muy doloroso que Rosina del Prado, por haber nacido bocabajo, y para poder tener hijos, aceptara con resignación secreta enterrar a todos sus maridos, y que se enamorase de nuevo, no obstante. Quien se enamora en tierra ajena, va a engañar o a que lo engañen. Desconocen quiénes son hijos de vientre de mujer, y quiénes son hijos de ultratumbas... El amor, que es en principio una impresión, un amainamiento en su génesis, es cuando no es, y cuando es, muere... Como el niño que nace, el amor tiene siempre abierta la mollera; la madre del bebé no debe cerrar con llanto la puerta de ese corazón que palpita; no; y esa impresión de quien quiere querer a otro, no se experimenta así por así, nunca uno se enamora solo, y después que se cierra el círculo, al igual que la mollera del niño, no se puede abrir de nuevo... ¿No?... Y es que la bella y la bestia, a menos que no renazcan, jamás morirán a los pies del amor, del verdadero amor... Será como la vida misma, porque el que no nace en el Espíritu Santo, en la segunda venida del Salvador, será porque no fue concebido embrión en la fe de Dios; en efecto, es obvio, que no padría ser feto en el vientre de la Iglesia, el cuerpo de Cristo, para el nacimiento de nuevo en aquel gran día que no pudo comprender un entendido como Nicodemo.

 

La miel de abejas, harto consumida por mí, me provocó vómitos terribles, hasta tirar la hiel... Y sombras imborrables quedaron en el cristal en sombras de todos los estados interiores... con los cuales el Creador me sorprendió... Como rieles de trenes electrónicos, o cual rieles de         locomotoras de antaños cañaverales, la vida se ofrece a cada amoroso instante. Desde que llegué a aquella casa por demás afortunada, como un conquistador de ante mano conquistado, lo primero que hice fue devolverle su libertad a Pereo, el tremendo can que guardaba celosamente aquella casa. Era grande como un león. Mientras lo desataba, le dije, y parece que entendió lo que le dije: "Bueno, Pereo. Es mejor que seas un perro enclenque por esas calles de Dios, pero por donde los muchachos de Munura te den una que otra pedrada, y por donde encuentres tu perrita en calor que te quiera, y no muy gordo aquí amarrado al fondo del traspatio de todos los fantasmas, ladrando a la luna". Y Pereo sacudía la cola, cariñoso, mientras yo lo desataba. Entonces Doña Rosina me gritó desde la cocina, diciendo: "Eres igual que Dino Mariano. Así le hablaba al perro ése". Y, ante tales palabras, me reí de buenas ganas, y el tremendo can de la casa, ladró... mirando el cielo lleno de luz...

 

En la mañana del día en que atentaron contra mi humilde existencia, descubrí que en Munura se hablaba mucho respecto de mi persona, gracias a que llevé a Pereo a Las Rosas Rojas. Con una libra de salami picada en una funda plástica, seguido por Pereo, me senté en una de las mesas del bar turístico y pedí mi bebida favorita: un Dumbar, en aquel frio Edén. De rato en rato, le tiraba a Pereo un bocado de salami. Los amigos del difunto Dino no se atrevían a arrimársele, a Pereo, que parecía ser consciente de algo que su anterior amo murió sin saberlo; aquellos hombres, perros con caras de buenos amigos, eran incapaces de amar, eran incapaces de ser unidos como un hermano, eran para decirlo de una vez, desleales... El escándalo no se hizo esperar, cuando trataron de ganarse el perro para que me abandonase. Pereo, en cambio, los corría, amenazante, colmillo al ristre, y volvía a mi lado, a comer salami y gozar de mi libre compañía. Pereo siempre me agradeció que lo hice libre; un martes por la mañana, con la roja alba sobre los árboles, al partir, cerré la puerta tras de mí, y Pereo, como un león silencioso, corrió desde la acera de la calle,, brincó la alambrada del patio, y me pegó con fuerza sus patas delanteras en el tórax, pateándome, olfateándome el cuello y los brazos. ¡No me pregunté cómo estaba fuera si dormía en el pasillo que conecta la sala con la terraza y la cocina!. Quise llamar la Doña... Más quiso Dios que contuviera hasta la respiración en aquel instante decisivo. La noche se retiraba lenta, y el alba era como una gran rosa roja tras los árboles. Entonces el tremendo can sacudió las orejotas, como si me dijera, y en verdad entendí que me dijo: "Tú eres mi amo, conozco tu olor, tú eres mi nuevo amo. Dormiste en la cama mágica, ¿no?.

 

Así fue. En el balneario internacional Las Rosas Rojas fue igual, el sabio Pereo. Estuvo conmigo, mientras permanecí sólo con él. Nadie se nos pudo arrimar. Hasta que lo reduje a obediencia, y permití que Sarah, la amiga-hermana de Doña Rosina del Prado, se tomara una Pepsi en nuestra mesa. Entonces, para asombro de todo el pueblo presente, Pereo echó tres grandes gritos, tres tremendos lamentos al cielo cuasi tapado por los altos árboles de Las Rosas Rojas. Y se marchó cabizbajo, diríase avergonzado, a casa... Las gentes murmuraban, diciendo: "Ese hombre no es fácil".

 

Al otro día fue el atentado contra mi humilde persona, por demás inofensiva y llena de amor para todo el mundo. Yo era un animalito a quien la Biblia hizo gente; nací como bajado del cielo; de niño quise ser sabio como el Rey Salomón, y el Diablo, que no se comunica por el oído ni se deja ver, y conoce las claves del espíritu del hombre y gobierna al mundo mediante una descomunal fuerza magnética, se apoderó de los peores corazones que me golpearon hasta hacerme un niño rebelde, pero siempre que intenté pecar una voz me gritaba desde el horizonte eterno, "Hijo, ¿qué vas a hacer?, y retrocedía". Y soy el amoroso bien. Después de haber devorado un sopón exquisito, me fui a Las Rosas Rojas, allá pedí un Mac Albert y también me permitió Dios sobrevivir a aquel ataque certero y secreto.

 

Al otro día, después del lavado de estómago, después de pasar toda una noche con el suero puesto, aunque no me volvieron a inyectar destrozas en las venas, Pereo no cesó de ladrar al cielo... Antes de partir, agradecí que Doña Rosina me preparase un desayuno, no con leche y queso, sino que me sirvió sobre la mesa unos panes sin mantequilla y unos huevos sin descascarar, tal como se los pedí. Pereo me lamía los pies, y los niños me observaban tristes...

 

- Mientras más conozco a los hombres - dije- más amo a mi perro.

 

La sabia frase de Perogrullo gustó a los niños, porque corrieron a abrazar a Pereo, el tremendo can de la casa. Era justo. Al hombre, como dice Moreno Jiménez, hay que verlo con ojos más sabios, y a la humanidad con ojos más tristes... Era evidente que me desayunaba con espíritu contricto. A la hora de partir, el sol de la mañana subía espléndidamente, replateando los cielos lagueños, montañeros, y sólo por el oeste del gran lago algunas nubes roceas­ anaranjadas se desleían en el éter, figurando figuras varias, desfigurándose a la vez y formando, aunque siempre figuradas, otras imágenes celestes... capaces de transmitir mensajes del más allá al corazón del hombre. Como en el río de Heráclito, en el cual nadie se baña dos veces, pensé que nadie mira dos veces un mismo cielo, que hace nuevas día a día sus nubes de siempre...

 

Consciente de que en mi espíritu se producían cambios profundos, como volcán en plena erupción, la dulce Rosina, con espíritu más triste que el mío y los ojos derramando copiosas lágrimas me dijo: "Tú no vuelves más". Y aunque la besé mil veces, y le aseguré que volvería y tendría más cautela, pero que no cejaría en mi búsqueda de la felicidad, ella no creyó mis palabras absurdas...Pero yo -me recalcó-, viviré de tus recuerdos.

 

En tal caso, amor mío, me haré cristiana y seré una gran predicadora de la fe y salvación que hay en el hijo de Dios, según  tú mismo me hiciste ver...El amor es más fuerte que la muerte. Sin embargo, el hombre vuelve más pronto al vicio del café que a la mujer de sus sueños... El sueño se convirtió en realidad; la realidad se convirtió en sueño. De regreso al corazón, nos esperan las mismas pupilas que nos vieron partir. Con mil escamas jugueteando como espejos de los sueños sin memoria, el lago Enriquillo y el sol de la mañana... Dulce amor que se torna amargo, como el tallo verde de la sábila. Quien hace regresar a un pecador a Dios, salva un alma y cubre una multitud de pecados. No sé si la dulce Señora Rosina del Prado recordará algún día mi nombre, pero jamás olvidaré que asistí a una campaña evangélica, y la oí predicando la palabra de Dios, testificando como había renacido en Cristo, mientras yo seguía triste y perdido por el mundo. ¡Oh no!.

 

Un vuelo de águilas de almas melancólicas, haciendo el amor en el cielo, sujetas la una de la otra por las garras de fuego de un verso voluptuoso y verdaderamente sobrecogedor. La muerte es menos fuerte que el amor. Morimos y el amor renace. De regreso con un pie sobre la sierra de Neiba, y el otro sobre la del Bahoruco, en un santiamén, tembloroso el pulso por el brincoleo leve del jeep, pude plasmar un soneto emotivo, apocalíptico, aunque mal escrito, pero significante para aquel instante perenne, y me sentí otro, bajo aquel árbol de luto crepuscular y me vi de nuevo entre los míos, bajo este árbol rosado frente al sol potente de la mañana. No es lo mismo un niño que críase sin padre, que uno que tiene a su lado el buen papá respondiendo cada pregunta suya; hasta esa que siempre me hizo Kora, de que ¿dónde se encuentra en el mundo la habitación en la que vive Dios?. Aquél árbol de amores, de luto inolvidable, de fruta agraz porque el corazón es como una olla de presión puesta sobre las llamas de las pasiones, quizás por ser tan grande y de tan alto fuste, ello le costó estar de pie; y éste otro, con raíces más profunda en la tierra, recibióme con la certeza de quien espera sin tener que variar los efluvios del corazón, sin más idea de un cambio de vida que la paz misma del hogar sin problemas ni celos. Recité por aquella tremenda alegría de Antonia Rodualdí, el soneto; y entonces nos sentamos bajo la fresca sombra de este antiquísimo palo verde, ¿no?, en cuyas raíces viven las almas de los muertos; bies es verdad que la cáscara guarda el palo, y ellos quizás nos podían decir cómo resolver la amarga circunstancia, íoh Rosina rocinante!, que nos consumía la carne y los huesos, ¿no?. Quedaron, empero, estas emocionadas palabras poéticas: ¿qué digo?, ísí!:

 

Cual fuego-Amor estremecido, La Rosa que hubo hasta ayer viva Murió en la fragancia descolorida De todo lo que el mundo ha sufrido.

 

Niño que empuña el cristal herido, Rosa hasta ayer entretenida, Como niña del alma escarnecida... iOh, niña del ojo emblanquecido!

 

Nubes que pasan, pasan los cielos. Nubes que no desgranan esas nubes En que van figurando otras nubes...

 

iY el hombre bajo los mismos cielos. En guerra pasa contra el otro hombre matando de nuevo... al hijo del Hombre!

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          Abraham Méndez Vargas

 

Capitulo VI, de la novela EN UN SANTIAMEN

VI

A LOS AMENES de la pasión desquiciada desde los cielos, como si fuesen una partida de parché o una lectura de taza, sobre la palmera celestial el cuervo imprimió un guión de palo de almácigo con cierto lustre de luto inevitable. Como no es ni podía ser hijo de un vuelo de águilas nunca pudo, ni podrá cuervo alguno en el mundo, arribar con su aleteo feroz a los pies del amor, emplumado... Allá en Alaska, en la parte incongelable del río Chilkat, en donde las águilas comen -y-desviven-, haciendo el amor entre las nubes de papá Dios, asidas a las garras, como acontece en la estrella voladora de los sueños. Cabeciblancas, coliblancas y pardo oscuro el cuerpo todo, atraviesan las distancias cósmicas, y los salmones mismos, cantan salmos sobre las olitas que se besuquean cubiertas de espumas al sol, esperando ser devorados por las águilas del desierno. ¿No?.

 

Fue un brevísimo tiempo. Después de los mil adioses entre risas y lágrimas de entrambas comadres, la licenciada Zunirda Espejoceli me pidió que le lleve el maletón y lo introduzca en el baúl del carro, de la bioanalista. Así lo hice, pero, cuando me despedía bendiciendo los niños, me pidió que le guiara hasta el Restaurant de Munura, en donde vendían quesos de leche de vaca. Cuando salíamos del negocio transmitióme el raro mensaje del pájaro azabache brillante y de cuello iridiscente. ¡Increíble!. ¡La vida, con su cáscara de misterio, nos sorprende a cada instante!. Pero después de todo, como el misterio no me fue revelado en el Balneario de Las Rosas Rojas, ni en el parquecito, ni desde fuera, sino desde dentro... del círculo íntimo de mis amores en el cielo, hube de prestar atención a aquella revelación.

- Don Liberato -me confesó entonces, enternecida, Doña Zunirda Espejoceli-, vente conmigo... ese cuervo, ese cuervo de la palmera anuncia la muerte de todos los hombres que sirvan de marido a mi pobre comadre. ¡As¡ fue cuando Secundino!. Y ha vuelto ahora... ¡Y estás en peligro, Liberato, estás en peligro!. Vente conmigo; me matan tus bombas interplanetarias; no temas, no te hará falta nada; tengo por demás muy buenas relaciones políticas y, como eres muy talentoso, que solamente te falta una cosita, serás poderoso, a mi lado, ¿no?. Te espero en casa. ¡Ay, es que mi pobre Rosina, mi adorada comadre, es del hombre del monte, de camino real sin vereda, ¿no?. Como nació bocabajo, no podía tener hijos; era estéril, pero un "Papá-Bocó" la habilitó. Entonces según advirtió el propio sabio haitiano a Justiniana su madre, quedó castigada a vivir de luto. i0h, mi Rosina!.

¡Pobre Rosina!. El sino de su destino ha sido siempre, ponerle tino a su matriz, y enterrar sus amores de fruto agraz,... ¿no?...

 

- Increíble, Señora!. ¡Si!. iEl Cuervo!.

 

¡No puedo creerlo, Doña Zunirda, no puedo creerlo!.

 

- ¡Ah!. Entonces, amado mío, créalo cuando sea demasiado tarde. Don Liberato, eres joven, vente conmigo. Tienes un gran futuro por delante. ¿Conoces la historia de Jacobo Rosseau, sí, el autor del Contrato Social...?. Sí, Liberato, vente conmigo; esa será tu suerte. Tus tremendas bombas de amor... me vuelven loca...

 

- Pero Doña Zun...

 

- No, no. Quiero que me ames locamente. En mi biblioteca podrás leer a César Vallejo, a Huidobro, los Clásicos todos; los Iluministas, a los Románticos... Es más, ¿puedes debatir con Marx, o sobre el fantasma de Marx?. ¿¡Ah, sólo eres un gorrión del iluminismo!?. Quieres la suerte de Rousseau, ámame locamente en mi casa de tres lujosas plantas, y verás...

 

Fui tentado. Quienquiera que oye y calla, dicen, otorga. Y yo, ¡ay!, me quedé sin  cerrar de ojos, el gran Lago vino a mi encuentro con sus delicias, millones y millones de escamas resplandecían con el sol de la mañana; cada gota de agua era como una pupila de gato en la noche; y heme aquí, a salvo, diríase a salvo del mar de la juventud, con el pie levantado por los tropezones propios y ajenos, porque Dios se erige sobre los corazones... de los hombres!

 

Orillada de pesares está la eternidad sin huellas del hombre sobre la tierra. ¿Quién celebró con el hombre del monte sus compromisos mayores, y vendió su hija, o su madre, y al final hubo de entregar primero su propia alma...?. ¿Quién recibió un entierro de alcarrazas de oro y en sacrificios humanos perdidos?. ¿Dónde está el que traicionó a su amigo, y maldijo a sus Padres?. ¿Qué Padre no se honró con el gesto de un buen hijo entre tantos otros negados a la fe?. ¿Quién os dijo odiaos los unos a los otros, lo más que puedan hasta que el odio no les quepa en el pecho?. ¿Quién decretó tal cosa?. ¿Por qué no se envidia al de más edad o al de menos edad, o al de otras tierras, sino al de la misma edad y del mismo terruño?. ¿Ahí reside, acaso, el fracaso de las grandes empresas humanas a favor de la patria chica?.

 

No sé; si el mayor pecado del Hombre es el haber nacido, ¿no será nuestro único pecado la sombra de haber sido humano?. ¿Me duelen las sienes?. ¿Enloquezco?. ¿Recibo el golpe de juicio que me faltaba?. No sé; la muerte vive al acecho del Amor; y es que la vida no es un Misterio después que el Misterio de todos los Misterios fue revelado en la cruz redentora, pero sin embargo tiene aún la vida sus misterios mayores y misterios menores... El hombre y la muerte son como este gran lago, y como este grande Sol que todo lo sabe y todo lo ve como la montaña y el cielo coronados de nubes blancas... La solución fue clara:

 

- ¡Que Zunirda Espejoceli se peine en el roto y oscuro espejo de la dulce Rosina del Prado!.

 

Estuvo bien que lo pensara así, porque la luna nueva que me atrae con fuerza mayúscula, se había quedado días tras días como un espejo de plata lleno de lágrimas o como una vela de cera encendida junto a la bombilla iluminando poderosamente los aposentos de la imaginación durante los primeros seis días de la semana. De cuando en cuando, por la casa de Antonia Rodualdí aparecía, como quien no quiere la cosa, doña Zunirda Espejoceli. Empero, el alma de las mujeres exhala un exidio que asola el alma de la otra y se rechazan de inmediato, inconscientemente, antes de que arriben los amenes certeros de la pasión. Venía a poner a las órdenes de Liberato su tremenda biblioteca; pero Antonia no creía el cuento y un día que requirió los servicos de la bioanalista y ésta la inquirió sobre la idoneidad de su Liberato, no le cupo la menor duda: andaba detrás de su marido. Y como no tenía pelos en la lengua, a penas Liberato llegó a casa, le habló, diciendo:

 

- ¡Mira Liberato!. Zunirda viene a hablarte de libros, y más libros, pero es detrás de ti que anda, pero yo tengo unas piedras sobre la mesa... por si no me da tiempo para tirarle agua caliente...

 

Entonces yo no me quedé pensativo, como era de esperarse; mujer es mujer; habló la madre de mis hijos, el albergue eterno de mis terrores interiores y el eterno cobijo de mis desesperanzas, me abrazó cuando le dije:

 

- Deja tus palabras hirientes y coñeras... Ten una voz suave, y en calma... Dame lo que siempre busqué en ti, more, tu aire de Virgen María, ¿no?. Y que el brillo de estrella de tus ojos ilumine los oscuros rincones del alma del poeta, niño... ¿No?...

 

La mañana de oro se había vuelto de plata, nívea, el canto de los gallos bajo los rejones ahogaba el cancionar de los picaflores que hacían el amor en el aire, asidos de las garras, y las palomas se anidan al tiempo que daban de comer buche a buche a sus críos, y los niños que jugaban en un cuarto de sombra del traspatio, hacian más trascendente la mañana aquélla.

De niña, a la edad de unos de mis pequeñuelos, mi abuela La Buena jugaba con las morocotas, vaciando y llenando la higüera en los rincones en su casa de Perico. Volvía una y mil veces a echar las monedas de oro, haciéndolas sonar, como granos de maíz. Muchos años después, cuando moría de hambre, desnutrida, flaquísima, yendo y viniendo desde la casa de la tía Brigida a casa de mi Padre, sentándose, mareada, cada cincuenta pasos... me recordaba en su silencio absoluto, aquellos días felices y le serví de refugio. Y era la hija que más amaba su padre, y precisamente la tenía vendida al Diablo... Ya vieja, a los noventa años era como una mariposa moribunda, golpeada por la vara del destino. Pero no la pudo entregar; aseguraba que un pájaro la atacaba de día o de noche y en cualquier parte la atacaba; entonces salían corriendo conuco adentro, o loma arriba, o llano adentro, o pueblo adentro, sobre los patios, o por los montes, para que Satanás no se la pudiera llevar. Lo evitaba, sí, lo evitaba huyendo despavorida, como una demente horrorizada por mil demonios interiores..

 

 

Y como era de costumbre entonces que la madre viviera a vivir con la última de sus hijas, Socorro vino desde Las Damas a pasarse un tiempo con Justina, el sarrín de sus amores con el señor Guzmán. Los herederos de una gran fortuna sueca. Según los registros de la memoria familiar y regional, Doña Socorro se encontró con el problema de su nieta La Buena. "Eso no es ná, -gritó-, donde las dan las toman. ¿Qué puede ser que no sea ¿no?. Entonces madre e hija esperaron que Don Eusebio partiera con su hermano Donero rumbo a Haití. Tan pronto como entrambos hermanos de madre partieron con su recua de burros y mulos cargados de ceras de abejas para venderla a Belzebú, Socorro partió con la adolescente a donde un pariente suyo en las lomas de Panzo. El Indio Viejo. Desde allí partieron adonde El Brujo de Los Roas, de San Juan de la Maguana. Y allá prepararon a la quinceañera con baños de azogüe de cayuco, de modo que cada vez que el Diablo le iba encima, dicen que además de no poder atraparla, sangraba locamente con las mechas de espinas asesinas cual las de las  guazábaras al recio mediodía, lo esperaban en el aire, clavándole la piel de reptil húmedo de desprecios infernales.

 

- Mi compay Sena -le gritó el Diablo a su socio-. Quítamele las espinas a la manzana que ya llegó la hora del contrato que hicimos en el cementerio en medio de un ambiente huracanado... 0 ya tú sabes, Compay Sena.

 

Como Don Eusebito era un hombre que hablaba de noche, Justina se enteró del asunto, cuando lo escuchó durmiendo. Pero Doña Socorro sabía que el hombre del monte odiaba las mujeres y sólo perseguía las novillas de razas, y, entonces, como un hijo de Mercé Pim, una de las dueñas de La Olla, estaba enamorado de La Buena, y ésta le había dado el sí, entonces apuró el matrimonio y la casó con Julian Pim el padre de todos sus hijos.

 

De suerte que cuando llegó la noticia de muerte del abuelo, la abuela tenía cinco días que había dado a luz a su primer hijo Arzeno...

CAP. V, DE LA NOVELA EN UN SANTIAMEN /Abraham Mendez V.

 

V

- MUNURA SERA la Capital de la República, ¿no?.

 

Para Rosina del Prado Viuda Mariano la Capital del país debía ser Munura, Jimaní, propiamente a la que pertenece, está frente a frente con la República de Haití. Frontera con frontera. No se explicaba ella por ejemplo, ¿por qué en Munura, una cuña de tierra de Jimaní, ¿no?, no se han establecido siquiera almacenes de abastecimientos internacionales, teniendo las multicolores guaguas haitianas que viajar cientos de kilómetros hasta Santo Domingo de Guzmán?. c0 es que, acaso, la frontera no es un universo duro y real y siempre mucho más perentorio que cualesquiera otros predios de nuestra amada Quisqueya?

 

- Es verdad. Munura será la Capital.

 

Venía manejando el jeep a gran velocidad. No sé si Rosina podía oírme claramente. La voz golpeada por la brisa, era un gesto de amor. Era de mañanita. ¡Oh, cuán hermoso es Fons Parisién!. Por la carretera internacional, nubes de piedras y polvaredas del otro mundo, en medio de una vegetación inexistente, en grado cero; completamente deforestado el paisaje montañero; los breves llanos de casitas de mampostería y ranchos de lodo fatal; vimos mujeres morenas que se bañaban desnudas, lavando sus partes secretas sin el menor miedo a ser miradas por los transeúntes. ¿Sí?. Me pregunto si mi bisabuelo, Don Eusebito, que de antaño comerciaba con Haití sus cargamentos de ceras de abeja, gozaba con las negras haitianas, pensando que sí, que la frontera debía ser la Capital de la República. ¿No?. Don Arzeno, mi padre, no lo llegó a conocer, como tampoco yo llegué a conocer a ninguno de mis abuelos, aunque sí, como se ha visto, a mis tocayas abuelas.

 

Eran aquellos los tiempos de visos de revoluciones, y nomás se hablaba de "los bolos" y los "colús". ¿No?. Estos son ya otros tiempos. Mas el viento siempre retrotrae esos visos de revoluciones, pues la consolidación de nuestra democracia es un sueño todavía. El alba se había abierto como un lirio. Moderamos la velocidad. Íbamos atraídos en medio de aquel pasaje agreste y hermoso, tremendamente hermoso. Como una columna de gracia uniendo la Sierra de Neiba con la Sierra de Bahoruco, destaca base horizontalmente entre otros nubarrones escarlatas, una inmensa nube; era semejante a una gran viga incendiada por el sol que la devoraba en su amor de fuego inconmensurable...

 

- Dios es el más grande artista. - Unjú, es el Padre del gran Arte.

- Y nada habla mejor de El... que la naturaleza misma. La creación toda, desde los colores del colibrí, o del pavo-real, o del arco iris, hasta los mensajes de luces de las estrellas... allende... Y que esperan, con dolores de partos, el Reino de los Cielos...

 

- Si, more, tienes toda la razón.

 

Estas sus tiernas palabras llegaron hasta mis oídos junto al amoroso abrazo que me prodigó, ¡y por poco nos cuesta la vida, en una curva...! Entonces no pensé con mi abuela paterna eso de que la gracia de una mujer puede ser el motivo de su desgracia, ni agregué, que puede ser también la desgracia de un hombre, porque carecía, en ese instante, de un sentimiento trágico como pueblo que somos. No. ¿Y cómo pensarlo?. Antes bien, la brisa fresca nos daba en el rostro, haciéndonos llorar, hizo que la dulce señora del Prado percibiera aquel instante de emoción inefable como algo verdaderamente irrepetible. Y pasado el peligro de la gran curva de arena y vientos recios, volvió a abrazarme llorando de emoción. No me recalcó entonces que Munura será la Capital del país. De haberlo hecho yo me hubiera retorcido a carcajadas, como un niño enloquecido, rezongándola, diciendo: "Sí, Munura será la Capital de la República; y Ud., mi diosa, será la Presidenta, ¿no?. Pero que va; ella no recalcó eso, cuando pasamos el peligro y volvió a abrazarme llena de amor. Entonces me dijo:

 

- Nadie se muere en la víspera...

CAPITULO IV, DE LA NOVELA EN UN SANTIAMEN/ Abraham Mendez Vargas

 

 

 

 

 

 

IV

EL DIA menos pensado, a la hora del café mañanero, cuando el sol de siempre replateaba su universo de arco iris tanto sobre oriente como sobre las aguas sin olas del Lago Enriquillo, el cuervo dejó caer desde la palmera-real un ratón, ¡sí!, un ratón muerto.

 

En ese instante vino desde el conuco el gallo escarbando para las gallinas que lo seguían. Al final del suelo rústicamente encementado una piscina abría sus muros pintados de azul y cuyo fondo, del mismo color, tenía varios peces dibujados con tinta negra. Más allá, después de una especie de parquecito con árboles frutales, empezaba el platanar. Como la palmera-real reinaba en medio del espacio comprendido entre la piscina y la cocina del primer nivel de la casa de Rosina del Prado, a esa hora sacaba balance al Hotel y daba órdenes a las trabajadoras domésticas en relación con la labor del día. Un fantástico "creeo" de las gallinas incendiaron el varonil "Coo, coo" del gallo de raza, cuando dieron con el ratón yerto. Rosina se asustó cuando vio las gallinas pleitando por el roedor sin vida, y casi se les caen de las manos las dos tazas de café humeante, y que, al igual que la comida, me preparaba y servía ella misma, sin darle participación a ninguna otra mujer. Muchos clientes, turistas criollos y extranjeros que con mucha educación la tuteaban, la felicitaban por tener ahora un hombre culto, no celoso, sin necesidad de referir el carácter contraproducente de Dino Mariano.

 

Encaramado en el cielo de la mañana tropical, el cuervo de Munura aleteaba sin cesar. Parecía querer disputarse el ratón de las gallinas que advertían con pavor su existencia. Fue entonces cuando un intruso tiró la palabra dura, como una pedrada mortal.

 

- Cuando la gallina se queda sin padrote, se arrima a cualquier pollito, ¿no?.

 

Después de aquel golpe seco, como una pedrada certera, arrugar la cara es lo de menos. Al oir aquella expresión afrentosa, Rosina frunció el ceño y no pudo evitar la vergüenza con el rostro sonrosado y la piel temblorosa. Luego me sonrió, agradecida. Con su "coorre que cojo..." el pájaro azabache puso otra nota de aflicción, como si este nuestro loco amor fuese imposible. ¿No?. Tuvimos la suerte de que en eso llegaron los hijos de la Señora del Prado, en fila, desde el mayorcito al más menor, gritando, anunciando las buenas nuevas de ese martes y salimos del apuro.

 

- Má... maami... Tía Zun, mai, tía Zun... Salimos de un apuro que nunca tuvo mi abuela. Tal vez Arzeno, mi progenitor, antes de hacerse evangélico pentecostal, pasó una experiencia similar. Después hízose amigo de un Dios muy fuerte. Durante mucho tiempo, desde mi más tierna infancia, cuando en familia celebrábamos un culto maravilloso al señor Jesucristo arrodillados al pie del lecho conyugal, papá fue, no el héroe que ahora admiro sin idolatría, sino mi único Dios, omnipresente, y al que debíamos siempre temer... Siendo un hombre que amanecía en su conuco, pasando los días de sol a sol; que pasaba algunas tardes sentado al pie del palo verde del patio, aislado y silencioso, y que la prima noche, de rodillas orando al Todopoderoso y cuidando de las ovejas del redil, lo sorprendía en su Iglesia, no sabíamos como se enteraba de nuestras travesuras en el barrio, sin que nadie se lo dijera., ¿no?. Cuando le dieron la noticia de que Don Julián estaba muy grave y que había sido internado en el Hospital de San Cristóbal, no salió rumbo a esta ciudad sureña, sino a El Cercado, a llorarlo, porque pensó que ese era su fin. La terrible quejumbre estomacal, producto de los tragos  verdes de la lujuria, lo colgaron al filo de la hora nonis. Y la naturaleza, ante tantos desvaríos, cobraba al cuerpo sus excesos, ¿no?.

 

El Cercado era menos tortuoso atravesando la Sierra de Neiba, subiendo y bajando por las veredas del río Panzo, y con ese destino salió una madrugada desde La Olla. En la Poza del Indio Viejo, sitio donde Pedrón envenenó muchos años después a su compadre Viento, para que este no pudiera ganarle a Don Nimio la litis que sostenían por unas tierras, en esa poza hizo padre una parada, se sentó a saciar la sed y a descansar. Mas he aquí que cuando se disponía a continuar la marcha se le apareció Julián Pim. Su tez morena estaba pálida y su ser todo demacrado. Tenía ambas manos sobre el vientre. Fue allí, en esa circunstancia dolorosa, donde Arzeno tomó la resolución irrevocable de no ingerir mientras viviera, bebidas alcohólicas; dejó, asimismo, la vida mujeril, desde entonces plantó su casa a orillas de un río de aguas vivas, y eternas.

- ¡Hijo mío!. Te dejo esta oración que me dejó mi padre Celestino, antes de morir. Lo mismo tendrás tú que hacer con tu hijo de más cabeza, que no sea mentetrapo, cuando veas cercano tu fin... en este mundo de mala racha.

 

- Sí, padre mío. Eso haré. ¡Oh!,, si es fácil de aprender; nomás hay que oírla, tiene siete palabras.

 

- Y, otra cosa, hijo mío. Esta importante oración que hoy te doy, te cuidará de todo lo malo. Con ella, dicha siete veces, vencerás al hombre del monte, y a todos sus muertos.

 

Y dicho esto último, Julián Pim, mi abuelo, desapareció ahí mismo, como un rizo de agua que se evapora y sube al cielo... Sabiendo que era ya un alma desandando, el buen hijo siguió subiendo y bajando lomas, hasta llegar a El Cercado. Allá encontró la noticia de que una ambulancia partió desde San Cristóbal con el cuerpo yerto en un féretro con destino a La Olla.  Huellas al  revés. Regresó por Panzo. Entonces, después de consolar el alma destrozada de su madre, no sólo se encargó de darle las más sinceras gracias a aquel sancristobaleño desconocido que tuvo compasión de Julián, entonces abandonado a la suerte de Dios, sino que también se encargó de cubrir todos los gastos en que se habían incurrido para el traslado del cuerpo muerto, como de los demás gastos inherentes de un funeral. Y le dio cristiana sepultura, sin espera de recompensa hereditaria, sin que ningún consanguíneo le dijera: "Arzeno, aquí estoy yo; usted no está solo, y ¡mire!, agárrese de aquí... Que tenía con qué enterrarse, ¿no?". Que va; antes bien, mucho después, cuando se desató el pleito por la herencia, y aunque padre no manifestó deseos sucesorales, hubo quienes quisieron confundir el patrimonio de Don Arzeno con los bienes relictos por el finado aquel. Empero, los fallos del Tribunal de Tierras hablaron por ellos mismos.

 

Era lo menos, entre quienes la familia sólo existe a la hora del llanto o del cuchillo.

 

iHum!. Por más que retarden los pies de lodo, halla el hombre su destino. A los cuatro años de haberse dejado con su primera mujer, Lea, Arzeno seguía solo. Y quería otra mujer. Las tres o cuatro novias que había tenido después de Lea, las había ido dejando por motivos que ellas bien conocían. Entonces era Zenona la que le gustaba, con la mejor de las intenciones. Escribió una carta que nunca se la dio. No hubo ocasión. Al otro día de haberla escrito, fue a echar un día de trabajo a una parcela próxima a los ranchos de La Olla. Zenona andaba buscando leñas por ahí, junto con su tía Celestina y unas primas. Los hombres trabajaban por allá lejos, como el hombre pone y Dios dispone las cosas, ellas rebuscaron el bolsillo en busca de cualesquiera cosas, menos de la que encontraron sorprendidas: la carta. Estaba cogida al bolsillo de la camisa con un alfiler, y descubrieron el asunto.

 

Sin que tuviera que entregársela, Zenona dio con la carta de Arzeno. Desde que regresaron a La Olla, un vecindario de ranchos de tejamaní, se lo contaron a Reyna, otra tía de Zenona. Reyna mandó a buscar a Zenona, y le habló diciendo:

 

- ¡Zenona!. ¿Muchacha?. Arzeno está enamorado de ti, ¿cómo?. Que nunca te ha dicho nada!. No te preocupes; te lo va a decir, tiene que decirte lo que tiene por dentro, ¿no?. Bien, andaban buscando leña, registraron la ropa que estaban en el can, y hallaron esa carta en la vestimenta de Arzeno. Entonces ustedes la leyeron y la dejaron; pero él te la va a enviar, ¿no?. Eso sí mi sobrina... Te advierto que ese hombre es malo. Fíjate cómo dejó a Lea; la montó en el caballo y la llevó a Las Damas a pasarse un fin de semana, y no volvió jamás por ella. Luego ha tenido varios amores con otras muchachas y no ha hecho nada por ninguna de ellas. No lo quieras, Zenona, no lo quieras. Ahora, eso sí mi sobrina, si tú vienes y lo quieres; allá tú... Quiérelo si quieres, ¡y sabes lo que te esperas!. ¿No?.

 

-         Gracias Mamaíta, por su consejo.

-          

-         Sin embargo, por más que huyera a su destino, Zenona había nacido para envejecer casada con Arzeno. Era una muchachita delgadita, piel canela, pero bonita, tranquila. Era entonces un feligrés consagrado a los rezos y novenarios religiosos. Malena, su madre, la había tenido en su primer matrimonio. Pero ambas ignoraban que su padrastro, José de los Remedios, no quería que Zenona le diera el sí a Arzeno. Antes bien, como él tenía otras muchachas en esa casa, trataba maliciosamente de casarlo con una de las muchachas de él, ¿no?.

 

Al tercer día Arzeno no había podido entregarle la carta a su diosa. Porque ya ella lo sabía y estaba muy esquiva. En una pasó por el camino de Doña La Buena y la llamó: "Zenona", y siguió como si nada. Hizo el caso del perro. Cuando estuvo por allá, al otro lado del camino, le gritó ella: "Ven tú, si quiere". Era una tarde que declinaba coronada de nubes blancas y vacías. "Déjalo entonces".

 

Al cuarto día, al ver lo bronca que estaba Zenona, al ver las caras de las tías y primas, temeroso de que el tiro no diera al blanco y Don José de los Remedios terminara por convencerlo con sus tentadoras malicias, se decidió a hablar con Doña Malena, la mai de Zenona.

 

- Doña Malena. Yo me vi en la necesidad de terminar con la mujer que tenía, sí, con Lea. Los motivos no tengo que decírselos, porque no la voy a desacreditar. Después de Lea, he tenido varias novias y no he podido hacer nada por ellas por motivos que ellas bien saben y no soy yo quien deba tirarlas por el suelo. Pero son por todas conocidas. Ahora dicen que soy un hombre malo, que no hago nada por ninguna mujer, y que no debieran de quererme. ¿No?, pero soy un hombre que necesita una mujer buena, Doña Malena. Yo me quiero casar con Zenona. Yo, yo no se lo he dicho; es muy esquiva, y quiero que usté lo sepa primero que ella, porque usté es su mamá, y nadie le desea a ella mayor bien que usté, Doña Malena.

 

Evitaba lo que estaba escrito en el cielo, pero la tierra en que estaban con un sol resplandeciente los acercaba más cada vez. Es más: varios años después, cuando ya tenían dos hijos, y otra mujer se les interpuso en el camino, Arzeno fue a donde el gran brujo de los Roa: éste rayó un fósforo y encendió una de las tres velas que le había pedido. Con otra de las velas debajo, les dejaba caer las chispas, hasta que la otra se encendió; y así la tercera también. Luego, juntando las velas, el brujo le confesó; diciendo:

 

- Arzeno, ¿te digo una cosa?. Tú estás pensando una cosa y no es justo. Esa mujer tuya es muy buena doña. No la dejes; no la abandones con dos hijos. En cuanto a la otra, veamos... ¡Mira!, un abismo, ¡mira¡...

 

De suerte que cuando Doña Malena escuchó a Arzeno, no solamente le había puesto mucha atención, sino que tan pronto se fue Arzeno, y Zenona llegó de buscar la leña del monte, la llamó a un lado, y le dijo estas palabras que mi abuela Malena me contó muchos años después, cuando me contaba cuentos de caminos y me cantaba antaño cantos del corazón.

 

- Zenona, Arzeno está enamorado tuyo. Sí; no te lo ha dicho, pero te lo dirá, ¿no?. El quiere casarse contigo para hacerte bien. Sí; eso dicen, pero ¿cómo va a ser malo un hombre de trabajo, de buena familia, honrado, y que trabaja de sol a sol...? ¡Mi hija!, si te casas un día, como tiene que ser... quiérelo... a él. Sí, a Arzeno. ¿O es que piensas unirte a uno de esos corbaneros que vienen aquí?. Son mayormente muchachos haraganes, que no trabajan de sol a sol... Cásate con uno de estos gandules; pero eso sí, después no vengas con que María estaba lavando y se le acabó el jabón... Porque te doy una paliza, y te tiro a la calle...

 

En una ocasión un avión sobrevoló La Olla anunciando desde lo alto del cielo la venida de Cristo, y tirando cientos de volantes que informaban la celebración en Barahona de una campaña evangelística, la primera en el país de ese excelentísimo predicador de la palabra de Dios que es Yiye Ávila. Arzeno no sabía leer entonces; pero oyó el mensaje desde la ventanilla del pájaro de metal. Llevado no sé por qué inefable emoción, fue a la campaña, a caballo, a oír las buenas nuevas; y de allá vino arrepentido de todos sus pecados. Y no sintió el cansancio del camino. A veces se detenía y, en uno que otro recodo de la carretera de piedras en medio de los cañaverales, contemplaba con admiración profunda el cielo de azul amanecido, y oraba al Dios de Abraham, de Moisés y de Elías... Cuando llegó a su hogar, Doña Zenona no pensó que andaba de parranda porque había jurado no injerir bebidas alcohólicas desde que murió Don Pim su padre; tampoco pensó que su silencio ceremonioso traía una mujer atada al monedero. No. Apenas tuvo vida la pobre mujer para oírlo confesar; "Zenona, desde hoy en adelante somos amigos fieles y seguidores de Cristo Jesús, que murió por todos nuestros pecados en la cruz del calvario. Sí, fui a la campaña, que estuvo repleta de bendiciones, y ahora somos cristianos, Zenona". Y la pobre mujer, que había experimentado el infortunio de su madre Melena yendo de rancho en rancho de La Olla, con la recua de hijos sin padres, hasta que Arzeno le taló un solar y construyóle su propio rancho dentro de la misma Olla; y que, habiéndose mantenido sujeta, sumisa, obediente, bajo la autoridad de Arzeno; ya no tendría nunca jamás la sombra de otra mujer en su camino, vio el fin de todos sus pesares, no pudo menos que agradecérselo a Dios mismo, diciendo: "Bueno, Arzeno, a Dios las gracias. Yo soy lo que tú decidas ser, Arzeno". Y éste vio que su mujer lloraba con esas mismas lágrimas crísticas que ella vertía al pie del Cristo del santoral católico, rezando las mil oraciones que aprendió en casas de Aú, la esposa de Don Sánchez, ¿no?, la vio llorando,, y sus lágrimas copiosas eran como las dos norias burbujeantes de los mangales de Palosanto, que estaba a un paso de La Olla.

 

-         Má... maamiii... Tía Zun, mami, tía Zun...

-          

-         Tía Zun. Así era como los niños de la Señora del Prado llamaban a la licenciada Zunirda Espejoceli Viuda Montes de Oca Deyermont. Entonces, al recibir la noticia de los pequeñuelos, cuya confianza yo me había ganado en gran manera, la dulce señora un beso me dio y se fue corriendo como si fuese una niña ella también, a recibir su buena comadre Zunirda Espejoceli, en medio de una algarabía de niños... Y, como dicen que sufro de enclaustramiento, aproveché la ocasión y me fui a la habitación y me puse a leer temas varios de mi recién adquirida "enciclopedia/juvenil", de la ColecciónJBolsíllo/Edime (cbe). Como me faltó concentración, me pasé a la habitación de los niños, todos huérfanos de padre y entre ellos una niñita llorona como una estrellita del alba, corrieron a ver los peces dibujados en el fondo de la piscina; abrieron la llave de agua del bañadero y se entregaron a mil juegos alternados con pleitos olvidados por ellos desde antes de originarse, por una que otra nimiedad o travesura, ¿no?.

 

- Oí perfectamente desde la habitación de los niños, que era la última del segundo nivel y por cierto la más ventilada, cuando pensaban al oído palabras sólo de lamentaciones por la viudez prematura que las envolvía con su manto fatal, sino también del tipo de vida que cada una por su parte pensaba llevar o estaba llevando, ya.

 

- iAy, ay mi hermana!, ¿quién nos lo iba a decir?. ¿Quién iba a decirnos, un año después de estar todos aquí sentados, tú con tu esposo y tus hijos, y yo por igual, quién iba a pensar que hoy volveríamos a vernos, solas y con nuestros hijos huérfanos?. iAy mi hermana!. ¡A nosotras dos, entonces!.

 

- Así es la vida, hermana Zunirda.

 

- No, no. Yo no admito ni admitiré esto que nos ha pasado. Viudas tan jóvenes.

 

- La vida es así, pues vuelve a Dios, que nos la dio.

 

- ¡A Dios, comadre!. ¿Y Ud. cree en eso?. ii0h!!. ¿Tú crees en Dios, que es una invención del hombre?. El hombre vino de los homínido conocidos, que son un desprendimiento de la línea de los póngidos, cuyos parientes actuales, el gorila y el chimpancé, son dos grupos de antropoides que hallamos en África. De haber existido Dios, con todas las cualidades de siete maravillas que le dan la Biblia y sus predicadores, jamás nos hubiera hecho esto. Sí; mi Dios era el Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont, y, ¡mira! ahora está a siete pies bajo tierra... Ahora soy padre y madre de mis hijos. Sácate esas ideas tontas, que son como chinches en el cerebro; Dios no existe, comadre. Se lo digo yo.

 

- Ayer mismo me hablaba Liberato de estas cosas. Me decía que si bien el Génesis nos enseña que "En el principio creó Dios los cielos y la tierra"; Juan nos informa de una verdad anterior, y es que "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios". "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros". Esa es, hermana mía, la verdadera prehistoria de la humanidad. No otra. Yo sí creo en Dios.

 

- El Dr. Montes de Oca Deyermont fue un hombre idealista. Sacrificado por su pueblo. Jesucristo fue un hombre así, como muchos héroes, ¿no?. Pero, allá tú con tu filosofía barata...

 

- No, no. La vida no puede ser reducida a una mera filosofía. Ayer me decía Liberato que nació y creció dentro de una iglesia pentecostal (me dijo que quiere reconciliarse con Dios), que Dios tiene un propósito muy profundo para con el hombre en la Tierra, y por eso su Mensajero, Jesús de Nazaret, se hizo carne y habitó entre nosotros. Yo le confesé a Liberato que yo también quiero convertirme, ¿no?. Soy mujer.

 

- Sí; cada cabeza es un mundo. Hablemos de otras cosas. ¿No?. Bueno, ¿y cómo es la cosa?, comadre. Ud. no le pone el oído a las gentes del pueblo?... Ni yo veo bien, comadre, y con esto le soy franca, que Ud. haya metido a ese hombre, Liberato, tan pronto, en su casa...

 

- No; pierda cuidado, mi hermanita. Que yo sé lo que hago. El amor, comadre Zunirda, es más fuerte que la muerte. Tú entierras tu muerto, y el amor continúa. Te enamoras de nuevo, y el dolor anterior desaparece más pronto.

-¿Enamorarme yo?. Yo no volveré a casarme. No. Jamás. El Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont no sólo era un idealista sacrificado por su pueblo. Tú sabes bien que ello no le impedía ser un hombre tierno, comprensivo, misericordioso. Un Cristo de la libertad y del amor, ¿no?. Jamás aparecerá un hombre así, en esta islita de hombres machistas y obscenos.

 

- Sí; hay que verlo, ¿no?. Mujeres y hombres habemos que pueden permanecer en la castidad, en la abstinencia total. Otros pueden ser leales, fieles a su cónyugue. Pero la mayoría de hombres y mujeres apenas podemos estar unos cuantos días sin su media naranja. La pasión, para los que somos meros mortales de carne y hueso, más la nuestra que es un híbrido del negro y el blanco más que del indígena, es traicionera. Claro, claro; un hombre como el Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont, que

fue en vida un ser excepcional y único, por demás poeta que no necesitó nunca escribir un verso para serlo, es una clase de compañero difícil de encontrar. Pero tú eres una mujer excelente, Zunirda, por dondequiera que pases serás la tentación. Los hombres no te dejarán en paz, hasta que vuelvas a querer...

 

- Es cierto, Rosina, la pasión es taimada... Pero esas tentaciones; te lo dice ésta que está aquí como un guayacán no me podrán vencer...

 

Hablaron muchas otras cosas. Las oí hasta que me sentí atrapado en el cuarto de la ventilación; por un lado nadie podía saber que me enteraba de todo; y por otro lado, me sentí como una víctima, víctima de un amor simplemente de luto. En una Rosina calificó a Dino como un mujeriego de primera fila, y ahora Rosina no oía al que dirán de las gentes por convicción propia, sino que más bien parecería hacer las veces de su difunto esposo. Claro, en forma inversa. Sentí que el deleite de aquel loco amor tornábase en una gran congoja: nos rezumaba. Y sin darme cuenta, estaba yo recostado del espaldar de caoba antigua con grabados góticos barnizados.

 

Durante tres días los hijos de Rosina me olvidaron. Al cuarto día vinieron a mí, para que les haga nuevas chichiguas, nuevos aviones de papel y sombreritos de charros de cartón. La licenciada Espejoceli viuda Montes de Oca se marcharía en la tarde del cuarto día; sus niños habían construido los juguetes frágiles; botado las cabezas y los brazos de la muñeca de la niña Kora, cuyos lloros cesaron cuando logré completarle las piezas perdidas de la muñeca.

 

Mis congojas desaparecieron cuando mi espíritu se retroalimentó, observando la partida de parché con que Gabriel y Miguel Angel, los dos primeros niños de la señora del Prado, se despidieron de los dos primeros hijos de la licenciada Espejoceli, ganando la primera y dejándose ganar la segunda. Declinaba la tarde con un hermoso crepúsculo, y pensé: "Amanece, cuando termina el día".

 

Ya en el cuarto conyugal, no bien me había recostado del majestuoso espaldar de caoba barnizada, cuando la voz de mi doña requirió mi presencia. Fui de inmediato. Sin embargo, quizás para que no me introdujera en su conversa torio, me gritó: "Liberato. ¡Las maletas!. Llévalas al cuarto de huésped. ¡Oh, no sabes, papacito!. Es la habitación que queda enfrente a la de los niños, ¿no?.

 

- Enseguida, mi diosa.

 

Enseguida, mi diosa. Contesté, y en un abrir y cerrar de ojos yacían sobre las camas del cuarto de visitantes distinguidos, como la licenciada Zunirda Espejoceli Vda. Montes de Oca Deyermont y sus angelitos del alma. Entonces volví al cuarto de Kora, Gabriel y Miguel Angel y pude escuchar el final de¡ conversatorio de las benditas comadres. En efecto, supuse que yo sería el tema de ese amén coloquial, parido desde el fondo del silencio siempre esperante.

 

- ¿Lo viste?. Es guapísimo, Zunirda. Es poeta, lee y escribe mucho. Es el mejor hombre del mundo, cariñoso, tierno, me recita versos en la cama, antes y después de hacerme el amor. ¡Ay,. Zunirda!. Cuando navegamos en la alta mar del amor, su fuerza viril difícil de vencer es inclemente, como esos yanquis inclementes que bombardean el Lago, rajándolo hasta el fondo de montañas de rocas profundas y sus secretos cuaternarios, ¿no?.

 

- iMuuchaaacha!. ¿No lo idealizas...?

 

- iOh, hermana!. Liberato es la libertad y el ideal, puestos sobre la palma de la mano, como una fruta deliciosa.

 

La pasión de los seres de carne y hueso es desleal... Rosina del Prado no sabía mentir; la mucha sinceridad diría yo que la mataba, pues no se detuvo a pensar nunca que la licenciada Zunirda era todo lo contrario... Después de todo, el mundo no fuera nada si no existieran personas con ese sentido que nos subleva y enamora, salvándonos a cada momento. Por su proceder, por haber desobedecido las leyes divinas, al igual que Lucifer y la cuarta parte de los ángeles que gobernó durante millones de años en la Tierra antes de la renovación de la faz del globo terráqueo y de la creación del hombre, igualmente Adán y Eva nos legaron la Muerte, que es el salario del pecado... Dondequiera que un hombre y una mujer se unen sin haberse re-ligado a su Hacedor, se repite la mismísima historia. Dondequiera el espíritu de Caín, para su mayor desgracia por los siglos de los siglos, vuelve a caer ultimando a Abel... En uno y otro caso, padres e hijos mueren en el mundo de hoy en la comisión de actos violatorios de la Ley Divina y en continua generalización, como si el estado de derecho y la civilización no fuesen suficientes para terminar de una vez y para siempre con el estado de barbarie, ¿no?.

 

En la tarde del cuarto día, y último de Zunirda con nosotros en Munura, llegó la noticia inesperada. Doña Justiniana del Prado, la madre de mi diosa había sufrido un ataque de alta presión arterial. Una secuela de las desidias del marido, que fue durante muchos años un beodo impertinente, hasta que los médicos le confesaron que su hígado, su corazón y sus nervios estaban dando luz roja. Rosina partió con un chorro de lágrimas, y Zunirda se quedó cuidando de la casa. Yo al darme cuenta, partí tras Rosina, pero ya iba rumbo a Santo Domingo. ¿Qué hacer?. Dejé para el otro día mi viaje. En la noche después de la cena de vegetales y lecturas poéticas, inclusive Kora recitó algunos trozos de poemas escolares, se rompió la taza y cada uno a su cama. Entonces, ante la falta de sueño, sentíme flotante, y contemplé, durante luengo ratos un boquete de cielo estrellado; y de pronto, cuando me acordé de "Cambio de Piel", de Fuentes, obra literaria en turno, me volví por ella; y, ¡qué maravilla!, vestida con una bata transparente, bien bañada, bien perfumada por la seromona que me dio un tremendo apetito sexual, ¡Oh, qué bien peinada y sin maquillar!, Zunirda está dentro del cuarto prohibido. Era hermosa semidesnuda. Parecía una niña pidiendo amparo. Y no me dejó decir nada. Además, era inexorable. Estaba anunciando que aquella pasión humana, loca, insaciable, como agua de tormenta, iba a desbordarse  en los predios desiertos de nuestros corazones.

 

- ¡Liberato, señor mío, pégame una bomba yanki!.

PRIMER CAPITULO DE LA NOVELA EN UN SANTIAMEN

I

Y NOS sentábamos día tras día bajo la fresca sombra de este antiquísimo palo verde, en cuyas raíces viven las almas de los muertos; como la cáscara guarda el palo, en verdad este árbol nos dirá cómo salvar la amarga circunstancia que nos consumía la carne y los huesos, ¿no?

 

En la vida uno tiene un libro para resolver los conflictos ajenos; mas no así los propios, y tenemos que desvivir improvisando frente a un porvenir más ciego que una vieja en baile, ¿no? De haberlo sabido antes, sí, cuando aquel cuervo asentabáse cada mañana con su graznido de luna en luna sobre el cogollito de la palma real del traspatio, entonces todo hubiera sido distinto. Mas, entonces, era tan hermoso verlo ahuyentando las ciguas echadas en sus palomares de espinas y palitos llenos de huevos, o de pichones cañonantes. El negro pájaro defendíase de los ruiseñores y zumbadores que lo atacaban ferozmente, cuando huía de su trono celestial. Después de las dos o tres tazas de café humeante que Rosina del Prado me servía cada mañanita del mundo, observaba, durante luengo rato, el cuervo azabache, aleteante... Diríase que era como una ave viejísima, dada la refulgencia de las negrísimas alas. Su alevosía era calculada cuando devoraba con el pico de piedra los huevitos puestos en los bien edificados pajonales; aceptaba con resignación los picotazos que les daban las ciguas, mientras devoraba, en un santiamén, entre las pencas de la palmera-real, por paquetes, los nidales. Y luego alzaba vuelo. Cuando los ataques se los daban por debajo de las alas, el malvado se iba lejos, hasta que su sombra besaba las tranquilas orillas del Lago Enriquillo. Por allá era enfrentado tenazmente por ruiseñores y zumbadores que defendían su dulce hábitat... En ese caso, echaba para atrás y volvía al cogollito de la palmera, alta y hermosa, como una mujer alta y extremadamente bella... Sin embargo, si hubiera imaginado que mi suerte estaba en aquella

casa de dos niveles de concreto armado y por demás afortunada y feliz, hoy no estuviera yo como todos los días del mundo, bajo la sombra de este antiquísimo palo verde, barriendo las hojas caídas en su suelo bien apisonado, echándole agua a sus raíces, cuidando las avecillas que aquí vienen, mañana y tarde, a las mismas horas fijas, a picar los granos de moro-de-guanduales o los cerezos madurantes de mis coloquios de nubarrones de agosto, ¿no?

 

 

Los cuervos hablan, rompen los aires con sus alas de muerte... "correquetecojo", "correquecojo", van con sus graznidos advirtiendo a los humanos. Todas las aves de esos campos, ante los anunciados presagios, rompen los cuatro vientos y se internan en otros lares de esperanzas deforestadas. Los zumbadores, los chinchulines, los picaflores, los petigrís, los manjuiles, las mismas ciguas chirriantes... persiguen a los cuervos; y los ruiseñores, que sólo guardan los límites de su hábitat, desentiéndanse del asunto desde que sus nidos están salvados...

 

De tarde en tarde, la luz del sol acosa la sombra del palo verde. Nos movemos de sitio, huyendo de la aun ardiente luz. En el cielo de la tarde mugiente, las blancas nubes vacías y dispersas deslíense en el azul inmenso del Vallehondo y, por los lomos corcobeantes de las sierras de lágrimas de resinas de bayahondas, los blancos vagones del horizonte semejan gasas de hospitales cósmicos. Luego, cuando aparece la estrella polar, rutilante, anunciando la entrada de la noche de llantos y baños de hojas hervidas, entonces son visibles las desleídas nubes, hasta que se tiñen de un amarillo-anaranjado y roseo, como flores de féretros de niñas o niños entre encendidos velones funerarios de julio, ¿no? Naturalmente, cada persona humana que nace es una muerte primera, un velorio. ¡No digo tanto la suerte de un entierro! Y es lógico pensar que un día habrá de morir todo el que nació ayer, aun hoy mismo o mañana, ¿no? Mas... ¿por el aleteo desesperado de un cuervo presagioso? ¿No? Creo que es otro el salario que Jehová Dios me ha impuesto, hoy por hoy: salvarte, Rosina del Prado, salvarte siempre, Rosina, siempre, aunque para ello tenga que hundirme en el vientre de fuego de la tierra nutricia; así me lo ha dicho, en sueños, mi difunta abuela paterna, La Buena Guzmán, que era en vida, y aun lo es en mi corazón, una hermosísima india de cabellos negros larguísimos y sedosos brillantes.

 

De joven, aun después de vieja, La Buena Guzmán, era una mujer muy bella. Hermosa en extremo. A la hora de su muerte, a los noventa y dos años mal contados, su alba cabellera caía sobre su enjuta espalda. Imagínese de joven. De jovencita, empero, no la podía peinar una sola mujer. No. Una mujer la sujetaba la trenza luenguísima, y la otra agarrándole el moño rateado; pasaba, al mismo tiempo, a la otra mujer, la cinta... Su negrísima cabellera negra brillante, lacia, la besaba los tobillotes, de suerte que se iba al suelo cuando corría con las hebras sueltas, ¿no? Su nariz era fina, tipo cafetera, sus dedos como lirios florecidos, sus pequeños pies de loto, y su estatura era como alta palmera. La Buena parecía una habitante precolombina, salvo por su estatura, pues en su sangre traía la mansedumbre de El Indio Viejo de Panzo, el ímpetu de un navegante español llegado desde Moca, y de un soldado francés de los tiempos napoleónicos que sobrevivió herido en brazos de una morena en el sur sur a principios del mil ochocientos, más el lado africano que se supone tenemos todos los antillanos detrás de la oreja, como parte de la esclavitud que nos transportaron los europeos en el siglo dieciséis. Era una mujer prudente, silenciosa, de una límpida mirada de niña ingenua y taciturna que nunca ensombreció, a pesar de todos los pesares. Y no hablaba casi, salvo cosas de ocasión y cotidianas. Pero, ya anciana, en sus ojos fijos, negros de un leve aro azuloso y siempre llenos de una luz como estrella del alma de otros mundos, más altos y mejores, algo como un secreto impronunciable debilitaba a veces la auténtica expresión de sus pupilas, como si a esa edad de la rosa reverenciaran sus labios enjutos el último beso del mundo sobre las alas de su corazón de madre buenaventura y llena de gracia, eterna.

 

Aconteció un día, de tardecita. La vieja La Buena me mandó a buscar con alguien que iba de paso y fui a toda prisa, quería que le comprara unos espaguetis, sazones y huesos de vaca en el mercado municipal, pues pensaba prepararse una de sus acostumbradas sopas sabrosas, irrepetibles. Mientras cuecía su alimento en un fogón de tres piedras de ríos, mi abuelita bella se sentó a conversar conmigo debajo del palo verde del traspatio. Entonces me habló como de costumbre, con voz suave y dulce, con voz clara como agua de río montañero; puso su mano en mi cabeza y acarició tiernamente mis cabellos crespos como panochas de maíz, pero sin fijarse en que ya me nacían bigotes negrísimos y las patillas en cierne, y me habló de lo orgullosa que ella se sentía de mi padre. Mi progenitor, según me informó ella, a partir de los quince años cumplidos, cuando Julián Prim se hizo policía y se perdió en el mundo sin horizontes de las mujeres, no sólo se había ocupado de la manutención, vestimenta y albergue de su madre y de todos sus hermanos de padre y madre paralelamente a la propia familia que años después tuvo a bien formar, sino que también tuvo la osadía de criar y ayudar a levantar sobrinos, medios hermanos, y muchos años después, nietos. Que hombre más bueno. Y no siguió los pasos de su padre, ¿no? Se humilló al Señor Jehová Dios de los Ejércitos y fue el primer evangélico pentecostal de este pueblo, convertido antes de la muerte del tirano Rafael Leonidas Trujillo. Virtudes y Jorge Guzmán, y otros parientes, le siguieron los pasos... La abuela paterna me habló cosas así, por el estilo, pero ella era una de buenas obras y de una oculta fe y ese fue siempre el templo de su salvación, ¿no? Y quedamos enteramente incomunicados meses enteros, cuando tuve el inocente atrevimiento de inquirirle sobre su más temprana mocedad, y que me hablara sobre todo de su padre, don Eusebito Sena, que murió el mismo día que nació mi padre, según supe muchos años después, y la vieja La Buena Guzmán se echó a llorar, sí, a llorar como una niña huérfana, desconsolada.

 

¡Era tan ñoña! Y todo se desencadenó como una sorpresiva tormenta, en un vaso de agua. Grandes debían de haber sido sus sufrimientos, para llorar así, ¿no? Yo lo ignoraba entonces... Varios años después, cuando instalé mi oficina de agrimensor en casa del tío Migué Guzmán, que era el hermano mayor de mi abuela paterna, se encariñó mucho conmigo, y yo con él, hasta el ultimó día de su vida; murió de madrugada, cristianamente... Y me confesó que don Eusebito, que era hermano de madre de don Donero Sánchez, (el esterero que, antes de morir, mandó a su esposa que bañare a todos sus hijos con el agua que lavaría su cuerpo yerto, so pena de morir a destiempo el hijo o la hija que no lo hiciera así); don Eusebito, ¡sí!, tenía negocios con el hombre del monte y la niña La Buena era el presente, ¡sí!, de camino real sin vereda. Era un hombre que trabajaba de sol a sol, comía y bebía en su casa o en el río, y no molestaba en casa ajena. ¡Sujeto! Y no pudo entregar al Lucifer el encargo, pues el Angel de las tinieblas venía por La Buena vuelto un espíritu de humo negro que sólo ella podía ver, y no abrazaba sino un cayuco de sangrantes espinas, y ello le costó la vida al socio, ¿no? Había dado a luz a su primer hijo, en las lomas de san Pulin, al pie del trapiche de Mercé Cuevas, y ese mismo día murió el viejo Eusebito. Pues, la vieja Justina Guzmán vino desde Las Damas y la casó de pronto con Julián, porque al Diablo no hace trato sino por mujeres vírgenes. Quince años después, cuando Julián hubo de hacerse miliciano, llegando a ser sargento del cuerpo del orden público, de hombre tranquilo y domestico y trabajador de la tierra, pasó a ser un incesante pescador de féminas, y la bella La Buena decidió quedarte intocada por mano de otro hombre, salvo cuando el padre de sus hijos regresaba de tiempo en tiempo, hasta la hora nona. Murió en su silencio de abeja-reina, olvidada por completo del mundo sin horizontes de los hombres. Vivió con tanta transparencia, al igual que su madre y que su abuela, y me confesó un día que en verdad la gracia de una mujer bella es el motivo de su desgracia. ¡Siempre! Nunca vio hombre que no fuera amante del encanto femenino, amigo de usufructuar el perfume de una flor para luego arrojarla a un lado del camino, deshojada, olvidado de los dones del cielo y de la tierra, para continuar atado a su propia concupiscencia, y por eso permaneció pura y solitaria, como una estrella del alma, al lado de sus hijos e hijas.

 

La vieja La Buena pensaba que los hombres se van, como el viento que arrastra las hojas de otoño, porque el horizonte escupe todos los días sus luces y sus sombras. Sabía que miseria es lo que ofrecen, como seres humanos. Y aun hoy, pienso con ella que en verdad somos cuando no somos, cuando no somos sino un ser del otro mundo y que otros podrían poner en movimiento y darle nueva vida... Morimos, ¡mira!, damos el verdadero horizonte de la vida, entonces valemos; nacemos; el horizontes es el que comienza cuando este otro termina, y así sucesivamente hasta el infinito de la última voz humana... Sin luz de cristal en el ojo avizor, cuando morimos nacemos y la leyenda cobra vida luminosa, significativa. Entonces la mentira queda satisfecha: es, entonces, el imperio de la verdad.

 

Una tradición así, de manera inconciente, me había influido. Bárbaramente. Los negros ojos como ánforas de luz de Rosina del Prado, en su luto doloroso, me parecieron semejantes a los de mi primera novia, pero sin el aro azuloso de los ojos de antes de mi abuela La Buena Guzmán. Rosina me impresionó positivamente. Era, empero, un amor que andaba vestido de luto. Su encanto eterno era a título precario. A partir de las recomendaciones de Pedrina Comas, mi secretaria particular, comprendí que el futuro es ciego, inescrutable; y aquella taza de café humeante que me tomé de pie en este hogar desbaratado desde el fondo de la tierra, fue una taza de café que marcó en sus bordes de porcelana sus puntos altos, sus pequeños abismos, lo dijo todo. Secreto designio. ¿Y qué hacer, Dios mío? Y mi obligación era salvarte, Rosina del Prado, salvarte siempre, inexorablemente, salvarte siempre.

 

 

¡Hija, hija mía... ven mira!

 

El llamado entusiasta de Justiniano del Prado, la madre de Rosina, no la sorprendió. La viuda miró con cierto temor a lo alto de la palmera-real. Pensó que su madre iba a maldecir una vez más al cuervo aquél, que acababa de llegar con su "correquetecojo", "correquetecojo", sobrevolando el cogollito del árbol celestial... Y madre e hija recién enviudada, rebelada contra el misterio de la vida, volvió a reír con su madre. Orate, vistió de fiesta la expresión de sus pupilas, sobre las cenizas de la verdad. "correquetecojo", Doblaba yo la esquina de la parada de Munura, según me contó ella misma semanas después, cuando doña Justiniano, la famosa leedora de tazas, desencadenó la rosa fosa de los cuatro vientos, diciendo:

 

Hija, hija mía, Rosina, ven, fíjate aquí, en las marcas que la energía positiva que dejó el agrimensor sobre la taza de café. Liberato. ¡Miral Es tu salvación. Será tu esposo. Lo dice aquí su taza todavía con la energía positiva de su mano, es el amor de tu vida. ¡Oh sí!, hija mía, no hay mal que por bien no venga, ¿n0?

 

Entonces madre e hija, se rieron otra vez, felices.

PRIMER CAPITULO DE LA NOVELA EN UN SANTIAMEN

I

Y NOS sentábamos día tras día bajo la fresca sombra de este antiquísimo palo verde, en cuyas raíces viven las almas de los muertos; como la cáscara guarda el palo, en verdad este árbol nos dirá cómo salvar la amarga circunstancia que nos consumía la carne y los huesos, ¿no?

 

En la vida uno tiene un libro para resolver los conflictos ajenos; mas no así los propios, y tenemos que desvivir improvisando frente a un porvenir más ciego que una vieja en baile, ¿no? De haberlo sabido antes, sí, cuando aquel cuervo asentabáse cada mañana con su graznido de luna en luna sobre el cogollito de la palma real del traspatio, entonces todo hubiera sido distinto. Mas, entonces, era tan hermoso verlo ahuyentando las ciguas echadas en sus palomares de espinas y palitos llenos de huevos, o de pichones cañonantes. El negro pájaro defendíase de los ruiseñores y zumbadores que lo atacaban ferozmente, cuando huía de su trono celestial. Después de las dos o tres tazas de café humeante que Rosina del Prado me servía cada mañanita del mundo, observaba, durante luengo rato, el cuervo azabache, aleteante... Diríase que era como una ave viejísima, dada la refulgencia de las negrísimas alas. Su alevosía era calculada cuando devoraba con el pico de piedra los huevitos puestos en los bien edificados pajonales; aceptaba con resignación los picotazos que les daban las ciguas, mientras devoraba, en un santiamén, entre las pencas de la palmera-real, por paquetes, los nidales. Y luego alzaba vuelo. Cuando los ataques se los daban por debajo de las alas, el malvado se iba lejos, hasta que su sombra besaba las tranquilas orillas del Lago Enriquillo. Por allá era enfrentado tenazmente por ruiseñores y zumbadores que defendían su dulce hábitat... En ese caso, echaba para atrás y volvía al cogollito de la palmera, alta y hermosa, como una mujer alta y extremadamente bella... Sin embargo, si hubiera imaginado que mi suerte estaba en aquella

casa de dos niveles de concreto armado y por demás afortunada y feliz, hoy no estuviera yo como todos los días del mundo, bajo la sombra de este antiquísimo palo verde, barriendo las hojas caídas en su suelo bien apisonado, echándole agua a sus raíces, cuidando las avecillas que aquí vienen, mañana y tarde, a las mismas horas fijas, a picar los granos de moro-de-guanduales o los cerezos madurantes de mis coloquios de nubarrones de agosto, ¿no?

 

 

Los cuervos hablan, rompen los aires con sus alas de muerte... "correquetecojo", "correquecojo", van con sus graznidos advirtiendo a los humanos. Todas las aves de esos campos, ante los anunciados presagios, rompen los cuatro vientos y se internan en otros lares de esperanzas deforestadas. Los zumbadores, los chinchulines, los picaflores, los petigrís, los manjuiles, las mismas ciguas chirriantes... persiguen a los cuervos; y los ruiseñores, que sólo guardan los límites de su hábitat, desentiéndanse del asunto desde que sus nidos están salvados...

 

De tarde en tarde, la luz del sol acosa la sombra del palo verde. Nos movemos de sitio, huyendo de la aun ardiente luz. En el cielo de la tarde mugiente, las blancas nubes vacías y dispersas deslíense en el azul inmenso del Vallehondo y, por los lomos corcobeantes de las sierras de lágrimas de resinas de bayahondas, los blancos vagones del horizonte semejan gasas de hospitales cósmicos. Luego, cuando aparece la estrella polar, rutilante, anunciando la entrada de la noche de llantos y baños de hojas hervidas, entonces son visibles las desleídas nubes, hasta que se tiñen de un amarillo-anaranjado y roseo, como flores de féretros de niñas o niños entre encendidos velones funerarios de julio, ¿no? Naturalmente, cada persona humana que nace es una muerte primera, un velorio. ¡No digo tanto la suerte de un entierro! Y es lógico pensar que un día habrá de morir todo el que nació ayer, aun hoy mismo o mañana, ¿no? Mas... ¿por el aleteo desesperado de un cuervo presagioso? ¿No? Creo que es otro el salario que Jehová Dios me ha impuesto, hoy por hoy: salvarte, Rosina del Prado, salvarte siempre, Rosina, siempre, aunque para ello tenga que hundirme en el vientre de fuego de la tierra nutricia; así me lo ha dicho, en sueños, mi difunta abuela paterna, La Buena Guzmán, que era en vida, y aun lo es en mi corazón, una hermosísima india de cabellos negros larguísimos y sedosos brillantes.

 

De joven, aun después de vieja, La Buena Guzmán, era una mujer muy bella. Hermosa en extremo. A la hora de su muerte, a los noventa y dos años mal contados, su alba cabellera caía sobre su enjuta espalda. Imagínese de joven. De jovencita, empero, no la podía peinar una sola mujer. No. Una mujer la sujetaba la trenza luenguísima, y la otra agarrándole el moño rateado; pasaba, al mismo tiempo, a la otra mujer, la cinta... Su negrísima cabellera negra brillante, lacia, la besaba los tobillotes, de suerte que se iba al suelo cuando corría con las hebras sueltas, ¿no? Su nariz era fina, tipo cafetera, sus dedos como lirios florecidos, sus pequeños pies de loto, y su estatura era como alta palmera. La Buena parecía una habitante precolombina, salvo por su estatura, pues en su sangre traía la mansedumbre de El Indio Viejo de Panzo, el ímpetu de un navegante español llegado desde Moca, y de un soldado francés de los tiempos napoleónicos que sobrevivió herido en brazos de una morena en el sur sur a principios del mil ochocientos, más el lado africano que se supone tenemos todos los antillanos detrás de la oreja, como parte de la esclavitud que nos transportaron los europeos en el siglo dieciséis. Era una mujer prudente, silenciosa, de una límpida mirada de niña ingenua y taciturna que nunca ensombreció, a pesar de todos los pesares. Y no hablaba casi, salvo cosas de ocasión y cotidianas. Pero, ya anciana, en sus ojos fijos, negros de un leve aro azuloso y siempre llenos de una luz como estrella del alma de otros mundos, más altos y mejores, algo como un secreto impronunciable debilitaba a veces la auténtica expresión de sus pupilas, como si a esa edad de la rosa reverenciaran sus labios enjutos el último beso del mundo sobre las alas de su corazón de madre buenaventura y llena de gracia, eterna.

 

Aconteció un día, de tardecita. La vieja La Buena me mandó a buscar con alguien que iba de paso y fui a toda prisa, quería que le comprara unos espaguetis, sazones y huesos de vaca en el mercado municipal, pues pensaba prepararse una de sus acostumbradas sopas sabrosas, irrepetibles. Mientras cuecía su alimento en un fogón de tres piedras de ríos, mi abuelita bella se sentó a conversar conmigo debajo del palo verde del traspatio. Entonces me habló como de costumbre, con voz suave y dulce, con voz clara como agua de río montañero; puso su mano en mi cabeza y acarició tiernamente mis cabellos crespos como panochas de maíz, pero sin fijarse en que ya me nacían bigotes negrísimos y las patillas en cierne, y me habló de lo orgullosa que ella se sentía de mi padre. Mi progenitor, según me informó ella, a partir de los quince años cumplidos, cuando Julián Prim se hizo policía y se perdió en el mundo sin horizontes de las mujeres, no sólo se había ocupado de la manutención, vestimenta y albergue de su madre y de todos sus hermanos de padre y madre paralelamente a la propia familia que años después tuvo a bien formar, sino que también tuvo la osadía de criar y ayudar a levantar sobrinos, medios hermanos, y muchos años después, nietos. Que hombre más bueno. Y no siguió los pasos de su padre, ¿no? Se humilló al Señor Jehová Dios de los Ejércitos y fue el primer evangélico pentecostal de este pueblo, convertido antes de la muerte del tirano Rafael Leonidas Trujillo. Virtudes y Jorge Guzmán, y otros parientes, le siguieron los pasos... La abuela paterna me habló cosas así, por el estilo, pero ella era una de buenas obras y de una oculta fe y ese fue siempre el templo de su salvación, ¿no? Y quedamos enteramente incomunicados meses enteros, cuando tuve el inocente atrevimiento de inquirirle sobre su más temprana mocedad, y que me hablara sobre todo de su padre, don Eusebito Sena, que murió el mismo día que nació mi padre, según supe muchos años después, y la vieja La Buena Guzmán se echó a llorar, sí, a llorar como una niña huérfana, desconsolada.

 

¡Era tan ñoña! Y todo se desencadenó como una sorpresiva tormenta, en un vaso de agua. Grandes debían de haber sido sus sufrimientos, para llorar así, ¿no? Yo lo ignoraba entonces... Varios años después, cuando instalé mi oficina de agrimensor en casa del tío Migué Guzmán, que era el hermano mayor de mi abuela paterna, se encariñó mucho conmigo, y yo con él, hasta el ultimó día de su vida; murió de madrugada, cristianamente... Y me confesó que don Eusebito, que era hermano de madre de don Donero Sánchez, (el esterero que, antes de morir, mandó a su esposa que bañare a todos sus hijos con el agua que lavaría su cuerpo yerto, so pena de morir a destiempo el hijo o la hija que no lo hiciera así); don Eusebito, ¡sí!, tenía negocios con el hombre del monte y la niña La Buena era el presente, ¡sí!, de camino real sin vereda. Era un hombre que trabajaba de sol a sol, comía y bebía en su casa o en el río, y no molestaba en casa ajena. ¡Sujeto! Y no pudo entregar al Lucifer el encargo, pues el Angel de las tinieblas venía por La Buena vuelto un espíritu de humo negro que sólo ella podía ver, y no abrazaba sino un cayuco de sangrantes espinas, y ello le costó la vida al socio, ¿no? Había dado a luz a su primer hijo, en las lomas de san Pulin, al pie del trapiche de Mercé Cuevas, y ese mismo día murió el viejo Eusebito. Pues, la vieja Justina Guzmán vino desde Las Damas y la casó de pronto con Julián, porque al Diablo no hace trato sino por mujeres vírgenes. Quince años después, cuando Julián hubo de hacerse miliciano, llegando a ser sargento del cuerpo del orden público, de hombre tranquilo y domestico y trabajador de la tierra, pasó a ser un incesante pescador de féminas, y la bella La Buena decidió quedarte intocada por mano de otro hombre, salvo cuando el padre de sus hijos regresaba de tiempo en tiempo, hasta la hora nona. Murió en su silencio de abeja-reina, olvidada por completo del mundo sin horizontes de los hombres. Vivió con tanta transparencia, al igual que su madre y que su abuela, y me confesó un día que en verdad la gracia de una mujer bella es el motivo de su desgracia. ¡Siempre! Nunca vio hombre que no fuera amante del encanto femenino, amigo de usufructuar el perfume de una flor para luego arrojarla a un lado del camino, deshojada, olvidado de los dones del cielo y de la tierra, para continuar atado a su propia concupiscencia, y por eso permaneció pura y solitaria, como una estrella del alma, al lado de sus hijos e hijas.

 

La vieja La Buena pensaba que los hombres se van, como el viento que arrastra las hojas de otoño, porque el horizonte escupe todos los días sus luces y sus sombras. Sabía que miseria es lo que ofrecen, como seres humanos. Y aun hoy, pienso con ella que en verdad somos cuando no somos, cuando no somos sino un ser del otro mundo y que otros podrían poner en movimiento y darle nueva vida... Morimos, ¡mira!, damos el verdadero horizonte de la vida, entonces valemos; nacemos; el horizontes es el que comienza cuando este otro termina, y así sucesivamente hasta el infinito de la última voz humana... Sin luz de cristal en el ojo avizor, cuando morimos nacemos y la leyenda cobra vida luminosa, significativa. Entonces la mentira queda satisfecha: es, entonces, el imperio de la verdad.

 

Una tradición así, de manera inconciente, me había influido. Bárbaramente. Los negros ojos como ánforas de luz de Rosina del Prado, en su luto doloroso, me parecieron semejantes a los de mi primera novia, pero sin el aro azuloso de los ojos de antes de mi abuela La Buena Guzmán. Rosina me impresionó positivamente. Era, empero, un amor que andaba vestido de luto. Su encanto eterno era a título precario. A partir de las recomendaciones de Pedrina Comas, mi secretaria particular, comprendí que el futuro es ciego, inescrutable; y aquella taza de café humeante que me tomé de pie en este hogar desbaratado desde el fondo de la tierra, fue una taza de café que marcó en sus bordes de porcelana sus puntos altos, sus pequeños abismos, lo dijo todo. Secreto designio. ¿Y qué hacer, Dios mío? Y mi obligación era salvarte, Rosina del Prado, salvarte siempre, inexorablemente, salvarte siempre.

 

 

¡Hija, hija mía... ven mira!

 

El llamado entusiasta de Justiniano del Prado, la madre de Rosina, no la sorprendió. La viuda miró con cierto temor a lo alto de la palmera-real. Pensó que su madre iba a maldecir una vez más al cuervo aquél, que acababa de llegar con su "correquetecojo", "correquetecojo", sobrevolando el cogollito del árbol celestial... Y madre e hija recién enviudada, rebelada contra el misterio de la vida, volvió a reír con su madre. Orate, vistió de fiesta la expresión de sus pupilas, sobre las cenizas de la verdad. "correquetecojo", Doblaba yo la esquina de la parada de Munura, según me contó ella misma semanas después, cuando doña Justiniano, la famosa leedora de tazas, desencadenó la rosa fosa de los cuatro vientos, diciendo:

 

Hija, hija mía, Rosina, ven, fíjate aquí, en las marcas que la energía positiva que dejó el agrimensor sobre la taza de café. Liberato. ¡Miral Es tu salvación. Será tu esposo. Lo dice aquí su taza todavía con la energía positiva de su mano, es el amor de tu vida. ¡Oh sí!, hija mía, no hay mal que por bien no venga, ¿n0?

 

Entonces madre e hija, se rieron otra vez, felices.

CAPITULO III, DE LA NOVELA EN UN SANTIAMEN/ Abraham Mendez Vargas

III

NOCHE TRAS noche, girando hacia el poniente pero visible durante las horas diurnas, el disco de la luna en fiesta pasó a cuarto menguante. Fue bajando al oeste esta nueva luna, hasta quedar convertida en una luminosidad espuelita de gallo...

 

 

La rondalla lunar era sustancia de la vividura en aquellas noches cálidas, únicas en el mundo. Durante el día, leía, recitaba poemas, escribía a ratos, o fantaseaba cosas. Después eran los prolongados chapuzones en el balneario turístico... Las Rosas Rojas, un Edén de mil árboles altos y de buen fuste. De sus raíces emergen los plateados riítos que nos dan esa vida vegetal maravillosa, friísima, ¿no?...

 

Tráeme el acostumbrado Mac Albert. A veces voy sólo, cuando no me acompaña el tremendo can de la casa. ¡Qué felicidad!. Anochecía. El claro oscuro de la tarde agónica, dejaba colar las primeras estrellas, y la noche tendía su mosquitero de sombra sobre las montañas. Salía titiritando de frío de las aguas de Las Rosas Rojas cuando todo cambió. Un bellaco que no pude identificar por el claro oscuro de la hora fatal, tiró la palabra dura. Por todos esos contornos esa voz injuriosa y yo éramos, a esa hora menguada, los únicos que habitaban el cuadrilátero eterno de Adán y Eva, dejé caer un velo al asunto. Pero, aunque traté de darle la menor importancia, llegué aturdido a casa; no sé, como si aquella voz satánica estuviera llena de presagios, al igual que el cuervo de Munura, ¿no?.

 

Naturalmente, no le conté el cuento a la Señora del Prado, como solía hacerlo con las chascarrillas que me hacían reír a muelas batientes en el bañadero internacional, tan amado en la guerra como en la paz. Mas sin embargo los ojos son la expresión del alma; con su sexto sentido de mujer, a pesar de mi silencio absoluto, ella me sorprendió con esta pregunta:

 

- ¿Y esa cara de príncipe?. ¡Dime, mi rey!. ¿Y esa cara...?

 

- ¡Nada!. ¡Princesa, nada!.

 

- No lo creo, more, no lo creo. Dime...

 

- Es cierto, princesa. Vengo meditando, enteramente sobrecogido por este párrafo de Balaguer en Los Carpinteros: oye amada mía, oye qué chalona:

 

""El sol y el aire tenían allí un encanto de que carecían en otras regiones. Las Barías, un conjunto de manantiales que surgen del seno de la tierra seca como dádiva de Dios en medio del desierto, invitaba a la meditación y al ensueño en los días cálidos y en las tardes que en esas zonas del país se prolongan en largos crepúsculos".

 

Y eso, princesa, que Las Rosas Rojas, en Munura, o Las Marías de Neiba, sinónimo de Las Barías, dicen quítate, ¿no?.

 

Entonces, muy creída, sin miedo a pasmarse, doña Rosina dejó la plancha sobre el jarro de la tabla de planchar y, cambiando mi ánimo taciturno, me abrasó y besó, feliz, matándome el friíto de las aguas enclaustradas de Las Rosas Rojas. Entonces me confesó lo peor; ¡ay, iba a decir lo mejor!.

 

- iMiíi aamoooorr!. Si algún día me faltases tú, yo, yo viviré de tus recuerdos.

 

- ¡Oh no!; este árbol de amores resistirá todas las tempestades.

 

- ¿Y lo bueno dura?

 

- En la búsqueda incesante de lo imposible, princesa mía, alma de mi alma, no existe sino lo mejor posible. Bueno sólo Dios; este amor de amores se abuena, amándonos el uno al otro correctamente, y sirviendo de ejemplo a los demás, ¿no?... Y te repito, princesa, este nuestro árbol de amores resistirá, a pesar de sus raíces recientes y milenarias, todas las tempestades.

 

- iSí!!!. Es tan grande, tan hermoso y de tan alto fuste, amor, que ello de seguro... le costará estar de pie ¿no?...

 

Así vivíamos bajo el sol, envidiados por muchos y odiados por otros. Eran, sí, amores de todos los cielos. Es, pensaba entonces, la manera de hacer unicente la metáfora divina: éramos una misma carne, un mismo espíritu... ¿Qué pasó entonces?. ¿Por qué hubimos de ser, sin que lo merezcamos, como las jaibas del río que vieron el rostro de la luna llena, y murieron?

 

Dos semanas después de haber oído aquella voz dura, como una pedrada, todavía con la duda clavada en el pecho, sufrí en el  mismo balneario de Las Rosas Rojas, un atentado. Ese día estábamos como en otro planeta, porque obtuvimos una certificación de la Decisión del Tribunal de Tierras de Jurisdicción Original correspondiente... Después de una chalona suculenta, arranqué para el rincón turístico, acompañado del tremendo can de la casa, pero éste, inconforme conmigo por haber aceptado en nuestra mesa una mujer que no era su ama, ladró tres veces al cielo sombreado, y se marchó, dejándome solo... Y esta vez no me brindaron el acostumbrado Mac-Albert, sino Dumbar, whisky con el cual alternaba entre días la bebida, durante las horas solaces, de gusto y placer.

 

El golpe secreto, increíble, estaba en la bebida. En el laboratorio del Central Barahona, al cual fui con Estrella Morena, no me pudieron diagnosticar nada, y me recomendaron buscar un laboratorio de necrosis. Y es que aquel, según se me informó, aquel no es facultativo para ello, sino que se trataba de un laboratorio biológico. Por razones que no vienen al  caso, desistí del viaje a Santo Domingo; y nunca determiné que sustancia se había usado contra una persona laboriosa y humilde de corazón. ¿No? El caso es que moría la tarde, rezando un fervoroso Padre Nuestro; el mozo que siempre me servía el Whisky esta vez no quiso hacerme la breve compañía de tragos y chascarrillas que solía desde que comencé a frecuentar el bar de Las Rosas Rojas. Además, el negocio brillaba por la ausencia de clientes, y el moreno daba a entender con sus chistes que ello era parte de su trabajo, ¿no? Los fines de semanas, durante las horas diurnas hasta muy entrada la prima noche, la asistencia era masiva.

 

De pronto, al cabo de varios tragos, un fuego sin nombre, como una sierra de antiguos aserradores, empezó a rajarme desde el centro del "árbol de la vida". En un santiamén, mis ojos perdieron su meridianidad. ""¡¡Dios mío, - grité - Dios mío!!. Fue entonces cuando descubrí que estaba siendo objeto de un golpe silencioso y fatal.  Mas, ¿andaba sólo. Desarmado. ¿A quién llamar?. Dudé de todo, y de todos; pudiera ser un atentado pasional; pero, ¿podría el hombre sin fachada que administraba aquel bar quebrantar el ánimo de mi mujer?. ¡Oh no!. Por breves instantes, consciente de lo apremiante que eran cada segundo de mi desgarramiento interior, así en paños menores, manejando a tientas, me presenté en la sala de emergencia de la Salud Pública en Munura; y después de un minucioso lavado de estómago, el médico ordenó que se me inyectases dos destrozas. . .intravenosamente, lo cual hizo una enfermera... Luego, cuando la maestra le manifestó al galeno que ella quería contratar los servicios de su amiga Sarah, a fin de continuar a domicilio mi tratamiento con suero... y todo, me vi perdido. ¡Algo sabía ya la educadora de varias promociones de niños; y quería prevenirme de cualquier hecho que pudiera sobrevenir!. Pero qué va; el médico fue tajante, puesto que dijo a la educadora que era libre de no aceptar mi internamiento, pero a condición de que no me haría constar en el libro-registro como paciente que fue atendido esa noche allí. Al otro día, se produjo la ruptura, como si aquel golpe hubiera bajado desde los mismos cielos.

 

Como siempre, en casa de doña Rosina, una educadora de varias promociones de infantes, el cuervo continuaba día tras día asentado en el cogollito de la palmera-real del traspatio. Con sus graznidos de loco de luna en luna. Acostado en la cama del difunto Dino Mariano, allá en Munura, no pensaba sino en su plumaje de azabache reluciente, a rato indiscente de cielo acerado, como un rayito de luz en la verde pupila de una noche sin lumbre. Y cuervo de un ataque certero, astuto, asaltaba los pajonales de huevos y pichones de las ciguas y demás aves del campo. Era devorante, inclemente; emprendía la fuga, como todo un capo de los aires, batiendo sus negras alas asesinas, ¿no?.

 

De suerte que convivíamos con el cuervo aquél. Ignoraba yo entonces que en Munura, un poblado de dos manzanas de calles destartaladas, de pedregones pardos y  filosos, mi único amigo, el que me advertía desde lo alto de la palmera real el peligro que yo corría en esa casa de dolientes, era sin embargo esa ave de carroña, ave de pesadillas y de muerte, ¿no?. Entonces mi corazón batió sus alas y se llenó de luz. Fue como un gavilán desplumado en los aires...

 

Durante toda la noche, con el suero a cuentagotas, me habló de una lechuza con cara de buena amiga que no se llamaba la perra soledad, sino Zunilda Espejoceli Viuda Montes de Oca, bioanalista de profesión. Se trataba de una mujer delgadita como una cañafístula, mediana, pero de unos senos poderosos como sus ojos de todo camino al matadero. Verdad es que era una bioanalista perspicaz. Gobernativa, con una voluntad de bambú, dura y sin corazón. Durante su matrimonio con el difunto Manuel Montes de Oca Deyermont, abogado batallador, no sé como ella pudo establecer semejante matriarcado... Grande abogado, defensor de los humildes y desheredados de los poderes de la tierra, su desaparición a destiempo constituyó un duro golpe para el pueblo indefenso, al que protegía hasta a cuenta propia en el uso y defensa de sus derechos legítimos, irrenunciables, jurídicamente protegidos, humanos... El día de su muerte, se dijo que el Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont había estado en la Cárcel de la Victoria condenado a Treinta años de reclusión por haber atentado contra la integridad del Estado. Allí, durante muchos años, fue duramente golpeado por los incontrolables... y lo salvó una amnistía política, ¿no?.

 

El Dr. Montes de Oca Deyermont conoció a la señora Rosina del Prado muchos años antes de casarse con la Licenciada Espejoceli. Ambas mujeres, involucradas en el movimiento feminista internacional, hicieron vida junta y fueron buenas amigas cuando estudiaban en la Universidad estatal. Se separaron debido a que Rosina perdió al único tío que la ayudaba a costear sus estu­dios. En sus esfuerzos de autorrealización recurrió al padre, pero este fue sincero: le confesó que lo poco que ganaba al ayuntamiento, apenas le alcanzaban para su  mito, apenas le servían para las quinielas y chairitas, y para jugar su gallito... ¡Hum! Y lamentó frunciendo el ceño no poderla ayudar, primero, por las razones dichas, y segundo, porque ella era mayor de edad, y él, viejo cascarrabias, no dependía de nadie. Y desde entonces hubo de regresar llorando al seno de la ""patria chica": Munura, un par de manzanas de piedras, bajo un cielo de piedra, y entre deforestadas montañas. De vuelta al hogar atingido, enemiga de su padre, tenía en su madre una gran aliada, y nunca perdió la esperanza de volver a la carga. En eso conoció a Dino Mariano, un ebanista atento en su trabajo, pobre igual que ella, pero muy trabajador y de un gran futuro por delante si las mujeres alegres no le hubieran desquiciado la existencia cuando la vida comenzó a tirarles sus primeras flores de primavera, ¿no? El día menos pensado, Dino llevó el forro al tronco del palo, y precisamente eso fue lo que más lloró mi Doña, después de todo, esa imposibilidad... de ser el uno para el otro, una sola carne, un solo espíritu, más allá del tú y del yo y del nosotros con los hijos... isí!.

 

Éramos todos, con excepción del Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont, hijos del sur remoto. La poesía estaba presente en el corazón de todos, sin embargo. Cuando el verano leyó a Neruda, gritó: ¡¡Jesús Mío! !... Y quemó todos sus versos, y colgó la pluma para siempre. Era el poema absoluto que soñó desde niño escribir algún día, y santiamén. ""¿¡Qué ignorancia!? - pensó. Pensar que América no tuviera su Residencia en la tierra" y soñar como El fugitivo mismo". Tal vez alguien le habló de niño y la realidad fue una ilusión. Neruda fue desde entonces, aun durante sus años de presidiario, su manjar clandestino. Rosina del Prado lo recuerda como un niño hermoso y juguetón y de cuerpo frágil, como un niño enfermo.

 

El cibaeño era un hombre blanco, de cabello lacio espigado y algo pecoso. Dino murió primero, pero el Dr. Montes de Oca Deyermont estaba enfermo, y apenas tuvo tiempo de orientarla sobre la materia catastral, sobre los pasos a dar y los gastos procesales inherentes al caso. Falleció varios días después, veinticuatro horas antes de la cita en que contactarían con el agrimensor de confianza del eximio letrado: Liberato, a quien conoció durante los días de duelo... ¡Hombre excepcional!. Era una hermosa personalidad. En los anales del valle de lágrimas nunca una mujer había llorado una eternidad con el corazón partido en pedazos, la muerte del Romeo. Rompió el récord. Empero, todo el mundo empezó a temer por la salud mental de la licenciada Zunirda Espejoceli Viuda Montes de Oca Deyermont. Fue casa por casa, desde antes de los últimos rezos, averiguando si era verdad que "toda la crema ¡nata de La Olla había pasado por las armas de combate del famoso letrado. ¡Oh, celar un muerto!. ¡Imposible!. ¡Tal vez no sabía cómo irrespetar justamente su memoria de ínclita cabeza!. Aunque era un abogado que solía trabajar él mismo en el teclado de su Olivetti 82 sus compromisos judiciales y extrajudiciales, el fenecido letrado había nombrado como secretario, en las postrimerías de su vida, a su alumno mejor aprovechado en la facultad de derecho; y esa fue la única persona, en toda la ciudad de La Olla, que dio a la licenciada  Zunirda una respuesta que la dejó en vilo, completamente en vilo. Entre el cielo y la tierra. Es más: ahí paró su locura, en seco, ¿no?.

 

- ¿Julio César, dígame si fue verdad, eso que me han dicho?. Me dicen que sólo Ud. puede decirme la pura verdad.

 

- ¡Bueno!. Licenciada Espejoceli Montes de Oca, Ud. me pide que le cuente si es verdad que ""toda la crema ¡nata de La Olla", vivió o pasó, como dice Ud., "por las armas de fuego varonil del difunto Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont"?.

 

-        Exacto. Eso es lo que quiero de Ud., Julio César. Puedes confiarme las cosas más íntimas y sutiles... de mi difunto esposo. Es más Julio César, yo soy una persona sencilla, de muy buenas relaciones políticas, puede tener conmigo la misma confianza que tenías con el Dr. Montes de Oca Deyermont, inclusive, puedes contar con esta biblioteca, puedo ayudarte en tus estudios; sí, confía en mí, Julio César; la muerte de mi esposo te dejó sin trabajo... Hubo un tiempo, por motivo de mi postgrado en Santo Domingo, en que no estuve ni pude estar, cómo te digo, junto al Dr. Montes de Oca. Mi postgrado robó muchos días, muchas semanas y meses a mi hogar. Ni siquiera me informó de su quebranto. ¿Tú conocías acaso su enfermedad, Julio, la conocías?. En cambio tú Julio César Cuevas, que estuviste junto a él todo este tiempo de mi ausencia hasta la hora de su muerte, dime la verdad de verdad, por favor... Dime si eso es cierto.

 

- Licenciada Zunirda Espejoceli...

 

- Puedes llamarme Zunirda, o Zún, nomás.

 

- Doña Zunirda, Ud. me pide... algo...

 

- ¡Oh,, amigo Julio!; dígame tú, no Ud., dime un tú simple, como tres piedras de fogón... ¡nomás!.

 

- ¡Bueno!. ¡Si lo prefiere así!. Agradezco infinitamente su extremada cortesía.

Sí. Mas diré la única verdad que yo conozco sobre su esposo: Ud. es la única esposa o mujer que yo le conocí al Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont.

 

- ¿Cómo va a ser?. ¡No me diga eso!...

 

- iSíi!. Era un hombre íntegro. Níveo, sin mancha. Igual por fuera que por dentro de su alma noble. ¿Acaso no pueden aquellos que lo acorralaban por envidia y maldad, no pueden dejarlo descansar en paz?. No, no, licenciada, tápese los oídos, y viva... Yo, yo no puedo darle otro testimonio respecto del Dr. Montes de Oca Deyermont. Sería falso. Perjudicaría la memoria de una persona que aun merece nuestra más alta consideración y aprecio, que debe ser siempre bien recordada y admirada, no sólo por usted y por mí, sino por toda la comunidad de La Olla. Su mansa y generosa personalidad, por demás feliz y desarrollista, lo hizo un ciudadano universal...

 

- iOh, no me digas, Julio César!.

- Pienso, Señora, que ha oído Ud. no lo que quiere oír, sino lo que debe ser oído. Razones hay que no entienden las razones del corazón. La mediocridad, máximamente en La Olla, no perdona la capacidad, ni la honestidad. ¡Ahora veo que los rutinarios no perdonan ni la paz de los sepulcros! Síi, tápese, tápese los oídos; no tema al que dirán, y viva... W no tenía usted señora, la certidumbre de que el Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont sólo tuvo una falta, la sombra de haber sido humano; el pecado de haber sido ingenioso, como un niño encantado...?

,...

- ¿¿Siiii?!!...

 

"¡Síiii?!!...", golpeó la viuda Montes de Oca Deyermont. Ante una confesión que no tiró la hiel sobre la miel de la ilusión, ni vituperó lo loable. Se retorció nueva vez, como un gusano cuando se cae de la mata de tomate. Verdad es que había permanecido en Santo Domingo, haciendo un postgrado, porque parecía vivir en competencia con el marido, por puro feminismo. Descuidó el esposo enfermo, invirtiendo en un reciclaje académico los recursos que pudieron haber bastado para curar al marido; ahora viene donde Julio César, conque el Dr. Manuel Montes de Oca Deyermont, gozaba a sus anchas la vida que se le esfumaba como humo de una hoguera de papeles viejos. ¡Una neblina sobre la montaña, ésa era la vida que le quedaba por delante!. Y ella, ahora, sitiéndose burlada, hurgaba en las entrañas de una sociedad mediócrita, las razones que tal vez le permitirán, condenar a intención de quienes no solo lo acorralaban por envidia y maldad, y ahora no pueden dejarlo descansar en paz?. No, no, licenciada, tápese los oídos, y viva... Yo, yo no puedo darle otro testimonio respecto del Dr. Montes de Oca Deyermont.

 

Más asombrado que la bioanalista, el amigo Julio César ahogó un grito en su garganta, cuando la Doña Espejoceli exclamó: L¿iiSíii?!!. Como poniendo una nube de prejuicio sobre la sinceridad del testimonio que acababa de oír. Aunque estudia leyes, aspirando a memorizar códigos, decretos y reglamentos, Julio César era de una memoria reproductora, un memorista computarizado, pero carecía del ímpetu poético del doctor Montes de Oca Deyermont, su natural entelequia, el santo de su devoción, y aspiraba a ser como él, con la firme convicción de que sí, de que sin duda defender siempre la verdad en justicia hace que ésta siempre prevalezca... De ahí que no estuviera programado para cosas como aquellas, totalmente imprevistas, aunque una vez en casa le llegara la respuesta como un fogonazo de montante. Si¡. Como el actor de película que juega un papel estrictamente determinado, una vez en casa, Julio César pensó que Doña Zunirda le había designado un guión denigrante, en la novela que hacia de su duelo, ¿no?.

 

La reacción "Síii?!!" de la cónyugue sobreviviente frente a la expresión sincera del muchacho aquél, fue completamente contraproducente. La experta bioanalista sentenció:

 

- Yo, yo no perdono, ni en esta vida...ni en la otra... ¡si hay otra vida!... que el doctor Manuel Montes de Oca Deyermont haya utilizado tus servicios como secretario. Sí, escríbelo Julio César, que es así.

 

Y, con el asombro de un niño en tránsito por las aceras de una gran urbe, el discípulo del doctor Montes de Oca Deyermont sobrevivió al asombro, llevándose la mano a la boca. La doña, entonces, marchóse enfadada, desdeñosa, fiera.

 

Y es verdad. Persona es el término, el vocablo más hermoso de todos los diccionarios de todos los idiomas del mundo... Llamamos persona al ser humano que aguarda su nacencia desde el vientre materno, al niño que recién nace o que entra casi a la adolescencia, al adolescente mismo, al joven y al hombre adulto, lo mismo que al viejevo o al anciano que vuelve a la infancia del delirio y que ya no da un paso sobre la tierra sino valiéndose de un bastón. Y para el amigo Julio César Cuevas, el doctor Manuel Montes de Oca Deyermont fue siempre eso: una gran personalidad.

 

Nunca en vida, ni después del acta de defunción del letrado, halló otra palabra que lo definiera mejor que el término persona, individuo de la especie humana, de suerte que cualquiera que lo recordase por esas calles de Dios, no perdía tiempo en tomar la palabra y confirmar: "¿El doctor Montes de Oca Deyermont?. Era una gran persona", o "Mejor personalidad que el doctor Montes de Oca, que era el abogado del pueblo, será difícil hallarla". Naturalmente, eso de que el hombre y la mujer, al contraer matrimonio, luego de los románticos suspiros del noviazgo que los hacía perfectos al uno frente al otro, pasan a ser una misma y sola carne, si no existen afinidades de conceptos, planes y costumbres afines, es una metáfora divina, una gran utopía. Se dice así. Se gustas los caracteres, impresionados, pero con el paso de los años, cuando sobrevienen los problemas comunes, tan variados que pueden partir erosionando la tierra del alma desde hechos insignificantes e inadvertidos que se desarrollan a plazo aunque se manifiestan de golpe y porrazo, entonces todo el mundo se convence de la imposible  unicencia y vemos que la mujer es un árbol que se planta a orillas de un río que, a su vez, vive gracias a la vegetación del amor del hombre ¿no?.

 

No. Muchas parejas hay que solamente son poseedoras del corpus de sus vidas, mas no de sus interioridades aisladas, desgarradas, porque no son almas gemelas. Y es que no hay felicidad in albis, sin su blanco rincón, y quien no es hijo o hija del verdadero amor sólo experimenta el embarazo psicorrígido de la soledad.

 

- Ser abogado, querido Julio César; el haber sido abogado es mi mancha indeleble.. Debí ser médico. Es más. Comencé a estudiar medicina. Pero, atraído por las prácticas forenses de un amigo y sus condiscípulos matriculados en esa carrera, me hizo cambiar de ruta, ¿no?. Ta 1 vez estuviera yo ahora también haciendo alguna especialidad, justo con mi querida Zun.

 

- ¡Oh, Doctor Montes de Oca!. ¿Cómo va a ser, doctor?

- Sí, Julio César... Antes yo pensaba que Doña Zunirda, antes que bioanalista, debió ser abogada, ¿no?. ¡Un tremendo error!. ¡Sí!. Los abogados somos buitres. No, no, Julio César. Te habla la experiencia, cansada de batallar; una golondrina no hace verano.

 

- En Ud., doctor Montes de oca Deyermont, cuando se pone la toga y sube a estrados, el hombre inofensivo como un buen predicador, dado todo entero a la Ley con una pasión sólo comparable con un fuerte enamoramiento, vuela alto, como una águila cabeciblanca... Ud. no sólo hace verano, Ud. es el verano del mundo.

 

- Já, já, já. En verdad Julio César vas a ser un abogado batallador. Te repito que el abogado es un buitre. Cambio espejo por oro. Ya lo verás, Julio César, a su debido tiempo. Nada que hagas, a diferencia del médico, del mecánico... será definitivamente hecho. Estará sujeto, en gran medida, a otros recursos... Hasta que intervenga la autoridad de la cosa juzgada entre las partes en litis, nomás. Y serás un portador de la verdad jurídica, la cual defenderás siempre y deberá siempre prevalecer en justicia. Profetizarás los decretos judiciales, y llorarás, no pocas veces, muerto de impotencia, viendo tus triunfos convertidos en derrota... Empero, deberás recurrir válidamente ante jueces superiores, mostrando con decoro, moderación y respeto los agravios que tales fallos han creado a tus clientes. Si no cejas en tu amor verdadero por la justicia, sacrificado por ella como Cristo en la cruz redentora, aunque tus defendidos a veces carezcan de recursos, te impondrán sobre la mediocridad local, y ésta no será más. Y si digo que los abogados somos buitres, que mejor debí haber sido médico, aunque habemos togados que somos verdaderos médicos sociales, es porque un médico es lo más que se parece al Hijo de Dios. El médico remite al paciente al laboratorista antes de diagnosticar el caso, el abogado estudia cada caso, enfocándolo desde la ley, luego lo analiza en contrario, buscanto todo lo perjudicial contra su patrocinado, y posteriormente        edifica        una   defensa imbatible, con juicios, silogismos y conceptos legales. Y es que, como dice Werner Goldsgmidt, la ciencia de la justicia (Dikelogía), `Ta abolición de la esclavitud, la disminución de la prostitución en sentido usual, el establecimiento de los derechos humanos, la democracia, la igualdad de los sexos, la protección de la infancia, el movimiento obrero, la formación de una ciencia de la Humanidad y de una comunidad entre todos los hombres, constituyen progresos grandiosos que han de ser conservados y perfeccionados (de modo similar a como igualmente hay que conservar y perfeccionar las obras de la técnica), pero que desmienten las quejas frecuentes sobre los defectos de la moral en comparación con los progresos de la técnica". Porque "La Humanidad, señala el mismo Werner, descubre durante la vida histórica injusticia tras injusticia y obtiene lentamente, mediante duras luchas, su disminución". De ahí que yo espero, mi querido Julio César, que Ud. sea mi heredero en La Olla; yo soy de familia cofrada, y me he visto, muerto, por tercera vez.

 

Una prueba de que el doctor Manuel Montes de Oca Deyermont debió ser médico, y no abogado, puede ser observado en muchos incidentes suyos, antes de subir a estrados. Uno de sus colegas de profesión, Rafael Carrasco, con quien laboró antes de tener su propia clínica jurídica, falleció primero que el maestro del derecho. Un día, mientras esperaban los debates finales de una audiencia civil, el doctor Montes de Oca dio unos golpecitos sobre la mano puesta en el vientre del licenciado Carrasco, y como vio que le sonó medio fofo, recomendó al colega que fuera al médico. Varios días después, le recalcó: "iHmm!. ¿Ya fue al médico, patrón?". Ese incidente pasó inadvertido. Sin embargo, cuando fue hospitalizado meses después, amarillezco, flaquísimo, con una tos terrible, el licenciado Rafael Carrasco Almonte, al recibir la visita del grande amigo, confesó, diciendo:

 

- ¡Doctor Manuel Montes de Oca Deyermont!. Ahora mismo estaba pensando en usted. No porque fuera mi cerebro, mi teclado, mi éxito rotundo en justicia. Me laboró grandes tesis. Sus modelos, después que hizo tienda a parte... fueron mi salvación; no por algo, sino por su radicalismo moral... Mas no pensaba en usted por esas pendejuanas. Quiero decirle, doctor Montes de Oca, que si usted hubiese estudiado medicina, hubiese sido un excelente galeno. Y, ¡mire!, usted es el único maestro del derecho que sobrevive en La Olla... Si me hubiera llevado de su consejo, cuando sintió medio fofo mi hígado con unos simples toquecitos, tal vez hubiera dejado las bebidas alcohólicas, tal vez ni de las mujeres estuviera yo, ahora, muriéndome aquí. ¿No?. Debí ser otro. Me asquea el hombre que soy. Yo intenté cambiar muchas veces, cuando usted estaba a mi lado. Y no pude. Demasiado débil con las féminas, no les puedo decir que no después que me tiran un brazo sobre el cuello. Hay que ser matarife, para llegar a ser un buen abogado. Además, y no se rían, que es verdad, personas habemos en el mundo que no hay que tentarlas a hacer el mal, porque el mismo Lucifer, vuelto hombre, hecho un ángel de luz, los pintó, ¿no?. Mi sangre es la de Caín, la sangre de los avariciosos, egoísta, y vengativos. Eso sí, coño carajo, doctor Montes de Oca Deyermont, que gracias a mi fortuna no me muero solo: dejo un sobre en mi Código Penal con estas palabras: "Las mujeres que comparte en SIDA conmigo, toda la flor y nata que pasó por mis armas varoniles; porque yo maté a doble cinco, a doble seis y a cajita, no las dejo en listas porque todas ellas, con sus nombres y apellidos escritos a doble espacio en un Récord y a doble bloque como la Biblia   no alcanzan, faltarían hojas..

Santurrón!.... ¡Sí!.

 

Ciertamente, el licenciado Carrasco Almonte fue un macho desde la cuna, cuando mil mujeres iban a besarlo cargando sus niñas, dándoselas de mujer, por ser entonces más hermoso que el primer hombre que Dios creó sobre la Tierra, ¿no?. Pero, al momento de morir, cuando el doctor Montes de Oca abandonaba la habitación en que aquél estaba hospitalizado, tuvo vergüenza y expiró tirando el rostro a un lado, para que no vieran de frente su desgaste físico extremo.

 

Y era verdad. También no lo era. Lo era porque sí, y no lo era porque así lo aprendió muchos años después el Doctor Manuel Montes de Oca Deyermont, cuando a la hora del café mañanero entregó su alma a la amada inexorable, sin un quejido, como una palomita. Ese día llovió mucho, hasta la hora del entierro del cuerpo yerto. Cuando tiraron la noticia: ""Julio César, murió tu patrón", cayo inconsciente, por el gran dolor que sintió. Lloró largo rato. Y todo, oh Julio César, porque el Doctor Manuel Montes de Oca Deyermont, era una gran persona, un excelente individuo de la especie humana. El abogado del pueblo, ¿no...?.

CAPITLO II, DE LA NOVELA En Un SANTIAMEN /Abraham Mendez Vargas

II

LA LUNA LLENA, enganchada en los confines del palo verde, tocaba el disco de larga duración de los frescos vientos de la medianoche. Aturdido por los celos de Antonia Rodualdí, la madre de mis cuatro niños, una hembra y tres varones, una incesante taquicardia quebraba mi sensible corazón de lodo. Desvivía anonadado, como el tapón del anzuelo echado al agua de todos los mares, y el pez picando la carnada de la desilución. Rosina del Prado vivió casada, durante más de veinte años, con Dino Mariano. Aunque no dejó herederos o hijos con ninguna otra mujer, y los bienes de la  comunidad estaban a nombre de ella, fui llamado para que presidiese, como agrimensor el proceso de saneamiento catastral; iy por allí andaba con mi lanza de Don Quijote!.

 

Varios meses después del inicio de la reclamación, el Tribunal de Jurisdicción Original de Tierras correspondiente, decretó la decisión de lugar, a favor de Rosina del Prado... Faltaba entonces que el Tribunal Superior en la materia aprobara el plano definitivo. Y estábamos en eso... ¡Munura me impresionó!. Al segundo viaje que hice al pueblito aquél, dado que los trabajos de medición no terminaban sino un día después, mi chofer regresó con los otros ayudantes con la obligación de reencontrarnos doce horas después. En el punto de medición. Me quedé en aquella casa de siete niños dolientes, juguetones, desobedientes, criadores de palomas, buenos mozos, y que más bien eran una simbiosis de "papi" y "mami".

 

Era ella una joven mujer típica de Munura, rubia, piel de cangrejo, menuda, de unos hermosos ojos negros y tristres de azogüe de cayuco; y era de unas piernotas y de unas narguitas encrespadas que la hacían deseosa y terriblemente deseada. A pesar de los siete hijos que parió sin cesárea, la punta suspirante de sus senos medianos no miraban la punta suspirante de sus pies de loto, sino que ante la fuerza del tiempo no se desbravaron del todo, y sus pezones de miel de abeja permanecieron apuntando de frente, amenazantes, ihum! como la óbjiva de un misil m/k de construcción norte­americana. Era en verdad una mujer a quien la soledad la mataba, irremisiblemente. No tenía en aquel mundo inhóspito y cabizbajo, con quien hablar de las cosas que eran de su agrado. Gustaba mucho de la poesía y la buena música; recordaba un cuadernito de poemas y pensamientos varios que fuera llama de esperanza niña azul durante su adolescencia. Sabía hablar de Apolinar Perdomo, de Salomé Ureña, de Bécquer, y Neruda... Un martes por la mañana mi secretaria, Pedrina Comas, me habló de esta manera:

 

 

 

 

 

 

 

 

- Mi señor, excuse. No es que quiera entrometerme en su vida. ¡Oh no, eso jamás!; pero Ud. no se ha fijado... en la forma en que lo mira esa señora de Munura... ¿eh?... Rosina del Prado.

 

-No. En verdad no me he fijado. Pedrina.

 

- Excúseme de nuevo, don Liberato. Es mi humilde impresión, esa viuda nunca ha estado tan enamorada en su vida como lo está ella de usted ahora... iHum!. Basta ver como lo mira enternecida, horas enteras, sin quererse ir de aquí, mientras usted trabaja sobre el escritorio los asuntos de ella.

 

- ¿No exageras Pedrina?

 

- Le dije... que es ésta mi humilde impresión, ¿no?

 

- Pero, Pedrina, excúseme a mi ahora; ¿cómo yo te caigo?...

 

-        i0h, niño bello! Pregúntaselo a Doña Antonia, y punto

 

 

Verdad es que la revelación de Pedrina, mi secretaria, me sacó de quicio. Perdí la orientación del mundo. Por eso me quedé esa noche en casa de doña Rosina, que halló apetito viendo como yo devoraba el suculento sopón de carne de oveja que amorosamente me preparó. Después de la prima noche con los niños jugando parché. Después del exquisito Mac/Albert en el Bar de Las Rosas Rojas de Munura, vinieron las películas para desvelados en la Tele... Me fue asignada la habitación del difunto Dino, en la cual, luego de la muerte de éste, nadie había vuelto a dormir. ¡Daba grima en verdad! Ya en el cuarto amplio y bien ventilado que debió ser en otro tiempo un play de púgiles batalladores, abrí las paredes de persianas de caoba que bajaban, casi desde lo alto del techo hasta las rodillas y me dispuse a terminar la lectura de Marianela, novela de Pérez Galdós. Se trataba de una edición de Clásico Troquel. De bolsillo. Recostado con varios almohadones del espaldar de la ancha, alta y cómoda cama de caoba antigua, como todo un príncipe de los reptiles, saboreaba a mis anchas las amorosas páginas, dada la gran iluminación, hiperventilación y la falta de sueño. Francamente nunca pensé enamorarme de doña Rosina. No. Antes bien, creía que ello atentaba contra la ética profesional... No obstante, en mi cerebro habíase desatado un ciclón devastador con la observación que me hizo la secretaria. Muchos meses después, cuando el corazón de Rosina jugaba como una niña sobre la palma de mi mano, supe que Pedrina se vengaba de Antonia Rodualdí, por sus celos infundados... y había sido alentada... para que influyese... a favor de aquel amor loco... y el sueño fue hecho realidad. Dieron en el blanco. La revelación del asunto, naturalmente, tuvo efectos desastrosos dentro de mis proyecciones existenciales de café ardiente colado muy espeso…

 

Una mujer enamorada es como río en creciente, en tiempo de ciclones. Como los pleitos constantes de mi adorada Antonia, mal aconsejada por marranas con caras de buenas amigas, me hizo prescindir de los servicios eficaces de Pedrina Comas, una excelente mecanógrafa que invitaba a bailar a quienes oían sus dedos sobre el teclado fenomenal de la Smith-Corona. Sabía algo de gramática. Era lógico que Rosina del Prado Vda. Mariano conociera mi circunstancia, de manera que aprovechó al máximo mi estadía en su casa, para hacer caer sobre las alas de la ilusión su imperio de gracia. Mi hogar, en cambio, derrumbábase.

 

- Don Liberato.

 

Me llamó: "don Liberato", mas no la oí. Volvió a llamarme: "don Liberato". Entonces dejé de leer a Pérez Galdós. No supe en qué instante entró a la habitación de Dino Mariano. Por la forma en que estaba de pié, contemplándome, meditabunda, enternecida, parecía que tenía allí un buen rato, y que mi concentración en el amoroso ámbito de Marianela... era tan profunda que no pude advertir su llegada; y levanté el rostro para oírla de nuevo.

 

- Don Liberato. Si necesita algo, cualquier cosa... ¡Llámeme!. Estaré en la habitación contigua.

 

El guión estaba perfecto. La dulce señora vestía, si se puede llamar vestimenta, una transparente bata de dormir, pegada al cuerpo bello aseado y desnudo, tan sólo ceñido por unas tanguitas de Adán y Eva.

 

Entonces no sé si la tomé despacio y decidido por la mano. Creo que expresé una sonrisa de niño atrapando mariposas de San Juan por los charcos de la desesperanza; pero no, cayó en el centro del lecho de combate... Temblorosa, húmeda de gracia, no más pudo decir: ¡Mi amor, Liberato, mi amor!". Sólo ama quien quiere amar. En aquella cerrada entrega amorosa, quise entender la vida, los sufrimientos de mi abuela La Buena Guzmán. Su fidelidad desde muchos años antes de enviudar, y muchas décadas después de enviudar. Su pasión por don Julián Prim no tuvo parangón en la historia del mundo. Una úlcera sangrante, producto sin dudas de la vida mujeril y parrandera, y después de había desecado con la esponja de su terrible ansiedad los mares de alcohol de allende galaxias, terminó a destiempo con la existencia de  Julián Prim, mas nunca dejó de amar al hijo de Mercé Cuevas.

 

De esa noche fresca con un cielo saturado de estrellas, con una luna llena tocando mil discos de luenga duración, nació un nuevo e irrepetible viernes. Nada tan hermoso como el amanecer escarlata sobre el gran lago... Es el espejo del Vallehondo. Los atardeceres sobre las playas cenagosas de caracolillos y huevos de caimanes, son extremadamente maravillosos. De noche, cuando las estrellas todas bajan a quitar el sueño de sus pupilas a estas tranquilas aguas enclaustradas entre montañas de piedras, el mundo se ve como invertido, puesto que en medio de la noche negrísima todo el tabernáculo de las estrellas parece haber acostado al Padre Amante en la hamaca inmortal de todos los grandes Caciques de América.

 

Viernes de amanecer sobresaltado, gozoso, de hambrientos espíritus, de carnes más hambrientas todavía. Perdimos la orientación del mundo. No sabíamos, isí!, en nuestra alegría infinita, por qué punto quedaba el Norte ni el Sur, y nos introducimos más al poniente... Fuimos, sí, después de muchos chapuzones, fuimos a parar más allá de la guardaraya fronteriza. Nada. Munura era entonces una "tierra de nadie", entre el Lago del Fondo y el Enriquillo. La casa de dos niveles de concreto armado, de románicas columnas, soñada por doña Rosina desde su adolescencia de poeta frustrada, era Hotel y Comedor en el primero, y la mitad familiar en el segundo. Y estaba lista para tres pisos por lo menos. Una escalerilla conducía a una especie de Bar en el cielo, con casetas de bambú y plásticos multicolores, sobre los mosaicos del segundo piso. Unas barras de hierro, amarradas en el concreto de las salientes columnas, servían de pared. La sublime visión de las dos sierras cerrándose, la Sierra de Neiba buscando la mano de la Sierra del Bahoruco, atada a la ventura de la Massif de la Selle que la frontera parte en dos, pero que sumergida en el mar Caribe resurge en Jamaica, es una visión absolutamente sobrecogedora, con sus atardeceres amarillo-anaranjado antes, ahora por la destrucción y contaminación de la capa de ozono, como un lago de sangre terrosa hasta la primanoche. Y con sus amaneceres de mil hojalatas relumbrantes, cegadoras visiones de plata. Durante muchas semanas, abandonado a los instintos de la rosa, leyendo más que escribiendo, me sentí felizmente transportado... en un Paraíso. Era feliz. Llegamos hasta Fons Parisién. En Fons Parisién el sol tuesta la tierra y hace saltar la gente, como pollos gringos, ¿no?. Pero el negro liberto es resistente. Munura, al igual que la frontera toda, ofrece barras, hoteles, balnearios, una que otra computadora, las bebidas gaseosas de las grandes urbes. El tránsito de vehículos de motor es más común que un cuadrúpedo... Aunque ciertamente su realidad es el hombre montado en su burro, su hacha en el cerón, su machete al cinto, y un pote de café... cuidando el hato, sembrando en el desierto sin la ciencia de los israelistas. Lo demás es pura utopía en medio del desierto, desierto que no libera al hombre de un pasado milenario, a pesar de la aparente modernidad, o de los injertos de la modernidad. ¡Oh Munura, pura utopía, sí, pura sin razón!

 

Verdad es que la modernidad es una aptitud del espíritu, algo mental. Que el centro del universo está o debe estar en la planta de los pies, cuando nos ponemos a la altura de los tiempos. Este es el siglo de la luz, de la computadora, de los viajes espaciales... No importa dónde uno esté. Se puede vivir en una gran metrópolis, como París, y vivir en el paleolítico superior... Hay que superarse. Se puede vivir en un poblado dantesco como Munura, y ser universal. Quienes han viajado a España, a Italia, a París, a New York, ¿qué traerán al regresar al suelo patrio?. Todo esto que se ve: discotecas, carros de lujo, mansiones costosísimas, dólares... Los hijos adolescentes, descarriados. Estoy sentado ahora en una mecedora sin fondo. Hoy hay pocos turistas. Los niños de Doña Rosina juegan bajo tres cuartos de sombra, mientras observan los vehículos de motor que viajan superveloces por la carretera internacional, y sonríen inocentes en medio de un paisaje que dibuja antorchas contra el contrabando. Y el calor es tanta que uno se baña y la toalla seca tanto sudor como gotas de agua. De noche vienen de todos los puntos de la región, con mujeres en carros, en camiones, en motores Yamaha 125, vienen a comer y gozar. "Eso es la vida, dicen, porque la vida es una lamparita, y un día viene y se apaga, ¡y ya!". Reservan por teléfono sus habitaciones, y, ¡mira!, al otro día, cuando me levanto, sólo la mañana espléndida me acuerda que anoche millones de estrellas como puntos felices de la memoria, hacen llevadera la vida del hombre, en medio del paisaje agreste y bello. Pasada la medianoche el fresco viento lagüeño, posibilita dormir junto al abanico apagado por la constante falta de energía eléctrica.

 

Después que regresamos de Fons Parisién, nos dimos otros chapuzones  fenomenales. Estábamos medio borrachos, ya. Hablar de las peripecias infantiles que vivimos, será cosa de soñarlo, a ver si los amores no son desbaratados desde los cielos... Con ardiente pasión, nos quitamos nuevamente el polvo de todos los caminos. Llegamos a Munura, tierra seca y salobre, compuesta por dos manzanas de casas rodeadas por unos cerros de piedras. Doña Rosina, que sentía un hambre terrible, desde que llegó puso a hervir en la estufa una olla con habichuelas coloradas. Entonces nos encerramos... con loca y ardiente pasión. En "la escuelita de Brunito", estaban sus siete niñitos. Varias horas pasaron. Al sentir el tufo de habichuelas quemadas, su vecina­ amiga Sarah subió al segundo nivel por la escalerita de gusano metálico de atrás, y como nadie respondió cuando Sarah llamó: "Doña Rosina", no tuvo más remedio que botar los granos de café tostado, poniendo otros frijoles, a fuego lento...

 

Tal como había sido leído por doña Justiniana en la taza de café humeante que me brindó su hija bella, ardíamos. Así como se pasman las flores del campo cuando llueve a puntoedoce, al mediodía con el sol de mil cuchillos incendiando la vegetación cósmica, aquel loco amor, en su dulzura infinita, nos hizo daño y luego luego resultó amargo como el tallo verde de la sábila; bebimos el néctar del paraíso. Contra todos los designios divinos, y aun no finalizan los vómitos de seol... ¡Y quedamos dormidos!...

 

¿Qué noche aquélla?, cuando me sumergí en sueño profundo, sufrí una espantosa pesadilla. ¡Oh sí!, el muerto cayó, con toda la corpulencia que tuvo en vida, encima de mí; era un hombre alevoso; un día golpeó con tanta saña a la pobre mujer que la dejó por muerta, tirada en el piso de mosaico, herida y llena de sangre, y doce galones de agua fría de la nevera, fueron suficientes para que el crimen no fuese un hecho. ¡Oh!. Y con esa misma saña me ahorcaba; yo, yo moría. No hallaba aire que respirar, y no tuve más remedio que rezar la oración de la pesadilla, con la cruz de dedos, y las piernas cruzadas... Y nada. Moría. Finalmente recé el Salmo 91, y Jehová Dios de los Ejércitos... derribó... el Goliat fatal. Ya liberado de la pesadilla, corrí a las persianas en busca de aire fresco. Por el platanar miré y vi como un fuego fatuo que se perdía prendiéndose, apagándose, intermitentemente... "Es Dino", pensé. Y volví a acostarme, esta vez en el filo de la cama grimosa, pero no dormí sino brevemente al rayar el alba; y tuve otro sueño: el cuervo bajó del cogollito de la palmera-real a recoger un ratón muerto que se le había caído. He aquí que no se lo comió en el suelo, ni en la palmera, sino que voló con el ratón sujeto por sus garras y fue a devorarlo allá al cementerio municipal, allá vi que otros cuervos se alimentaban de la carroña de los muertos, porque todas las tumbas estaban abiertas, como si las hubieran destruido. Había una luna llena, pero los nubarrones que iban rumbo al poniente, solamente dejaban divisar una sola estrella, lejana, de luz temblorosa...

 

La juventud es, empero, juventud. Promete alejarse del peligro. Pasado el peligro, olvida y ¡Vuelve y vuelve!. Somos débiles cuando amamos. Cuando hallamos refugio a la soledad aterradora que nos consume en carnes y huesos. La juventud no siempre tiene dominio propio. De lo contrario, no estuviera yo bajo la sombra propicia del palo verde de todos los días. Pero ¡Oh Rosina rocinante!, ¿hasta cuándo?. Dulce señora mía, Rosina rocinante, ¿hasta cuando?...